04/11/2011

Pequeño elogio al discurso de CFK

Pocas veces puede uno sentirse halagado u orgulloso por las palabras y la actitud de un político responsable de su representatividad. La política argentina tuvo durante años la penosa costumbre de afirmarse en el rumbo delineado por los países centrales y de mimetizar su propia voz entre las voces sugeridas o impuestas por intereses externos. Por eso que me siento en la obligación de admitir la muy buena impresión que me dejaron las palabras de la presidenta en el Business 20. Creo que es sano bajar la guardia de tanto en tanto y avalar lo que uno siempre añora avalar en un presidente. Sin medias palabras, llamando a las cosas por su nombre y a los hombres por sus apellidos, CFK levantó polvareda entre empresarios, y hasta algunos aplausos. Destaco algunos pasajes especialmente interesantes; hoy que el socialismo europeo cede a las presiones del sistema financiero, y las juventudes alrededor del mundo comienzan a acumular la energía social que suele anteceder a las revueltas populares, da gusto oír a un presidente argentino echando un baño de realidad sobre los defensores de los poderes más concentrados:
“Díganme ustedes, que son hombres de negocios, qué creen que pasa cuando un día la señora Merkel se levanta y dice algo que parece que cayó mal y entonces las Bolsas se van a pique. Al otro día se levanta el señor Sarkozy, dice algo importante que parece que calma todo, y las Bolsas suben diez por ciento. Al otro día el señor Papandreu convoca a una consulta popular y nos vamos todos para abajo de vuelta. ¿Ustedes creen que no hay gente que gana fortunas con esos movimientos, sin hacer absolutamente nada, sentado en un escritorio manejando una computadora? Bueno, eso los líderes del mundo no han logrado solucionarlo, y han pasado tres años.” (Página 12)
“Si uno ha probado ya durante tres años determinadas medicinas y con determinados médicos y el enfermo se agrava cada vez más, ¿no será que habrá que cambiar de médico y de medicinas e intentar otro tratamiento? Esto es una cuestión de pura lógica. Intentar resolver los problemas de la misma manera con la que fueron originados, decía Einstein, es de gente no demasiado cuerda.” (Página 12)

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