23/06/2017

Arsenal: el perfil liberal de Cristina

La ex presidenta logró, por una vez, unificar al amplio y contradictorio espectro de los analistas mediáticos. Una unidad hecha de sorpresa y, cómo no, de sincero desconcierto. La respuesta al acto de Arsenal fue un estallido de interpretaciones dispares y hasta contradictorias, al que no podemos más que aportar alguna que otra esquirla, algún que otro perdigón.

Tal fue el desconcierto, que mientras la tapa de Clarín había visto un discurso “muy duro” contra el gobierno, Joaquín Morales Solá se ofendía por la blandura retórica de la ex mandataria. “Habló como si no hubiera sido la presidenta de los discursos violentos y difamatorios”, escribió con sincero enojo. Y mientras Sandra Russo aplaudía la jugada comunicativa como una “acción política renovada y readaptada a las circunstancias históricas”, el cronista de La Izquierda Diario en Arsenal aseguraba haber sido testigo de la desilusión de las multitudes K, incapaces de procesar la nueva estrategia discursiva de su líder.

Uno podría pensar que las incompatibilidades interpretativas que genera el fenómeno Cristina responden a que se lo suele abordar desde una mirada unívoca, que destaca su rostro populista (su proximidad con las masas, su carácter antagonístico, su retórica épica), pero que omite su costado más incómodo para el estáblishment: su perfil capitalista.

Ciertamente, el martes hubo sorpresa entre las filas militantes. Incluso, hubo quienes habían llegado a Sarandí creyendo que la salida del PJ anticipaba una radicalización por izquierda de Cristina. Entre los folletos que se entregaban a metros del estadio, destacó el análisis de la Tendiente Piquetera Revolucionaria, que describía al frente Unidad Ciudadana como una oportunidad para la construcción de “un frente de izquierda, chavista, combativo y antisistema”. El acompañamiento de los intendentes del conurbano debió haber bastado para invalidar este análisis. Y sin embargo, fue la misma lectura en la que incursionaron incluso distintos analistas liberales en los días previos al acto, tal vez motorizados por el deseo de aislar a Cristina del PJ antes que por un análisis político honesto.

En Arsenal, esas previsiones se esfumaron. El frente Unidad Ciudadana hizo honor a su republicano nombre y se presentó como una propuesta liberal, con todos los condimentos de la socialdemocracia y el republicanismo europeo: un discurso de unidad donde los antagonismos se reducen a modelos de gestión, donde las luchas sociales se articulan en torno a un horizonte de derechos, y donde el mercado es presentado como la clave para el desarrollo nacional.

Cristina dejó atrás el atril de la retórica populista e ideologizante y se subió a la misma tarima despojada de la narrativa macrista, donde ya no hay lugar para enfrentamientos sectoriales y donde la política se enmascara detrás de una promesa de consenso basado en el carácter igualador de los mercados. Cristina aceptó jugar en el terreno discursivo delineado por su contrincante (o sus contrincantes): el terreno de la retórica liberal. A pesar de la aparente contradicción que creen ver los analistas del estáblishment, se trata de un terreno que la potencia. No importa todo lo que se haga por asociar al kirchnerismo con lo antisistémico (asociación en la que ingresan con demasiada liviandad acusaciones de ‘chavismo’, ‘bolchevismo’ y ‘montonerismo’), el  eje de la igualación kircherista fue siempre el consumo. El principal derecho distribuido, la principal fuerza igualadora durante los dos gobiernos de Cristina fue el acceso a bienes, a las mieles del capitalismo.

Algunos creímos ver tras la derrota de 2015 que este consumo, despojado de conciencia política, explicaba en parte el debilitamiento repentino de un proyecto de clara matriz distributiva. Pronto notamos, a medida que se consolidaba el modelo económico del macrismo, que ese hábito de consumo constituía la verdadera pesada herencia del kirchnerismo, la verdadera bomba económica arrojada por debajo de la puerta de los proyectos liberales por venir. En su retórica capitalista, el macrismo no puede prometer otra cosa que no sea un futuro de acceso a bienes de consumo; pero es una promesa que se articula al mismo tiempo en que ese acceso se reduce para la mayoría de la población. Esto explica la desesperación del oficialismo por correr la discusión política por fuera del eje económico, algo difícil de lograr para Macri, quien encarna en sí mismo un modelo económico, pero que podría conseguirse a través de figuras menos asociadas al ámbito empresarial (léase Vidal, Bullrich o Manes).

Mientras el oficialismo huye de su propia arena, Cristina llama a discutir ‘gestión capitalista’, que no es otra cosa que discutir ‘macrismo’. Pero no es cierto que para eso deba adentrarse, incómoda, en un terreno que le es extraño. Ese terreno también le pertenece. De los muchos rostros que ofrece el fenómeno Cristina, ahora ha decidido priorizar su rostro liberal. No hay aquí ninguna metamorfosis política, apenas un cambio de perfil. El objetivo es una población que, sin dejar de creer en las bondades del liberalismo, ha empezado a notar que Cristina las gestionaba con mayor habilidad que el actual presidente.


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