12/10/2009

Moscas de manteca (cuento)


Había prometido iniciar la publicación de los cuentos de mi adolescencia (adolescencia tardía, para ser sinceros; también podría decir 'los cuentos de mi juventud', pero eso sería sugerir que estoy viejo, lo cual tampoco es del todo cierto, aún cuando ya cuento una que otra cana y mis huesos me dejen cada vez más desamparado). Pero en fin, aquí va la segunda entrega, un cuento al que quiero particularmente, y que en algún momento también se convirtió en canción. Es largo, pero creo que vale la pena. Que lo disfruten:



MOSCAS DE MANTECA

Un escándalo de mil demonios, que la puta que te remil parió pendejo de mierda, que cuándo vas a aprender, que cuando te agarre...

Y no fueron éstas las únicas palabras que resonaron en la penumbra de la habitación, antes de que su hermana desapareciera entre los flecos de la puerta que daba al patio y dejara que un claro de luz caliente se atreviera en el comedor.

Teo no se inquietó, ni se molestó en levantar la vista para verla atravesar la oscuridad intencional que inundaba la pequeña sala y desaparecer bajo las hilachas de plástico que colgaban de la puerta. Pero qué, ella lo había insultado. Había insultado su inteligencia cuando dijo lo que dijo de las mariposas. Que esos bichos maricas y pelotudos... ¿Cómo se atreve? Y él no se lo permitió. Por eso se le colgó del cabello por la espalda hasta quedarse con dos manojos de pelo colorado como trofeo. Se lo merecía.

Teo siguió levantando los platos de polenta que quedaban sobre la mesa. Polenta en pleno verano, pensó, a quién se le podía ocurrir. Una botella de vino casi vacía, con la etiqueta a medio arrancar por una mano aburrida; una jarra de agua, vasos, algunos todavía llenos. Los cubiertos sucios y los platos con los restos del almuerzo; el mantel a cuadros de plástico, rojo y blanco, agrietado en algunas puntas y quemado por el sarampión tóxico de las colillas de cigarrillo, que agredía por costumbre la esquina donde se sentaba el abuelo.

Entonces ella volvió y le pasó por detrás, clavándole el codo en la espalda. Los platos tambalearon entre sus manos, pero Teo no se dejó irritar; no atendió a los aires de su hermana, bajó la vista otra vez y se tragó esa rabia que ya empezaba a fastidiarlo. Mamá, que los venía siguiendo, prefirió evitar el desastre y encargarse ella misma de la mesa.

-Andá, dejame a mí –dijo-. Vos salí a jugar al patio; y a vos nena, semejante grandulona, siempre molestando a los más chicos.

Ella no la escuchó, le dio a Teo un último golpe y saltó por la ventana hacia la calle vacía.

Teo agradecía las oportunas intervenciones de su madre, aunque no por esto lo dejaban de incomodar sus observaciones. Él ya no era ‘tan’ chico. Acababa de cumplir doce y se sabía, en más de un sentido, mucho más serio y maduro que su hermana. De modo que salió al patio sin poder quitarse del todo ese sabor pastoso que deja la bronca en la boca, y se quedó a la sombra del duraznero buscando evitar el fuego ardiente de aquel mediodía asesino. Papá se cocía lento al sol sobre la reposera, y jugaba a arrancar mechas de pasto seco con los dedos de su mano caída. Mamá seguía en la cocina, vuelta invernadero bajo el techo de chapas recalentadas; y en el sillón la abuela tejía sus últimos puntos entre bostezos, bajo la pobre sombra del viejo toldo de quiosco que daba al patio. Del abuelo nadie sabía; debía de andar revolviendo entre los transistores de alguna radio vieja para hacerla funcionar. Era verano, y Teo odiaba los veranos; es que nunca pasaba nada, o lo poco que pasaba lo hacía en cámara lenta, cuadro por cuadro. Todo se dilataba en el verano: los días, las horas, las siestas, y hasta las interminables noches de desvelo, en que uno peleaba el insomnio con el alma transpirada y la carne irritada por el calor y los mosquitos.

