02/11/2009

Un alma extraviada (cuento)

Esta es la tercera entrega de mis viejos cuentos de juventud (las explicaciones del caso acá). Éste en particular, se encuentra entre los cuentos más recientes de la colección, escrito hacia 1999. Aquí va:


UN ALMA EXTRAVIADA

“Paso del Rey siempre tuvo sus fantasmas...”
Olivia Dentch, Las calles y sus nomenclaturas.

Se despachó por el bar como acostumbraba después del trabajo. Se sentó en la butaca que había ocupado durante años en el extremo apartado del mostrador y ordenó su vasito Bols del día. Entonces, estimulado y bien sentado se distrajo en contemplar los botellones de color que el sujeto del mostrador se esmeraba en desempolvar.

En principio le extrañó que aquel hombre de bigote grueso y despeinado lo tratara como a un desconocido; incluso la ñata Alelí, la vieja que oteaba la vereda desde su silla junto a la puerta, se negó a reconocerle el saludo. Pero lo que lo impresionó profundamente fue descubrirla, así de pronto, tan avejentada.

Un tanto perturbado se dirigió a su domicilio. Al tocar a la puerta, aquellos a los que reconoció como sus parientes le negaron la entrada aduciendo que él había muerto veinte años atrás.

Una remota amargura le percudió el alma mientras bajaba las calles que en vano se esforzaba por recordar asfaltadas. Vio con desilusión que el pueblo ya no era aquel de algunas horas atrás; los colores de las casas habían cambiado, como el diseño de los autos, y hasta el nombre de las calles.

De vuelta por el bar pudo comprobar la progresiva decadencia a la que había permanecido ajeno: brotaba en los muebles y en las paredes, germinaba en cada uno de los parroquianos asiduos al local.

Y sin embargo no se inquietó. Anduvo otro rato a pie y considerando -mientras descubría con indiferencia la avenida- los posibles trastornos atribuibles a la ginebra, o que tal vez hubiese atravesado alguna fisura en el espacio-tiempo, capaz de trasladarlo hasta aquel futuro caprichoso y precoz; pero mejor aún, todo no fuera más que un sueño.

Cometió la imprudencia entonces de buscar su reflejo en la vidriera de una perfumería, y descubrió que no existía, que en verdad estaba muerto, y que tan extraviada había andado su alma los últimos cincuenta años, enferma de rutina, que no se notificó de la falta del cuerpo, y siguió frecuentando los mismos lugares, las mismas actividades y los mismos compromisos de toda la vida. Por un instante llegó a creer que quizás esa misma rutina lo había matado.

Aquella noche, la ciudad despidió a otro de sus fantasmas.

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