07/07/2008

The Elephant's Child (traducción)

Rudyard Kipling es tal vez uno de los más fantásticos escritores de la lengua inglesa. Es difícil amarlo, pero definitivamente imposible odiarlo. ¿Qué sentir por el hombre que nos dejó las más hermosas fábulas modernas juntos con algunas de las más incómodas odas al imperialismo británico? ¿Qué sentir por el poeta más lúdico y rítmico de la lengua inglesa, cuando estos dones son esparcidos sin remordimientos en himnos colonialistas como “The White Man’s Burden”?
Yo prefiero quedarme con lo bueno, con el juego y con el ritmo, y con esa increíble colección de fábulas que es “Just So Stories” (que yo traduciría “Justamente así”) y que alguna vez me propuse traducir dado que no me gustaban las otras versiones en castellano. Por supuesto, esto también está incompleto, y sólo llevo tres cuentos con sus respectivos epígrafes y su poesía final. Aquí va mi preferido, con las ilustraciones del autor. Para el que puede, recomiendo leerlo en su idioma original (aquí):



EL BEBÉ DE ELEFANTE (de Rudyard Kipling)

En un lejano tiempo remoto, amor mío, los elefantes no tenían trompa. Tenían tan sólo un hocico abultado y negruzco, del tamaño de una bota, que podían sacudir de lado a lado pero que les era inútil para levantar cosas. Sin embargo, había un elefante -un nuevo elefante, un bebé de elefante- que era dueño de una curiosidad más que insaciable, lo que significa que hacía cientos de miles de preguntas. Además, vivía en el África, y colmaba toda el África con su curiosidad más que insaciable. Le preguntaba a su largo tío el avestruz, por qué las plumas le crecían de aquel modo, y su largo tío el avestruz le daba un chirlo con su pata bien, bien dura. Le preguntaba a su larga tía la jirafa, qué le provocaba esas manchas en la piel, y su larga tía la jirafa le daba un chirlo con su pezuña bien, bien dura. ¡Y aún así era dueño de una curiosidad más que insaciable! Le preguntaba a su enorme tío el hipopótamo, por qué tenía los ojos colorados, y su enorme tío el hipopótamo le daba un chirlo con su gran, gran pata. Y le preguntaba a su velluda tía mandril, por qué los melones sabían de aquel modo, y su velluda tía mandril le daba un chirlo con su gran garra velluda. ¡Y aún así era dueño de una curiosidad más que insaciable! Preguntaba acerca de todo lo que veía, y oía, y sentía, y olía, y tocaba, y sus tíos y sus tías siempre le daban un chirlo; pero aún así era dueño de una curiosidad más que insaciable.
Una bonita mañana, promediando la presesión de los equinoccios, este más que insaciable bebé de elefante realizó una nueva y bonita pregunta que jamás había hecho antes. Preguntó:
-¿Qué es lo que almuerza el cocodrilo?
Y entonces todo el mundo le dijo, con voz alta y severa:
-¡Chiiiito! –y le dieron un chirlo de inmediato y sin vueltas, y sin detenerse por un buen rato.
Con el tiempo, cuanto esto hubo concluido, el bebé de elefante se encontró al pájaro kolokolo, que aguardaba sentado en medio de un arbusto espinoso, y le contó:
-Mi padre me ha dado un chirlo, y mi madre me ha dado un chirlo; y todos mis tíos y tías me han dado un chirlo por mi curiosidad más que insaciable, ¡y aún así quiero saber qué es lo que almuerza el cocodrilo!
El pájaro kolokolo sentenció, con un chillido angustiado:
-Ve a la ribera del gran grasoso y grisáceo río Limpopo, todo cercado de eucaliptos, y averígualo.
A la mañana siguiente, cuando nada quedaba de los equinoccios debido a que la precesión había precedido de acuerdo con lo precedente, este más que insaciable bebé de elefante tomó cien libras de bananas (de las cortitas y coloradas), cien libras de caña de azúcar (de la larga y violácea), y diecisiete melones (de los verduzcos y crujientes), y dijo a todos sus queridos parientes:
-Adiós. Me voy al gran grasoso y grisáceo río Limpopo, todo cercado de eucaliptos, para averiguar qué es lo que almuerza el cocodrilo.
