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La construcción retórica de un kirchnerismo violento

Aunque el macrismo apele con recurrencia a una retórica encolerizada que combina epítetos degradantes (‘lakras’, ‘KKs’, ‘Kukas’) con un ‘fuck you’ proctológico y extranjerizante, las paradojas de la vida política argentina acabaron por asignar el rol de fuerza violenta al kirchnerismo. Sin importar cuánto insistan ‘los K’ en aferrarse a sus axiomas solidarios (“la patria es el otro”, “al odio se le gana con amor”), su lugar en el reparto de sentidos mediáticos ha sido determinado por sus poderosos enemigos, que cuentan entre sus voceros a miembros del gobierno y medios oficialistas por igual.

Marcos Peña definió al kirchnerismo como “un grupo político que legitima la violencia”; Gabriela Michetti llegó a asegurar que “los kirchneristas viven violentos y agresivos”; y el propio presidente se desmarcó de la gestión anterior explicando que “cambiar también es entender que la violencia no es la forma”. En el mismo registro, Joaquín Morales Solá responsabilizó por los conflictos en la Patagonia a la ex presidenta, cuyas “palabras violentas” correrían el riesgo de habilitar “cualquier aventura violenta”.

La cumbre de esta construcción quedó en manos de un Claudio Bonadío servil a intereses corporativos e internacionales, quien la última semana llegó a imputar a Cristina Kirchner por conspirar en favor de terroristas iraníes involucrados en “dos actos de guerra” contra el país (uno de los cuales produjo “la muerte de ochenta y cinco personas y lesiones de distinta magnitud a más de ciento cincuenta”). A través de 243 fojas de tambaleante imputación judicial, la caracterización del kirchnerismo como violento alcanza así su máxima capacidad de daño.

La construcción de sentidos y la batalla cultural

Los semiólogos distinguen entre el sentido denotado y el sentido connotado de un término. Mientras la denotación vincula al término con su referente en la realidad, la connotación recubre a este referente con sentidos y valoraciones subjetivas. La sola posibilidad de connotación hace del lenguaje un fenómeno ideológico. “No alcanzamos a encontrar un lenguaje libre de toda ideología, porque eso no existe”, escribió Barthes. El lenguaje, como la realidad, es siempre un campo de disputa ideológica, y por lo tanto, de política.

Así lo entendió Néstor Kirchner, quien a pesar de ser un animal político supo rodearse de una difusa consejería filosófica, a la cual probablemente debamos su interpretación de la política como una disputa entre “verdades relativas”. De aquí que el kirchnerismo visualizara la confrontación entre el bloque popular y el estáblishment económico como una “batalla cultural”, donde los medios masivos de comunicación cumplen un rol determinante. Es dentro de esta disputa por los sentidos y las interpretaciones donde debemos ubicar la construcción mediática que se ha hecho del kirchnerismo como una fuerza violenta, y es debido a la arbitrariedad y volatilidad en toda significación connotativa que es posible construir dicha caracterización aun contra la evidencia concreta.

Que hoy una buena porción de la sociedad atravesada por los discursos mediáticos (nuestra ‘clase mediatizada’) coincida en caracterizar al kirchnerismo como violento puede explicarse como resultado de aplicar sobre el significante ‘kirhnerismo’ al menos tres estrategias retóricas: la sinécdoque, la metonimia y la acumulación, las cuales habilitan a su vez un cuarto fenómeno: el deslizamiento de sentidos. Vale la pena repasar estos recursos retóricos y sus implicancias para la construcción de sentidos en el marco de la política nacional.

Estrategias retóricas anti-K: sinécdoque

La sinécdoque (la parte por el todo) es con seguridad la estrategia retórica más efectiva con la que cuenta el bloque oficialista, pues se sostiene sobre un hecho concreto, que es luego generalizado y desplegado sobre todo el universo kirchnerista, sin atender a las contradicciones que este movimiento pudiera introducir. Si Luis D’Elía golpea a un técnico agropecuario en medio del conflicto con la patronal agraria, si Guillermo Moreno ingresa por la fuerza al Indec o si Hugo Moyano y Quebracho despliegan prácticas agresivas (el primero durante su alianza con el kirchnerismo, el segundo previo a esta), entonces, por extensión, todo el kirchnerismo es violento. No hace falta recurrir a los estudios heurísticos para entender que una generalización es siempre una distorsión (más o menos prejuiciosa) de la realidad. Los miles de serenos referentes y militantes kirchneristas que ostentan modales acordes con los parámetros de conducta burgueses sabrán ser ignorados por los discursos mediáticos. Moreno siempre vendrá a cuento en los análisis oficialistas sobre el kirchnerismo; Taiana, Rossi, Filmus o Teresa Parodi, casi nunca.

