27/05/2011

Pensamientos usurpados 23: Quién habla de la guerra, y por qué

 Dando vueltas a mi alrededor, los reporteros preguntaban a los soldados sus opiniones sobre la guerra, el ejército, o incluso políticas tan controversiales como la ‘Don’t Ask, Don’t Tell’ (No preguntes, no cuentes). Los reporteros leían los mensajes que recibía el general y lo oían tomar decisiones. Estaban en contacto con material clasificado y se les confiaba el no darlo a la luz. Salían de patrullaje con tenientes de 24 años que a menudo debía tomar decisiones de vida o muerte y eran libres de reportar cualquier cosa que vieran. Siempre me asombró aquello (como la escena en El Mago de Oz, cuando todo pasa del blanco y negro al color).

Nada de esto preocupaba al ejército. ¿Por qué? Porque sus oficiales sabían perfectamente que para los reporteros aquel proceso era -sin escatimar palabras- seductor. El mundo, parece ser, se divide en dos grupos, aquellos que sirvieron al ejército, y aquellos que no. Para lo pocos reporteros que han servido al ejército, aquello no sería otra cosa que una vuelta a casa, una chance para revivir una juventud apagada por los recuerdos. Para los otros, como yo, meterme con el ejército se sentía como haber sido invitado –mejor dicho, bienvenido- por primera vez por los chicos más copados.

[…] Salís con los soldados y de pronto estás a lomo de un enorme monstruo blindado. Sos el único sin armas y entonces ellos tienen que protegerte. En lugar de reírse de vos, te entienden. Aburridos como están de no tener más que compañeros para hablar, compañeros que comen la misma comida, miran los mismos programas de TV, y duermen, mean y trabajan juntos todos los días del año, los infantes te ven como alguien interesante. No podés creerlo, pero realmente quieren saber qué es lo que sabés, por dónde anduviste, qué cosas viste… y vos querés contarles.

[…] Del mismo modo en que un año de perro equivale a siete años humanos, cada día vivido en el campo de batalla equivale a un mes de relaciones humanas. Rápidamente te volvés cercano a los soldados con los que estás, y aunque puede que no vuelvas a verlos a la semana siguiente, formás un lazo con ellos.

Llegaste como un extraño. Ahora comés su comida, mirás televisión con ellos, y dormís, meás y trabajás todo el día con ellos. Estos son tus amigos, aunque más no sea por el tiempo en que estén juntos, y nunca los vas a traicionar. En estas condiciones, es tremendamente difícil decir nada malo acerca de una organización cuyos rangos menores acaban de prestarte su bolsa de dormir sin dudarlo porque sos demasiado inexperto y tonto como para haber traído la tuya.

Así que pueden confiar en mi palabra: es realmente difícil escribir sobre el ejército de modo objetivo, aún cuando lo intentes. Eso no quiere decir que todos los reporteros sean encubridores; es tan sólo una advertencia para que se cuiden cada vez que leen a nuestros expertos en guerra.

Así y todo, es de suma importancia tener una perspectiva acerca del ejército y de lo que en verdad importa cuando amenazamos con meternos en otra guerra multigeneracional sin ningún sentido, o vemos la creciente militarización de los asuntos exteriores y destinamos aún más de nuestro presupuesto para el ejército. Los amantes y los pornógrafos de la guerra no pueden ofrecernos una mirada objetiva de un mundo en el cual cada vez más extranjeros no se cruzan con un norteamericano sino cuando va de verde y cargando armas.

(Peter Van Buren, 'The War Lovers,' Le Monde Diplomatique)

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