Y todos le dieron un chirlo una vez más a modo de despedida, aunque él les pidiera de lo más cortésmente que lo dejaran en paz.
Luego se marchó, un poco dolorido pero para nada sorprendido, comiendo melones y arrojando la cáscara a su paso, pues no tenía forma de recogerla.
Fue del pueblo de Graham hasta Kimberley, y de Kimberley hasta el condado de Khama, y del condado de Khama siguió hacia el noroeste, comiendo melones todo el tiempo, hasta que llegó a las márgenes del río Limpopo, todo cercado de eucaliptos, tal como dijera el pájaro kolokolo.
Ahora, es preciso que entiendas, amor mío, que hasta aquella mismísima semana, y día, y hora, y minuto, este más que insaciable bebé de elefante jamás había visto un cocodrilo, y no sabía cómo reconocerlos. Todo lo que tenía era su curiosidad más que insaciable.
Lo primero que vio fue una jaspeada serpiente pitón de las rocas, enrollada a una roca.
-Disculpe –dijo, de lo más cortésmente el bebé de elefante-, pero ¿ha visto algo como un cocodrilo por estas enmarañadas aguas?
-¿Si yo he visto un cocodrilo? –dijo la jaspeada serpiente pitón de las rocas, en tono de burla- ¿Qué habrás de preguntarme luego?
-Disculpe –dijo el bebé de elefante-, pero ¿sería tan amable de decirme qué es lo que almuerza el cocodrilo?
La jaspeada serpiente pitón de las rocas se desenrolló rápidamente de la roca y dio un chirlo al bebé de elefante con su cola escamosa y latigosa.
-Es curioso –dijo el bebé de elefante-, porque mi padre y mi madre, y mi tío y mi tía, por no mencionar mi otro tío el hipopótamo y mi otra tía mandril, todos me dan chirlos por mi curiosidad más que insaciable. Y supongo que esto es lo mismo.
Así que se despidió cortésmente de la jaspeada serpiente pitón de las rocas y la ayudó a enrollarse de nuevo en su roca, y siguió camino, un poco dolorido pero para nada sorprendido, comiendo melones y arrojando la cáscara a su paso, pues no tenía forma de recogerla, hasta que tropezó con lo que parecía un tronco sobre la orilla misma del gran grasoso y grisáceo río Limpopo, todo cercado de eucaliptos.
Pero en realidad, amor mío, era un cocodrilo, y el cocodrilo guiñó un ojo, ¡así!
-Disculpe –dijo de lo más cortésmente el bebé de elefante-, pero ¿ha visto por casualidad un cocodrilo en estas enmarañadas aguas?
El cocodrilo guiñó el otro ojo y alzó media cola fuera del lodo, y el bebé de elefante retrocedió de lo más cortésmente, porque no quería que le dieran un chirlo de nuevo.
-Arrímate, pequeñín –dijo el cocodrilo-, ¿por qué preguntas eso?
-Disculpe –dijo, de lo más cortésmente el bebé de elefante-, pero mi padre me ha dado un chirlo, y mi madre me ha dado un chirlo, por no mencionar mi largo tío el avestruz, y mi larga tía la jirafa, que puede golpear fortísimo, lo mismo que mi enorme tío el hipopótamo y mi velluda tía mandril, e, incluso, la jaspeada serpiente pitón de las rocas, con su cola escamosa y latigosa, río arriba, que golpea más fuerte que todos los demás; por eso, si es lo mismo con usted, no me gustaría recibir un chirlo de nuevo.
-Arrímate, pequeñín –dijo el cocodrilo-, pues yo soy el cocodrilo –y lloró lágrimas de cocodrilo para demostrarlo.
Entonces el bebé de elefante se quedó con la boca abierta y sin aliento, y se arrodilló en la orilla y dijo:
-¡Usted es la mismísima persona que estuve buscando durante todos estos largos días! ¿Podría ser tan amable de decirme qué es lo que almuerza?
-Arrímate, pequeñín –dijo el cocodrilo-, y te lo susurraré.
Entonces el bebé de elefante acercó su cabeza hacia la boca colmada de colmillos del cocodrilo, y el cocodrilo le apresó la nariz, que hasta aquella mismísima semana, y día, y hora, y minuto, no había sido más grande que una bota, aunque bastante más útil.
-Creo –dijo el cocodrilo, hablando entre dientes, así-: Creo que hoy voy a empezar con ¡un bebé de elefante!
Para esto, el bebé de elefante se había enojado bastante, de modo que respondió, hablando por la nariz, así:
-¡Suéldeme! ¡Be lastima!

