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Zarpazo sobre Malvinas y resistencia

Se ha vuelto un cliché asumir que el gobierno de Macri se mueve por ensayo y error. Días atrás, el ex ministro Axel Kicillof planteó otra forma de entender este accionar. Para el economista y diputado, más que por “ensayo y error”, el gobierno actúa por “intento de abuso” y “medición de la resistencia”. En sus propias palabras, Macri “solo recula si se tropieza con una oposición contundente”, es decir: “tira el zarpazo, y si pasa, pasa”.

Al revisar los acontecimientos de estos días en torno al conflicto de Malvinas, es posible advertir un claro ejemplo de este mecanismo. Ya desde su asunción, el gobierno de Macri fue creando pacientemente el escenario propicio para dejar atrás la discusión por la soberanía de las Islas. Hace apenas unas semanas tiró el zarpazo; por fortuna, no pasó.

La secuencia de eventos es larga, aún cuando la reduzcamos a sus instancias fundamentales. Pero como sucede cada vez que nos proponemos recorrer los de eventos pasados, es posible regresar de nuestro viaje en el tiempo con algunas pistas para comprender el presente.

Mi pasado me condena

Era fines de diciembre de 2015, tras la asunción del presidente Macri. El periodista de Perfil acababa de preguntar si se mantendrían las sanciones por pesca y explotación petrolera en Malvinas, o si habría “un nuevo paraguas sobre la soberanía” (en referencia a la estrategia menemista). La entrevistada era la nueva canciller Susana Malcorra. Su respuesta se inició con una sentencia por demás significativa: “Las Malvinas son un tema constitucional, no un tema opcional”.

La sola aclaración debiera despertar suspicacias. Nadie que esté convencido de la legitimidad del reclamo argentino pensaría en escudriñarse detrás de la Constitución para fundamentar una política soberana. Pero la aclaración se dada en un contexto muy particular. Ya gobernaba Mauricio Macri, el hombre que en 1997 había asegurado no entender el reclamo por Malvinas “en un país tan grande como el nuestro”, y que las Islas “serían un fuerte déficit adicional para la Argentina”.

Días antes de su asunción, las dudas que despertaba el nuevo gobierno habían sido expresadas por los ex combatientes de la Mesa de Coincidencia Malvinas, que reclamaron no dar “ni un paso atrás” en la política de reclamo soberano y dejaron asentada su preocupación porque Macri no se hubiese expresado sobre un tema tan delicado en su campaña.

El discurso de asunción del 10 de diciembre fue el momento propicio para que el nuevo presidente se adentrara en este terreno: “Es necesario superar el tiempo de la confrontación,” propuso, para luego asegurar que “sostendremos todos nuestros reclamos soberanos.”

Ya entonces, la noción de un reclamo soberano sin confrontación se inscribía dentro de la narrativa dialoguista del gobierno, pero resultaba como menos ambigua en términos de políticas concretas. En cualquier caso, parecía un planteo coherente con el hombre que, minutos antes, había burlado la fórmula constitucional jurando desempeñarse con “honestidad” en lugar de hacerlo con “patriotismo”.

Un diálogo sin soberanía

La palabra clave con la que el macrismo propone abordar las tensiones políticas es siempre la misma: ‘diálogo’. También fue esta la palabra utilizada por el presidente para referirse al conflicto de Malvinas en la apertura de cesiones legislativas de este año. Y el concepto fue refrendado por Malcorra tres días después, rebajando la ‘Secretaría de Asuntos Relativos a las Islas’ al grado de subsecretaría, con el argumento de que este cambio facilitaba un “manejo armonioso” con Londres.

El ‘diálogo’ al parecer, no consistía en sentarse a ‘negociar’ soberanía, sino en aceptar las demandas inglesas que exigían quitar el conflicto por Malvinas del medio. En lugar de lograr un “manejo armonioso” del conflicto, la degradación de la Secretaría buscaba relegar el conflicto para seducir al Reino Unido con miras a dialogar (ahora sí) acuerdos económicos.

