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Orgasmo Cero (poesía)

El poeta es un tipo anacrónico. Es un tipo que escribe cosas que le interesan a los hombres del siglo XIX. El único poeta que puede llegar a aspirar al éxito es el que tiene una máquina del tiempo. Y sin embargo insisto, y me esfuerzo por disfrazar mi poesía de siglo XXI, de algo que no huela a arcaico, que es a lo que huele en la palabra poesía por empezar. Y claro que no aspiro al éxito, porque aspirar al éxito en poesía es como aspirar al Olimpia de Oro siendo jugador de bochas. Tal vez por eso pueda darme el gusto de escribir poemas de miles de versos. Porque sé que nunca nadie los leerá. Pero entre estos poemas abrumadores, cada tanto se me escapa alguna pieza más maleable y moderada. Una de las últimas fue una poesía erótica sci-fi con referencias mitológicas. Sí, un monstruo semejante es posible. Y acaba de ser publicado en las páginas de Exégesis, ilustrado por el soberbio dibujante español Antonio Vázquez. Aquí se los dejo:
 
ORGASMO CERO
Aquí reposo, encallada en el espacio,
en un faro olvidado entre constelaciones,
en un faro que guiña invisibles señales,
pulsos radiales que arroja al vacío.
Aquí reposo, prisionera, en el espacio,
en este mágico océano sin superficie
que es todo profundidad y es todo abismo.
Reposo, en fin, en este faro,
en este monolito de hierros que me aloja,
sin gravedad, ni sol, ni estaciones,
sin mañanas o tardes, tan sólo noches.
Cumplo así mi aciaga condena y espero,
joven y enjuta convicta en mi faro,
condenada a servir de solitaria custodia
a las ciegas luces que guían
en un mar de vacío a navegantes,
náufragos y marinos del cosmos;
tan escasos por estas costas
como escasas mis esperanzas de compañía.

Despierto y viene a mí la memoria,
me alcanzan en mi faro los recuerdos.
Sola en mi faro adormecido,
sola en las calladas aguas de este universo
solitario y deslucido.
En la gravedad inconcebible
despierto y descubro
lo que en sueños he olvidado:
que a mi lado ningún hombre ha dormido
y que en mi hombro hace años no hay labios
que olviden un beso descuidado.

Pues la soledad del espacio es infinita
como infinitas y solitarias sus estrellas
que impregnan de sonrisas incandescentes
mi recámara oscura;
donde vienen a colarse sus fuegos,
sus luces soñolientas, las mismas
que en otros tiempos reverberaran
a través de otros ojos y de otras pupilas,
y que disparadas desde mundos ignotos hoy se adentran
penetrando en mi soledad al decantarse
sobre mi cuerpo liviano y recluido;
sostenido en éste, mi inerte recinto
por los mágicos hilos invisibles
de una gravedad inexistente.

Mi cuerpo se revela en la clausura.
El vértigo de la ausencia escalando
la carne tiesa, mis dedos erectos,
los muslos dilatados por la presión ausente,
mis pechos erizados y erguidos
eternamente en la gravedad abandónica,
que todo lo alza y lo sostiene.
Los labios se inflaman, la sal de mi lengua
se escapa en partículas diminutas.
Me deja con su tibia caricia,
mudándose en vapores calientes que avanzan
por mi recámara solitaria.

Y cuando toco en el recuerdo mi pasado,
mis hombres, firmes y endurecidos,
mis amantes dulces como el nácar y punzantes
como los dientes del azufre,
sus pieles multicolores contra la mía;
entonces mis labios se humedecen
aceitados con el roce propio de mi carne:
son gotas de rocío que no fluyen
sino resbalan huidizas y ascienden
como perlas en el aire, como burbujas
que un sábalo vesubial e inquieto
sopla con insistencia hacia la superficie.

Y es entonces cuando toco en el recuerdo
de mis largos años de condena las dos solas,
únicas e irrepetibles ocasiones,
las únicas visitas que honraron
mi carne asediada de fantasmas
en este faro desconsolado,
y que dieron menguada tregua a mis yemas
cansadas e insatisfechas.

Fue un viejo ermitaño el primero,
rústico cartonero del espacio.
Un hombre senil y descompuesto
que apenas erguido se mantenía.
Ni su abandono o sus edades entalladas
en un rostro desdentado y macilento
marcado de grietas irreductibles,
ni la encarnada suciedad de sus manos
ni la flacidez de su gruesa entraña
pudieron apartar de él mi boca demudada,
viciosa y añorante.

Fue Apolo transfigurado
aquel anciano decrépito y demente,
y yo su princesa niña
bañada por la flecha envenenada
y sangrienta del dios padre.

Fue en cinco años aquella mi única compañía.
Y hubieron de morirse otros cinco hasta la siguiente:
una nave pirata, tosca y fugitiva,
una tropa de insanos que hicieron
de mi faro y su dueña su trofeo
mientras duraba su estadía.
A todos conocí, a todos me sometí,
por todos fui abusada, o eso les mentía,
que en silencio era yo quien me atoraba
de tanta carne como no habría de ver
durante largas y tristes cosechas.
Y en silencio era yo quien amaba,
con cada poro de mi ser
aquellas manos gruesas y curtidas,
aquellos toscos lamidos sin destreza,
aquellos miembros inflamados como estrellas,
tormentosas supernovas de carne y espuma.
Y fui yo quien tornara, sin ayuda,
de víctima fingida en entregada prostituta;
ni última ni primera en este cosmos decadente,
infecto de humanidad e impudicia.

Hoy que la soledad vuelve a ser mi compañía,
hoy que mis dedos llagados vuelven a adentrarse
en mi intimidad abierta,
hoy que sus yemas tibias son, una vez más,
mi angustia y mi alegría,
hoy me entrego a este silencio, a este vacío inconmensurable,
y revivo con rigor, con la mayor precisión
de que es capaz mi trabajosa memoria,
el pasado distante y luminoso,
tan desleído e inasible como las vastas constelaciones
que rehuyen mi presencia en este cielo ingrato,
en este espacio desapegado y sin amigos
donde las galaxias todas se alejan
dejando ociosas a su paso trazos rojos,
como deja el caracol su sendero
de humores pútridos y fríos,
o como el rastro sanguinario de la virgen
que entregada al minotauro y ya vejada
en todas sus cavidades ofrecidas
a la carne hervida y lacerante,
se escapa tras la afrenta, arrepentida
con los muslos rojos e inflamados
y el vientre bendecido.

¡Ah, quién pudiera ser Ariadna de Creta!
Sobando de la hombría del toro por la noches
a espaldas de su padre,
llorando con lágrimas confusas la muerte
de su hermano incestuoso y colosal,
muerte infringida por un hombre
pequeño e insignificante, sin mayor hombría
que una espada de bronce y de diamante.

Es que todos los sementales se mueren,
todos los hombres nos abandonan,
los minotauros desaparecen y en nuestras noches
plagadas de sed y de fantasmas
sólo quedan las estrellas, eternas e impasibles.
Aquí me quedo yo, abandonada,
mi faro gimiendo en lo oscuro,
llorando su lumbre de ardor y desesperanza
hasta el ocaso de los tiempos,
hasta el fin de la memoria,
hasta que un día me olvide de mi cuerpo.


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