Este es el bebé de elefante mientras el cocodrilo le tironea la nariz. Está bastante sorprendido y asombrado y dolorido, y habla por la nariz y dice: "¡Suéldeme! ¡Be lastima!"
Está tirando con fuerza, lo mismo que el cocodrilo; pero la jaspeada serpiente pitón de las rocas ya se apresura por el agua para ayudar al bebé de elefante.
Todo lo oscuro son las márgenes del gran grasoso y grisáseo río Limpopo (pero no se me permite colorear los dibujos), y el árbol en forma de botella, con raíces retorcidas y ocho hojas es uno de los eucaliptos que allí crecen.
Debajo de la imagen principal hay sombras de animales africanos entrando a un arca africana. Son dos leones, dos avestruces, dos bueyes, dos camellos, dos ovejas y otras dos cosas que parecen ratas, pero que creo que son conejos. No significan nada. Los dibujé porque me pareció que quedaban bonitos. Quedarían realmente bien si se me permitiera colorearlos.


En aquel momento, la jaspeada serpiente pitón de las rocas se arrastró hasta la orilla y sentenció:
-Mi joven amigo, por si lo ignoras, jala de inmediato y al instante, tan fuerte como esté en tu poder. Es mi parecer que tu encuentro con este gabán de cuero estampado (y con esto se refería al cocodrilo) te arrojará en la límpida corriente en menos de lo que canta un gallo.
Pues esta es la forma en que suelen expresarse las jaspeadas serpientes pitones de las rocas.
Entonces el bebé de elefante se sentó de cola y tiró, y tiró, y tiró, y su nariz comenzó a estirarse. Y el cocodrilo se adentró en el agua, sacudiéndola con los enormes barridos de su cola, y tiró, y tiró, y tiró. Y la nariz del bebé de elefante continuaba estirándose.
Y el bebé de elefante afirmó sus pequeñas patas, y tiró, y tiró, y tiró, y su nariz continuaba estirándose. Y el cocodrilo batió su cola como un remo, y tiró, y tiró, y tiró, y con cada tirón, la nariz del bebé de elefante se estiraba más y más, y ¡ay, sí que dolía!
Entonces el bebé de elefante notó que se resbalaba, y habló por la nariz, que ahora tenía casi cinco pies de largo:
-¡Esdo es bucho para bi!
Pero la jaspeada serpiente pitón de las rocas bajó a la orilla y se anudó con un nudo marinero a una de las patas traseras del bebé de elefante, y señaló:
-Viajero inexperto y atropellado, a partir de ahora nos abocaremos seriamente a un poco de tensión, puesto que de no hacerlo, es mi parecer que este buque acorazado con cubierta laminada (y con esto, amor mío, se refería al cocodrilo) dañará de modo irreparable tus futuras aspiraciones.
Pues esta es la forma en que suelen expresarse las jaspeadas serpientes pitones de las rocas.
De modo que tiró, y el bebé de elefante tiró, y el cocodrilo tiró. Pero el bebé de elefante y la jaspeada serpiente pitón de las rocas tiraron con más fuerza, y al fin el cocodrilo soltó la nariz del bebé de elefante, con un chasquido que se oyó de punta a punta del Limpopo. Y el bebé de elefante cayó sentado de golpe; pero se cuidó de agradecer primero a la jaspeada serpiente pitón de las rocas, y luego acarició su pobre y tironeada nariz, y la envolvió en hojas de banana frescas, y la sumergió en el gran grasoso y grisáceo Limpopo para que se deshinchara.
