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Visitando anarquistas en la Rusia pos-revolucionaria

«Al fin llegamos al sitio de los anarquistas, una construcción venida a menos en un patio mugroso. Me condujeron a un cuarto pequeño repleto de hombres y mujeres. Esa vista me trajo imágenes de treinta años atrás cuando, perseguidos y empujados de un lugar a otro, los anarquistas de los Estados Unidos se veían obligados a encontrarse en una habitación roñosa en Orchard Street, Nueva York, o en un oscuro cuarto al fondo de un bar. Eso ocurría en la América capitalista. Pero esto era la Rusia revolucionaria que los anarquistas habían ayudado a liberar. ¿Por qué deberían juntarse en secreto y en un lugar semejante?

Aquella tarde, y el día que siguió, oí un recitado de la traición bolquevique a la Revolución. Trabajadores de las fábricas del Báltico me hablaron sobre su esclavitud, los marinos de Kronstadt expresaron su resentimiento e indignación hacia aquella misma gente que habían llevado al poder y que ahora se habían convertido en sus amos. Uno de los que hablaba había sido condenado a muerte por los bolqueviques por sus ideas anarquistas, pero había logrado escapar y ahora vivía en la clandestinidad. Me contó cómo se había hurtado la libertad a los soviets de los marinos, cómo cada pulgada de vida había sido censurada. Otros hablaron del Terror Rojo y de la represión en Moscú, que acabó en un atentado de bomba en el encuentro del Partido Comunista en septiembre de 1919. Me contaron de las prisiones repletas y de la violencia practicada contra obreros y campesinos. Yo oía con cierta impaciencia, ya que todo adentro mío me llamaba a rechazar aquellas acusaciones. Me parecía imposible; no podía ser. Alguien debía estar equivocado, pero pensé que probablemente eran ellos, mis camaradas. No estaban siendo razonables; exigían resultados inmediatos. ¿Acaso la violencia no era inevitable en una revolución, y no era esta el resultado impuesto a los bolcheviques por las naciones intervencionistas? Mis camaradas estaban indignados. “Vestite de modo que los bolcheviques no te reconozcan; tomá un panfleto de Kropotkin y tratá de distribuirlo en la reunión de un soviet. Pronto verás si te dijimos la verdad. Para empezar, abandoná la Primera Casa del Soviet. Andá a vivir con la gente, y entonces tendrás todas las pruebas que necesitás.”

¡Qué infantil y qué exagerado que parecía todo frente al acontecimiento de impacto mundial que estaba desarrollándose en Rusia! No, no podía dar crédito a sus historias. Esperaría y estudiaría las condiciones. Pero mi mente estaba confundida, y las noches se volvieron más opresivas que antes.»

[...]

«El chalet de Kropotkin se alzaba detrás de un amplio jardín, lejos de la calle. Solo el rayo débil de una lámpara de kerosén alumbraba el camino hasta la casa. Kropotkin nos recibió con su gracia característica, evidentemente complacido por nuestra visita. Pero me impresionó el cambio en su apariencia. Lo había visto por última vez en 1907, en París, luego del Congreso Anarquista de Ámsterdam. Kropotkin, expulsado de Fancia durante muchos años, acababa de ser autorizado para volver. En aquel entonces tenía 65 años, pero aún estaba tan lleno de vitalidad y energía que aparentaba mucho menos. Ahora se lo veía viejo y cansado.

Yo estaba ansiosa de que Kropotkin me iluminara acerca de las cuestiones que me afligían, en particular acerca de la relación entre los bolcheviques y la Revolución. ¿Cuál era su opinión? ¿Por qué se había mantenido en silencio durante tanto tiempo?

Como no tomé notas, tan solo puedo expresar la idea general de lo que me dijo. Kropotkin aseguró que la Revolución había alzado al pueblo espiritualmente y que había abierto el camino para una profunda transformación social. Si se hubiera permitido al pueblo desatar sus energías contenidas, Rusia no hubiese llegado a su actual situación de ruina. Los bolcheviques, que habían sido empujados a la cresta de la ola revolucionaria, capturaron los oídos del pueblo con eslóganes radicales y revolucionarios, ganando la confianza de las masas y el apoyo de la militancia revolucionaria.

Continuó narrando que muy pronto en el período de octubre, los bolcheviques comenzaron a subordinar el interés de la Revolución a la consolidación de su dictadura, la cual violentaba y paralizaba toda forma de actividad social. Señaló que las cooperativas eran el principal medio para acortar la distancia entre los intereses del campesinado y de los obreros, pero habían estado entre las primeras organizaciones en ser aplastadas. Me habló sentidamente de la opresión, de la persecución y del acoso hacia todo intento de opinión, y citó numerosos ejemplos de la miseria y la desesperanza de la gente. Enfatizó que los bolcheviques habían desacreditado al socialismo y al comunismo ante los ojos del pueblo ruso.»

Emma Goldman (1923) My Disillusionment in Russia.

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