17/12/2016

Aún la más honrosa muerte de un esclavo, no vale el honor de un hombre libre

“Al verse en tal aprieto, Espartaco mandó a formar todo su ejército. Cuando le trajeron su caballo, lo primero que hizo fue desenvainar la espada y sacrificarlo, diciendo: ‘Si acaso salgo victorioso, tendré muchos y hermosos caballos de mis enemigos, mas si soy vencido, no necesitaré ninguno’. Se dirigió entonces contra el propio Craso, llenándose de heridas entre las muchas armas romanas, y aunque no llegó hasta el general, quitó la vida a dos centuriones que se cruzaron en su paso. Finalmente, mientras los suyos huían, él se mantuvo firme, y al ser cercado por muchos, se defendió hasta que lo hicieron pedazos. Craso fue afortunado: cumplió con los deberes de un buen general sin dejar de poner en riesgo su persona... Pero no se atrevió a pedir a Roma la declaración de un triunfo solemne. Ni siquiera uno menos solemne, al que llaman ovación, parecía propio y digno por una guerra de esclavos.”
Plutarco (c.s.I-II) Las Vidas Paralelas: Tomo III. 




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