Si esta ‘armonización’ no bastaba, la canciller terminó por desmantelar la Subsecretaría apenas un mes después. Y como si se tratara de un guiño al Foreign Office, la fecha elegida fue el primero de abril, un día antes de un nuevo aniversario de la guerra.

El tan anticipado diálogo llegó al fin el 13 de septiembre, con la firma de un comunicado conjunto entre ambos países. Como podía anticiparse, el documento perseguía, antes que nada, un acuerdo de explotación económica de las Islas. Textualmente: “Se acordó adoptar las medidas apropiadas para remover todos los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas, incluyendo comercio, pesca, navegación e hidrocarburos.”

Dado que la explotación de las islas por parte del Reino Unido se venía postergando debido a las restricciones impuestas por la Argentina, los únicos responsables de “remover todos los obstáculos” serán los argentinos, quienes habilitarán con ello al Reino Unido a extraer la riqueza del suelo malvinense.

A cambio, y para impostar compensación del lado inglés, se acordó la identificación de los soldados argentinos en el cementerio de Darwin, una acción humanitaria tan elemental que cuesta creer que se pueda aceptar como elemento de negociación.

La impresión que deja este acuerdo es que la Argentina seduce, la Argentina garantiza libertad de acción, y el Reino Unido se beneficia. Todo a cambio de algunas monedas que prometen caer de nuestro lado.

Retroceder treinta años

Para evitar posibles reclamos de cesión de derechos, el documento firmado por Malcorra y el ministro inglés remite a la fórmula de soberanía incluida en la Declaración Conjunta de 1989, un documento acordado a poco de la asunción de Menem por el entonces canciller Domingo Cavallo. En aquella declaración ambos países reafirmaban sus posiciones con respecto a la soberanía de las islas, sin desmedro del desarrollo de otro tipo de actividades conjuntas.

El problema es que aquella declaración también contenía un párrafo donde ambos gobiernos se comprometían a “respetar plenamente los principios de la Carta de las Naciones Unidas”. A pesar de este compromiso, el gobierno inglés se ha negado consistentemente a retomar el diálogo que manda la Resolución 2065 del organismo internacional, la cual reconoce la situación colonial de las islas y urge a ambos países a encontrar una solución pacífica al problema.

La Resolución 2065, por su parte, se sustenta en la Resolución 1514 (XV), que proclama “la necesidad de poner fin rápida e incondicionalmente al colonialismo en todas sus formas y manifestaciones”.

Aceptar un documento de 1989 como base para el reclamo soberano de la Argentina, sin advertir que desde aquel año hasta la fecha Londres se negó a cumplir con lo pactado, significa retrotraer el estatus del conflicto 27 años. Evidentemente, la estrategia dialoguista del macrismo se reduce a un dialogo sobre los intereses del Reino Unido (que son intereses económicos), mientras se acepta no dialogar sobre los intereses argentinos (que son intereses territoriales).

Midiendo la resistencia tras el zarpazo

Al aplicar el análisis de Kicillof al tratamiento del tema Malvinas, es posible decir que Macri dio el zarpazo: intentó deshacerse de la discusión por la soberanía de las Islas e intentó retrotraer ese debate a 1989. Las acciones posteriores al acuerdo, su discurso en las Naciones Unidas y el papelón internacional que lo enfrentó con la cancillería inglesa, deben leerse en el contexto de una tardía ‘medición de la resistencia’.

La declaración firmada por Malcorra cosechó un rechazo generalizado que atravesó a propios y a extraños. Los reparos del kirchnerismo y de los partidos de izquierda eran previsibles; el cuestionamiento del massismo, en cambio, reflejó un malestar más amplio al interior de la población. Los mismos lectores del portal Clarín, acostumbrados a perdonar lo imperdonable al gobierno, reaccionaron con inusitada virulencia ante el comunicado de cancillería. Y la Coalición Cívica de Elisa Carrió, aliada al macrismo, hizo público un comunicado donde se muestra preocupada de que ‘soslaye’ la cuestión de la soberanía.

