L a atleta femenina de lanzamiento de martillo avanza su enorme humanidad hacia la jaula de seguridad. La seguimos en la pantalla del televisor: su andar tosco y descuidado, sus piernas fornidas, sus brazos gruesos, su busto inexistente, perdido tras un exceso de humanidad… Por si esto fuera poco, el cabello desmechado y corto. “¡Qué poco femeninas!” se oye decir a una mujer en el extremo de la mesa familiar. “¡Qué lástima que sean tan masculinas!” señala otra. Las observaciones sobrevuelan el círculo doméstico y caen sobre la mesa con el peso de la violencia autoinfringida: son las mujeres, ellas mismas, las que se animan antes que nadie a juzgar a otras mujeres con los parámetros de una cultura patriarcal. Porque después de todo, ¿qué significa aquí ser “masculino”? Ninguno de los hombres en torno a la mesa se caracteriza por su musculatura o por su tamaño, por la desmesura física o por los ademanes toscos y vulgares. Esto, sin embargo, no los exime de ser “masculinos”. Los hombres...