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Bauman, liquidez y ‘hegemonía macrista’

Escribe Nicolás Trotta en Página 12: “En la sociedad líquida la hegemonía también lo es. La hegemonía macrista es fugaz. Un chispeo en la historia.”

El concepto de liquidez pertenece a Bauman; el gusto por su aplicación indiscriminada también. Pero debemos a Trotta el maridaje entre liquidez y hegemonía, lo mismo que su aplicación al macrismo. Me parece necesario rechazar las valoraciones del intelectual argentino en sus dos dimensiones: que la hegemonía pueda ser líquida, y que el macrismo pueda haber sido hegemónico.

Una hegemonía nunca es líquida. Es su solidez y su aparente ‘inmutabilidad’ (que no es más que la evolución en una escala histórica) lo que permite que una hegemonía se constituya como tal. Que Bauman guste del oxímoron no significa que todo oxímoron pueda verificarse en la realidad. Más allá de la responsabilidad que cabe a Trotta por seguir al sociólogo polaco, debe imputársele a este último la incapacidad de ver (o de admitir) que en la ‘modernidad líquida’ también existen constantes. Una de las principales: la racionalidad capitalista. De hecho, la dinámica de relaciones capitalistas actúa como la radiación de fondo sobre la cual se despliega la aceleración tardomoderna. La licuefacción de los puntos de referencia subjetivos sobre la que abunda el trabajo de Bauman no ocurre en el vacío, sino sobre el trasfondo de un sistema de relaciones invariables que lo posibilitan, y que hoy encuentran terreno fértil para el despliegue de todas sus potencialidades.

La liquidez es el punto de llegada de la dinámica de relaciones capitalistas. La liquidez importa al sistema por cuanto anula los lazos y los proyectos comunitarios y neutraliza los potenciales rechazos a una racionalidad deshumanizadora que hace de las personas una variable de intercambio más. Las identidades, las vidas, los proyectos personales, las relaciones intersubjetivas, todas derivan su fluidez y maleabilidad de los rasgos que caracterizan al elemento fundante del sistema: el capital. El sujeto descrito por Bauman está lejos de ser el ‘empresario de su propia vida’, como prometen las narrativas neoliberales. El sujeto de la modernidad líquida se encuentra a la deriva; es la víctima de un sistema que lo liquida.

Sobre esta base capitalista se despliegan otras variables cuya sobreviva también desafía los procesos de aceleración e indefinición que bien describe Bauman. En una escala histórica, estas variables pueden ser tratadas como 'constantes de época'. Las hegemonías son una de estas constantes; no son modas que puedan nacer y morir con la fugacidad de un ‘chispeo’, como escribe Trotta. Para constituirse en hegemónica, una racionalidad, o una relación de poder, debe hacer carne en el sentido común de la sociedad. Las hegemonías no fluctúan al ritmo de la política coyuntural. Las políticas pueden tensionar una determinada racionalidad hegemónica, ponerla en crisis tal vez, superarla eventualmente; pero ninguna política de coyuntura se erigirá en hegemónica por el solo hecho de existir y prosperar. Es en este sentido que no parece adecuado hablar de una hegemonía macrista, como tampoco de una perdida hegemonía kirchnerista.

Desde su consolidación en los ’90, el neoliberalismo ha sido la racionalidad hegemónica en la Argentina. Aunque el 2001 habilitó la aparición de proyectos alternativos, no acabó con el predominio neoliberal. En 2003, Menem y López Murphy sumaron 41% de los votos. Aún hoy, las valoraciones políticas, económicas y culturales de los ’90 continúan operando en el imaginario social, en los medios y en la academia. El mito del empresario moderno e innovador, promotor del desarrollo económico y social, sigue igual de vigente. Macri y De Narváez supieron explotarlo en pleno proceso kirchnerista.

Desde 2003 a 2015, el capitalismo distributivo del kirchnerismo logró poner en tensión la racionalidad neoliberal y avanzar en terrenos donde esta se imponía (el rol del Estado, el valor de las políticas sociales, el desarrollo estratégico del mercado interno…); pero este proceso no llegó a constituir una nueva hegemonía. Culturalmente, no se logró superar la racionalidad neoliberal; políticamente, el kirchnerismo necesitó de una alianza con los poderes económicos consolidados en los ‘90. Aunque sus políticas no vencieron la resistencia de estos sectores, lograron desgastarlos de modo dramático. El proyecto de una alternativa al neoliberalismo arribó a un punto de empate hegemónico que se resolvió electoralmente en su contra en 2015.

La sociedad argentina de 2015 no ansiaba otra cosa que un reordenamiento social y económico dentro de los límites del capitalismo, ya viniera este de la mano del Frente para la Victoria (contra los abusos del mercado) o de Cambiemos (contra los abusos del Estado). No es descabellado pensar que parte del 51% que depositó a Macri en la Rosada todavía percibiera las políticas económicas de los ‘90 como la expresión más acabada de ese 'ordenamiento'. Tal vez el mito del empresario moderno e innovador explique la confianza depositada en Macri como garante de un capitalismo ordenado. En cualquier caso, la propuesta electoral de Cambiemos se alimentó de estas trazas de hegemonía neoliberal aún activas en la sociedad argentina. Pero el gobierno macrista –en tanto gobierno- no puede definirse como hegemónico; su debilidad estructural lo impide. Es la racionalidad neoliberal, encarnada por el macrismo –pero que no es macrismo-, lo que todavía hoy se presenta como hegemónico. No conviene confundir la solidez discursiva del neoliberalismo con la solidez de un gobierno neoliberal.

Desde el primer día, el gobierno macrista ha vivido en tensión permanente con sectores amigos y enemigos. Obligado a pactar gobernabilidad con ambos, ha sido un gobierno destinado al desgaste rápido. Hoy, tras dos años y medio de gestión, su inherente debilidad política ha conducido a un impensado debilitamiento de la propia racionalidad neoliberal. Que la hegemonía neoliberal no haya sido superada no significa que goce de buena salud. El gobierno de Cambiemos ha contribuído a su deterioro como ningún otro. La vertiginosa crisis en que ingresó la economía macrista deberá competir ahora con la memoria de bienestar que dejaron doce años de capitalismo distributivo.

En la Argentina, la liquidez hacia la cual tiende el capitalismo tardomoderno fue desafiada por una serie de políticas económicas y culturales que rescataron la solidez de los vínculos afectivos y comunitarios, el compromiso con la memoria y la centralidad del ser humano por sobre el capital. El empate hegemónico resuelto por los votos en 2015 no se ha resuelto aún a nivel cultural. La experiencia kirchnerista da cuenta de que una resolución electoral favorable es posible, pero insuficiente sin una transformación económico-cultural más profunda. Construir un futuro común nos obliga a continuar rechazando la fluidez de una vida sin anclaje ideológico y comunitario, de una vida determinada por las relaciones del mercado. Hoy el empate hegemónico continúa latente. La racionalidad neoliberal enfrenta un difícil desafío: derrotar definitivamente al capitalismo distributivo en medio de una crisis autogenerada, o asumir una derrota que tal vez acabe siendo definitiva.

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