Probablemente haya sido este escándalo y no otra cosa lo que obligó al presidente Macri a sincerar la posición argentina frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Luego de asegurar que el diálogo es “la piedra basal de la política exterior de la Argentina democrática,” concluyó: “Por eso, reitero, nuestro llamado al diálogo con el Reino Unido, como mandan tantas resoluciones de esta organización, para solucionar amigablemente la disputa de soberanía”.

Si bien el tono “amigable” se inscribe dentro de la narrativa dialoguista del gobierno, lo cierto es que la mención a las resoluciones ignoradas por la parte inglesa reinscribe el discurso presidencial dentro de la línea de reclamo de los gobiernos kirchneristas. Tal vez como no podía ser de otra manera, los mismo kelpers, desilusionados con el contenido del discurso, acabaron acusando a Macri de aplicar “tácticas kirchneristas”.

Malvina, medios y más allá

Luego vendría el papelón. No sabremos si Macri pecó de ingenuo o si fueron sus asesores los que le recomendaron dar entidad oficial al comentario de pasillo de la premier Theresa May: “Le dije que estoy listo para comenzar un diálogo abierto que incluya, por supuesto, el tema de la soberanía sobre las Islas,” contó el presidente, y remató: “Me dijo que bueno, que sí, que habría que empezar a conversar.”

La anécdota, que generó tantos coletazos internacionales, fue la excusa perfecta para que Clarín y La Nación salieran a limpiar la cara del gobierno después del escándalo por el acuerdo. ‘Malvinas: Macri dice que Londres acepta retomar el diálogo’, y ‘Malvinas: Macri planteó el reclamo de soberanía a la premier británica’, fueron los respectivos titulares de tapa.

Durante 24 horas, los principales diarios moldearon un relato en el cual el estreno del presidente frente a las Naciones Unidas había sido un éxito rotundo. El enorme papelón internacional, con corrección de la cancillería argentina y desmentida británica de por medio, podría esperar 24 horas más. Para entonces, ya se había puesto en marcha una campaña mediática que involucraba cuidadas fotografías de la pareja oficial y el seguimiento periodístico de un falso viaje en colectivo y un falso timbreo. Los medios que todo lo descubren, trataron aquellas ficciones publicitarias como acontecimientos reales, contribuyendo a la imagen de un gobierno que dialoga, esta vez con la gente.

Pero nada de esto hubiese sido necesario si antes el gobierno no trastabillaba con el acuerdo bilateral.

El repaso del tema Malvinas desde la llegada de Macri al poder da cuenta del desinterés del gobierno por el reclamo soberano, así como de la falacia que se esconde detrás del discurso dialoguista del macrismo. En definitiva, la conducta oficial en este tema avala la teoría del ‘zarpazo y medición de la resistencia’. Pero más importante aún, nos permite vislumbrar que, así como ocurrió con el tarifazo, con el nombramiento de jueces por decreto, o con el tope a las paritarias, lo único que puede encausar el rumbo de las acciones del gobierno en favor de los intereses de las mayorías es la resistencia.

Fue la blanda reacción política y popular lo que acabó con la aplicación de la Ley de Medios; fue la blanda reacción política y popular lo que permitió cerrar con los buitres y habilitar el mayor endeudamiento de un país emergente en 20 años; y es la blanda reacción política y popular lo que aún permite que caigan nuestros salarios y se expanda la desocupación. Se trata de tres luchas que hasta el día de hoy no han logrado involucrarnos a todos por igual. Si la defensa de las Malvinas obtuvo consenso es porque las Islas son parte del capital cultural compartido por todos; porque todos nos sentimos de un modo u otro parte de esa lucha. El problema sobreviene cuando la defensa de nuestra historia y de nuestros derechos nos encuentra disgregados. La gran victoria de los gobiernos liberales no es hacernos olvidar nuestros reclamos, sino lograr que nos desentendamos de los reclamos de los otros.



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