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Roosevelt, de paseo por la Marcha Federal

La multitudinaria Marcha Federal, que confluyó en una Plaza de Mayo mutilada por las vallas anti-pueblo del macrismo, ha dejado algunas preguntas previsibles. Preguntas políticas, preguntas de coyuntura, pero trambién preguntas de fondo. Entre estas últimas, tal vez una de las que más transita el ámbito de la calle (el ámbito, justamente, que toda manifestación se propone asaltar) es la pregunta por la utilidad de la movilización popular en sí. Desde ciertos sectores todavía se descalifica la utilidad, y hasta el carácter democrático, de la protesta social. La discusión, tan antigua como el capitalismo, tiene su propia leyenda americana.

Durante la segunda campaña presidencial de Obama, circuló una anécdota de origen dudoso que intentaba trazar un paralelo entre la coyuntura pos-crisis del 2008 y aquella que había enfrentado Franklin Delano Roosevelt (FDR para los amigos del norte) durante su segundo mandato, en medio de la Gran Depresión de los años ’30. La anécdota fue recurrentemente debatida en las redes, retomada por Naomi Klein en el documental ‘La Doctrina del Shock’ (2009), y referida por el propio Chomsky en una entrevista para ‘Requiem for the American Dream’ (2015). Aún asumiendo su carácter apócrifo, nada nos impide leerla como una fábula moderna que, como toda fábula, tiene el potencial de agitar el pensamiento y llamarnos a la reflexión.

Roosevelt había llegado a la presidencia en el año ’33. Un tercio de la población se encontraba desempleado y la pobreza tocaba al 75%. Lejos de todo discurso progresista, FDR llegó a la Casa Blanca proponiendo un severo ajuste fiscal y declarándose defensor a ultranza de la libertad de mercado. Hay quienes sostienen que fue el carácter catastrófico de una realidad que escapaba a los moldes liberales, y no su buen corazón de multimillonario, lo que acabaría empujándolo en una dirección contraria a su naturaleza, primero habilitando la libre sindicalización, y luego construyendo una alianza con los propios trabajadores.

Hacia 1937, FDR se encontraba negociando la segunda etapa del New Deal, un acuerdo económico y social que buscaba reactivar la economía a través de la intervención directa del Estado. Eran tiempos de tensión y puja política. Estaba por definirse aún quién extraería la mayor tajada de aquel acuerdo, si el empresariado o los trabajadores. En este contexto, FDR recibió a sindicatos y organizaciones sociales, que traían su larga lista de demandas y propuestas progresistas. Según cuenta la leyenda, la respuesta de FDR a estos reclamos habría sido la siguiente: “Estoy de acuerdo. Ahora organícense, salgan, y oblíguenme a hacerlo.” Aquel año, 1937, sería el año récord de huelgas y protestas en los EEUU. Y el New Deal pasaría a ser leído por la clase trabajadora como un triunfo de la lucha organizada, que daría pie a las décadas de mayor bienestar social en la historia del país del norte.

Fábula o realidad, aquel “oblíguenme a hacerlo” sintetiza muy bien la experiencia ganada tras dos siglos de luchas sociales. Los trabajadores siempre supieron que las políticas favorables solo se alcanzan a través de la organización y la presión política. “Oblíguenme a hacerlo” no es otra cosa que “Vayan a la huelga, movilícense y tomen las calles, protesten, pongan a la economía en vilo, logren que la prensa refleje su malestar, hagan que la clase media se identifique con sus reclamos, y que el empresariado sepa que no hará grandes negocios si ustedes no son escuchados; y recién entonces, cuando hayan logrado el consenso social suficiente, yo podré darles lo que ustedes me piden”.

Este “oblíguenme a hacerlo” desnuda un hecho propio de las democracias capitalistas: los presidentes (aún se trate del presidente de los EEUU) no poseen la capacidad individual para redefinir políticas económicas si no es bajo presión, sea esta la presión de los grupos económicos o de la propia ciudadanía. Pero lo que diferencia a unos y otros es que los primeros poseen línea directa con los gobiernos y sus ministerios. A un magnate, a un CEO, a un Paolo Rocca, le basta con alzar el teléfono para obtener una respuesta inmediata del otro lado. En una economía capitalista, es el poder del dinero el que abre vías de diálogo y de presión directa frente los gobiernos. A los individuos en cambio, a los trabajadores, e incluso a los pequeños empresarios, el diálogo directo les es negado. Para ser oídos, los individuos debemos convertirnos en multitud. Este es otro de los sentidos detrás de la invitación a la protesta de Roosevelt: “Organícense, vuélvanse multitud, sean capaces de ejercer presión sobre la economía, y entonces (y solo entonces), un gobierno capitalista podrá escucharlos.”

La fábula de Roosevelt coincide con la experiencia histórica, ya se trate de demandas populares dirigidas a gobiernos liberales o de demandas conservadoras dirigidas a gobiernos populares. Las calles solo dejan de ser espacio de acción política cuando se renuncia a ellas. Tal vez sea esta confirmación y ninguna otra lo que permita mantener un medido optimismo frente al reflujo neoliberal que golpea la región. La misma sociedad Argentina a la que le tomó años organizarse para hacer frente al proyecto de los ’90 no tardó ni un día en pasar a la acción con la llegada del macrismo. Desde los abrazos populares a la procuradora general y al AFSCA, aquel lejano 11 de diciembre, hasta las 200 mil almas que coreaban consignas antiliberales en la plaza del viernes pasado, hubo un ejercicio incesante de marchas, cortes, paros, asambleas y encuentros multitudinarios: más de 350 ejercicios de expresión ciudadana en nueve meses de gobierno (poco más de uno por día) con significativos picos de complejidad y presión creciente: el acampe frente a la gobernación de Jujuy en diciembre; la espontánea marcha por la libertad de expresión en enero; la movilización por la memoria en marzo; la marcha de apoyo a Cristina a comienzos de abril; la masiva movilización intersindical de fines de ese mismo mes; la marcha universitaria de mayo; el paro de la CTA por la vetada Ley de Desempleo un mes después; y la marcha de San Cayetano por paz, pan y trabajo en agosto.

De aquí que la Marcha Federal no deba leerse tan solo como el producto de una voluntad popular singular, sino también de una gimnasia ciudadana que ha ido involucrando cada vez a un número mayor de personas. La gente está en las calles. Mientras el poder económico alza el teléfono y el gobierno desatiende las demandas de los sectores populares, los individuos se vuelven multitud. De un lado, el ministro de trabajo nos asegura que “este es el camino a recorrer”; que la inflación, el crecimiento de la pobreza y el desempleo no son más que “un momento difícil”. Del otro, Roosevelt, tan legendario como real, nos recuerda que el camino lo construimos entre todos, saliendo y obligándolos.


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