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Elecciones: ¿voto estratégico o voto por convicción?



La política partidista se encuentra tan manoseada que no es raro que la previa electoral pase menos por elegir candidato que por plantearse una estrategia de votación. En las charlas de sobremesa no son muchos los que defienden candidatos; en cambio, pareciera que la actitud electoral más acostumbrada consistiera en identificar al menos malo. En este contexto, surge una antigua disyuntiva: ¿votar estratégicamente o votar por convicción? La duda es válida. La opción política está tan atomizada que es imposible hacer frente a la maquinaria partidista de justicialismo si no es a través de estrambóticas alianzas que albergan en su seno los mismos engaños y contradicciones que con ardor se pretende achacar al gobierno. Esto, claro, siempre y cuando lo que uno pretenda sea ganar una elección. ¿Qué pasa cuando uno se siente hondamente identificado por un partido con pocas chances de acceder a alguna banca? ¿Deberíamos votarlo o deberíamos resignar nuestras convicciones ideológicas por un voto más pragmático a un partido con más chances?



Me parece entender que esta última pregunta encierra una falacia. Así planteada, la opción parece dar por cierto que un voto a un partido sin chances es un voto desperdiciado, un voto que cae en el vacío descalificador de la no representatividad. Este es un pensamiento que francamente atenta contra una democracia bien entendida (es decir, ninguna de las ‘democracias’ de las que yo tenga noticias por lo menos). La filosofía democrática se funda sobre la concepción de que cada grupo social, ideológico o cultural no sólo puede sino que debe poseer espacios potenciales para la representación. Es probable, pero también es lógico, que un grupo de reciente composición tarde en hacerse con espacios de poder [1]. Sin embargo, un voto otorgado a estos grupos no sólo puede implicar su subsistencia, sino, y más importante aún, su validación como opción política. Toda opción política que se plantee por fuera de las estructuras partidarias tradicionales sólo puede llegar a acceder a espacios de representación oficiales con el tiempo, y gracias al apoyo recibido en instancias de aparente ‘derrota’. Sin este apoyo fundamental, las opciones se debilitan y se desvanecen.



En definitiva, la solución al dilema planteado deberá buscarse en la profundidad de la convicción personal. Quien se sintiera hondamente identificado por un grupo político minoritario sin opción de acceso inmediato a un cargo político, pero que decidiera otorgar su voto a un partido con más posibilidades, estaría en principio actuando contra las perspectivas de crecimiento futuro del partido con el cual se identifica (y esto, pasando por alto la flaqueza ideológica que implica rechazar a quien nos representa bien y apoyar a quien nos representa mal). Un pensamiento democrático guiado por la ética y la coherencia (o, por lo menos, por la ética de la coherencia) debería abrazar y promover la construcción y el desarrollo de opciones alternativas, más aún cuando las opciones tradicionales se conocen insuficientes. Toda votación, y más allá de las falencias de nuestro sistema actual, es una instancia de elección, pero también de validación. Creo que es parte esencial de nuestra actividad como votantes el otorgar votos que validen los espacios y las ideas en las cuales nos reconocemos [2]. De otro modo, no se hace sino reproducir la misma lógica oportunista que después se cuestiona en los partidos mayoritarios.



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[1] Más aún (pero este ya es un tema en sí mismo) cuando no se poseen los recursos económicos que posibilitan el acceso a los medios de comunicación, que representan hoy en día el único espacio de real acceso a la consideración popular.



[2] Obviamente, nuestra función como votantes debe comenzar con un compromiso por informarnos. Las opciones políticas no suelen ser dos ni tres, éstas son sólo las opciones que alcanzan –financiamiento de por medio- los medios de comunicación. Desestimar las opciones minoritarias por mero desconocimiento, así como votar las opciones mayoritarias sin conocer en profundidad las políticas que postulan y representan, son signos de ignorancia. Y la ignorancia es el gran enemigo de la democracia.

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