Y si habían pasado veranos descomunales, éste los superaba a todos. En el patio el calor estancado comenzaba a descomponer los cuerpos. Y el sol desbocado fermentaba las aguas del Reconquista a la distancia, que ahora podía sentirse en cada esquina como si estuviera a la vuelta. Su olor se impregnaba en las calles y avanzaba sobre casas, árboles y gente. El aire no se renovaba. A causa de la brisa muerta daba la impresión de respirarse los mismos vapores asfixiantes todo el tiempo. Hasta el agua de la canilla había tomado un color amarronado y su sabor se había vuelto rancio e imposible.

*****

Otra vez el barullo de la tarde, el griterío en la calle y el despertar de la siesta. El perro triste fue el primero en salir. Tras él, todo el barrio. Se fueron agolpando en la vereda, enlistados con sus baldes y mangueras de batalla. Aún faltaban tres semanas para el carnaval, pero nada les impedía gozar del placer de mojar y de mojarse. Con cada tarde, la gente parecía escupida de sus casas. Las familias asaltaban las veredas con sus cachivaches, sillas y abuelos, y algún que otro perro enloquecido que corría tras las bombitas de colores. Parecían movidos por un ardor inexplicable, una irrefrenable compulsión a la algarabía y a la fiesta que a Teo se le figuró como un signo de decadencia, aunque sus palabras no le alcanzaran para expresar lo que sentía. Por eso que los miraba sin asombro, sin participar. Los veía correr como idiotas, evitando el agua y los baldazos cuando todos sabían que querían mojarse.

Se quitó la remera y se sentó sobre unos cascotes apartados. A sentir el sol cayendo con rabia sobre sus hombros y los de toda la gente, clavándose bajo de la piel hasta desgarrarla, rebotando entre los ladrillos hervidos y alzándose entre las ramas secas de los árboles para incendiarlos. Hasta que un espejismo lo atrapó, o eso creyó ver: una llamarada fugaz, un demonio que revoloteaba entre las ramas florecidas de un ciruelo. Lo siguió con la vista y luego con el cuerpo. Una mariposa. Era real, pero sus colores y su brillo lo aturdieron, tanto que apenas si le dieron tiempo a dominar su agitación, y su visión ya estaba volando, desandando con prisa el camino hacia el puente.

Habían pasado tres años desde la última vez que viera una mariposa; lo más parecido a ellas que quedaban eran las polillas. Las mariposas habían ido desapareciendo de a poco, cuando él todavía estaba cambiando los dientes. Todo se inició una tarde cualquiera, sin que nadie se percatara al principio; su número siguió mermando de modo casi imperceptible hasta que un buen día la primavera volvió, como siempre, pero ellas nunca más volvieron.

Teo siempre atribuyó la causa de esta misteriosa desaparición a su implacable y meticulosa colección de mariposas, aunque los adultos se apresuraron a concluir que seres dotados de tan graciosas artes y virtudes nada tenían que hacer en aquel barrio descolorido, abrumado por la pobreza y corrompido por los viciados vapores del río. Todos terminaron por hacer propia esta última hipótesis, aunque la razón verdadera nunca se supo.

Para Teo, las primaveras de la infancia habían sido sinónimo de mariposas. Al llegar septiembre, las calles y las plazas comenzaban a poblarse de toda variedad de insectos alados y de colores, brindando su mágico circo de acrobacias a la vista de los curiosos y vecinos, que se amuchaban en las veredas a deleitarse con sus danzas serenas y sus cabriolas suaves y ligeras, casi espirituales. Los más chicos las perseguían y buscaban apresarlas con las manos. Todos tenían su colección, aunque por su puesto, no había ninguna como la de Teo. Él y Federico la habían bautizado "Moscas de Manteca", según pudieron descifrar el significado de la palabra ‘mariposa’ en un viejo diccionario de inglés que guardaba el abuelo. Por esta época, intuyéndose ante una fórmula secreta, habían llenado el barrio de trampas de margarina, ubicadas de modo estratégico en los jardines mejor cuidados de la cuadra. Aunque la iniciativa resultara inútil, nada impediría que la colección de Teo siguiera creciendo, y que llegara a incluir tantas especies que parecería inverosímil que hubiesen convivido en un limitado radio de dos cuadras, que era hasta donde tenía permiso de mamá para salir solo.