-¿Por qué haces eso? –preguntó la jaspeada serpiente pitón de las rocas.
-Disculpe –dijo el bebé de elefante-, pero mi nariz tiene muy mala apariencia, y voy a esperar a que se encoja.
-Entonces tendrás que esperar un largo rato –dijo la jaspeada serpiente pitón de las rocas-. Hay gente que no sabe lo que es bueno.
El bebé de elefante permaneció sentado tres días, esperando a que su nariz se encogiera. Pero no se achicaba ni un poquito, y lo que es peor, ya se estaba quedando bizco.
Verás y comprenderás, amor mío, que el cocodrilo la había estirado hasta convertirla en una verdadera trompa, como la que llevan todos los elefantes ahora.
Al finalizar el tercer día, un tábano se acercó y le picó en el hombro, y antes de que supiera lo que hacía, el bebé de elefante alzó su trompa y aplastó al tábano de un golpe.
-¡Ventaja número uno! –soltó la jaspeada serpiente pitón de las rocas- No podrías haber hecho eso con una naricita insignificante. Prueba comer algo ahora.
Antes de que supiera lo que hacía, el bebé de elefante extendió su trompa y arrancó un manojo de pasto, lo frotó hasta limpiarlo contra sus patas delanteras y lo metió en su boca.
-¡Ventaja número dos! –dijo la jaspeada serpiente pitón de las rocas- No podrías haber hecho eso con un naricita insignificante. ¿No te parece que el sol está muy fuerte aquí?
-Ya lo creo –dijo el bebé de elefante; y antes de que supiera lo que hacía, juntó un montón de barro de la orilla del gran grasoso y grisáceo Limpopo y lo acomodó en su cabeza, haciéndose una gorra de barro fresco y chorreante que se escurría por detrás de sus orejas.
-¡Ventaja número tres! –dijo la jaspeada serpiente pitón de las rocas- No podrías haber hecho eso con una naricita insignificante. ¿Y ahora, qué te parece recibir un chirlo de nuevo?
-Disculpe –dijo el bebé de elefante-, pero no me gustaría para nada.
-¿Y qué te parecería darle un chirlo a alguien? –dijo la jaspeada serpiente pitón de las rocas.
-Por cierto que me agradaría –dijo el bebé de elefante.
-Bueno –dijo la jaspeada serpiente pitón de las rocas-, encontrarás que esa nueva nariz tuya es muy útil para dar chirlos a la gente.
-Gracias –dijo el bebé de elefante-, lo tendré en cuenta. Y ahora, creo que iré a casa a probar con todos mis queridos parientes.
De modo que el bebé de elefante volvió a su casa a través del África, meneando y agitando su trompa. Cuando quería comer fruta las bajaba del árbol, en lugar de esperar a que cayeran como solía hacer antes. Cuando quería pasto lo arrancaba del suelo, en lugar de arrodillarse como antes. Cuando los tábanos lo picaban él partía una rama de árbol y la usaba como matamoscas; y se hacía una nueva y fresca gorra de barro chorreante si el sol estaba fuerte. Y cuando se sentía solo caminando por el África se cantaba con su trompa, y el sonido era más fuerte que el de varias trompetas juntas. Y se salió del camino especialmente para buscar a un enorme hipopótamo (que no era pariente suyo) y darle un fuerte chirlo, hasta asegurarse de que la jaspeada serpiente pitón de las rocas había dicho la verdad acerca de su nueva trompa. Y el resto del tiempo recogía las cáscaras de melón que había arrojado en su viaje de ida, pues era un muy pulcro paquidermo.