Pero mucho había cambiado desde aquella época. Esta vez Teo no necesitó pedir permiso. Cruzó la calle y se lanzó tras el mareado parpadeo, aquel frenético resplandor rojo que se escurría ligero enfrente suyo. Pasó entre la atontada muchedumbre, bajó las calles de tierra acartonada, saltó entre los pozos secos, restos de los charcos del invierno, y se deslizó por el puente de chapa caliente bajo los pesados rayos de sol que seguía arañándole la espalda. Su vista no se apartaba de la mariposa, la seguía entre las casas de ladrillo hueco y por sobre los techos de colores. Parecía invitarlo a un mundo distinto, igual de ardiente, pero lleno de belleza. Y por un instante se sintió dentro de aquel universo irreal, distante, donde todo se volvía y giraba en torno a un sol luminoso, radiante y rojo, con alas de mariposa. Hasta que la vio parpadear una vez más, y desaparecer.

La buscó entre las ramas secas y en el cielo vacío, pero sólo halló una bola de fuego amarilla, calcinante. Volvió a sentir el aire fuerte que lo envolvía y lo golpeaba sin el menor respeto. Deshizo su camino, cansado y sin volver a levantar la vista, sufriendo otra vez aquel caldo cocido que la tarde vertía sobre sus hombros pelados, chapuceando entre los espesos vapores que se pegaban a su espalda roja como una remera mojada. Cruzó el puente, saltó los pozos secos a los que esta vez imaginó desbordados como en el invierno; pero ni sus charcos de mentira se resistían al calor descomunal y se desvanecían ante sus ojos. Oyó silbar el tren a la distancia, y se detuvo un instante a saborear su murmullo inquieto, alejándose en dirección al centro. Evitó la muchedumbre que seguía lavándose en la vereda y así llegó hasta la casa de los abuelos. Ya estaba entrando cuando un chico que no conocía le vació un balde lleno en la espalda. El agua pareció no tocarlo antes de convertirse en vapor. Entonces los dejó, los despreció una vez más y los dejó con sus refrescos ilusorios y sus baños de agua seca, y subió a su viejo cuarto.

Hacía tiempo que nadie entraba. Al abrir la puerta una brisa helada que había quedado apresada desde el invierno lo recibió con un escalofrío. En el mismo rincón de siempre estaba su colección de mariposas, apoyada contra las paredes descascaradas; el resto del cuarto seguía vacío, y no quedaba sino algún viejo dibujo suyo pegado en la puerta, de la época en que solía pasar las noches en casa de los abuelos.

Algo lo sobresaltó. Un reflejo rubí se deslizaba sobre el telgopor de su colección. Entonces se volvió hacia la ventana y la vio. La luz que la iluminaba no podía ser la misma de aquel sol torpe y dañino; parecía escapar de sus mismas alas extendidas. No necesitó acecharla para poderla atrapar. Extendió su mano y allí estaba, caminándole con delicadeza en el dedo. Pensó que debía venir de lejos. Ningún ser que habitara este triste suelo podía vestir aquellos colores fantásticos; quizás de Brasil, pensó. Cuánto habría viajado, cuántas ramas le habrían dado refugio antes de aventurarse sobre su dedo.

Tomó con temor el alfiler. Ella no se movía; parecía querer facilitarle la tarea. Sus alas estaban abiertas, firmes; procuró no tocarlas. De haberlo hecho posiblemente se hubiera quemado. La apoyó con dulzura contra la plancha. El terror lo abrumó, contuvo la respiración; presionó el alfiler y su pulgar se hundió hasta el fondo. Sintió crujir el telgopor. Sintió culpa. Sus ojos estaban húmedos pero no lloró. Se asomó a la ventana y ahí se guía, el mismo sol. En el horizonte se adivinaban unas nubes de tormenta.

Esa noche sí, no pudo evitar las lágrimas, hundido en su almohada, con las manos prendidas al colchón, mientras la infinita lluvia repiqueteaba contra el techo de su cuarto y descargaba su ira contenida sobre esta tierra. Hasta el amanecer.

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