Esta no es más que una imagen del bebé de elefante arrancando bananas de un bananero, luego de conseguir su nueva y bonita trompa. No creo que sea un dibujo muy bueno, pero no pude hacerlo mejor porque los elefantes y las bananas son difíciles de dibujar.
Las cosas veteadas detrás del elefante representan un fangoso y pantanoso país en algún lugar del África. El bebé de elefante hizo la mayoría de sus tortas de barro con el lodo que encontró allí. Creo que se vería mejor si pintaras el bananero en verde y al bebé de elefante en rojo.


Una oscura tarde arribó donde todos sus queridos parientes, enrolló su trompa y dijo:
-¿Cómo están?
Todos se mostraron felices de verlo, y dijeron de inmediato:
-Ven aquí para que te demos un chirlo por tu curiosidad más que insaciable.
-¡Nones! –dijo el bebé de elefante- No creo que ustedes sepan nada de chirlos; pero yo sí, y se los voy a demostrar.
Entonces desenrolló su trompa y puso a dos de sus queridos hermanos patas para arriba.
-¡Santas bananas! –les dijeron- ¿Dónde aprendiste eso? ¿Y qué le hiciste a tu nariz?
-Conseguí una nueva gracias al cocodrilo, a orillas del gran grasoso y grisáceo río Limpopo –dijo el bebé de elefante-. Le pregunté qué era lo que almorzaba, y él me dio esto como recuerdo.
-Se ve muy fea –dijo su velluda tía mandril.
-Lo sé –dijo el bebé de elefante-, pero es muy útil.
Y alzó a su velluda tía mandril de una de sus patas velludas y la sentó en un nido de avispas. Luego, aquel desobediente bebé de elefante le dio un chirlo a todos sus queridos parientes por un largo rato, hasta que estuvieron bien doloridos y enormemente sorprendidos. Arrancó las plumas de la cola de su largo tío el avestruz; y agarró a su larga tía la jirafa de una de sus patas, y la arrastró a través de un arbusto espinoso; y le gritó a su enorme tío el hipopótamo, y sopló burbujas en su oído mientras dormía en el agua después de la comida; pero nunca dejó que nadie tocara al pájaro kolokolo.
Al final, las cosas se pusieron tan interesantes que todos sus queridos parientes corrieron uno a uno a la orilla del gran grasoso y grasiento río Limpopo, todo cercado de eucaliptos, a pedirle nuevas narices al cocodrilo. Cuando regresaron, ya nadie volvió a aporrear a nadie más; y desde aquel día, amor mío, todos los elefantes que veas, junto con todos aquellos que nunca verás, tienen trompas idénticas a la trompa de aquel más que insaciable bebé de elefante.

Seis sirvientes a mi mando
Que me enseñan lo que sé:
Sus nombres son Por qué y Cuándo

Dónde, Cómo, Quién y Qué.
Los envío de este a oeste,
Ya por tierra, ya por mar;
Si trabajan, aunque cueste,
Yo los dejo descansar;
En la siesta hasta las cinco
Como en otros tres momentos:
Desayuno, almuerzo y cena,
Pues son hombres bien hambrientos.
Pero hay gente muy distinta,
Yo conozco un hombrecito:
¡Mil sirvientes a su mando
No descansan ni un poquito!
Los envía de temprano
Apenas alza los pies:
Dos mil Cómos, diez mil Cuándos,
Dos millones de Porqués.


1 comment:

Sonia Betancort said...

Maravilloso Kipling! un rey en la selva de las letras.

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