En este contexto, no debería llamar la atención que la violencia aplicada de modo sinecdóquico al kirchnerismo no se vuelque del mismo modo sobre el macrismo. Cuando Moyano abandona las filas kirchneristas para pactar con Macri, como por arte de magia, su carácter violento ya no se traslada a su nuevo aliado. Otro tanto ocurre si un puntero macrista balea y mata a un militante popular en Villa Celina, o si un militante del Pro acuchilla a opositores en una asamblea en La Boca. Los mismos medios que generalizan la violencia kirchnerista abordan estos casos como individualidades, como hechos aislados que no irradian sus aristas violentas sobre el universo macrista. Esto tiene lugar, por lo menos, en los raros casos en que estos hechos se comunican sin distorsionar u ocultar sus vínculos con el oficialismo.

Lo mismo ocurre en el tratamiento de la creciente violencia represiva por parte del Estado, que inicia con la represión a trabajadores de Cresta Roja y llega hasta el asesinato por la espalda del militante mapuche Rafael Nahuel, pasando por la balacera sobre una murga de niños villeros y la irrupción policial con gases lacrimógenos en un comedor infantil. Los medios oficialistas se cuidan de no aplicar la sinécdoque sobre el gobierno, lo cual desnuda su discrecionalidad en el manejo de la información y su compromiso político con el proyecto macrista.

Metonimia y acumulación

La metonimia es la segunda de estas estrategias. A través de calificaciones y sinonimias cargadas ideológicamente, se busca asimilar al kirchnerismo con experiencias políticas y religiosas que en el imaginario liberal se encuentran asociadas con la violencia. Esta asimilación se logra a partir de la presencia de puntos en común (reales o percibidos) entre ambas partes. El kirchnerismo se convierte entonces en una fuerza “montonera”, “leninista”, “estalinista”, “chavista”, “sectaria”, “fanática”, “radicalizada”, “fundamentalista”, “terrorista” y hasta “nazi”. Los puntos de contacto concretos entre el kirchnerismo y aquellas caracterizaciones suelen ser escasos, cuando no caprichosos. Así, se equipara al kirchnerismo con el chavismo, aun cuando las coincidencias entre las políticas de uno y otro hayan sido insignificantes, y la cercanía entre ambas experiencias se explique mejor por un interés compartido por la soberanía económica y el bienestar de las mayorías. Con la misma liviandad se equipara al kirchnerismo con el leninismo y el estalinismo, sin más punto de contacto que su carácter estatista, olvidando la naturaleza keynesiana de las políticas kirchneristas y su preocupación por el crédito y el consumo.

Desde su llegada a la oposición, valga también como ejemplo, el kirchnerismo se ha convertido para el relato mediático en una fuerza “radicalizada”. Esta caracterización se explica por dos motivos: la negativa del bloque kirchnerista a negociar las leyes del macrismo, y su presencia en las calles a través de movilizaciones y protestas. En el primer caso, no parece importar que el rechazo a las reformas macristas sea coherente con la visión política y económica abrazada por el kirchnerismo durante su gestión, o que el macrismo haya sido un opositor igual de acérrimo en el pasado (llegando a dejar al país sin Ley de Presupuesto en 2011). En el segundo caso, tampoco parece importar que la presencia del kirchnerismo en las calles nunca haya implicado un quiebre de la institucionalidad, o que el macrismo haya sido igual de asiduo a las protestas callejeras cuando los reclamos eran la libre venta de dólares y el margen de ganancias del sector agropecuario.

La naturalización del kirchnerismo como ‘radicalizado’ ha llevado al periodismo oficialista a abandonar la moderación calificativa. Hoy, rara vez nos encontramos con un referente kirchnerista que no haya devenido “ultra-K” o “ultra-cristinista”, epítetos donde el prefijo ‘ultra’ connota fanatismo e irracionalidad. (En este contexto, no es de sorprender que ante el proyecto de una renovación por derecha en el peronismo, los medios nacionales hayan comenzado a referirse al PJ no kirchnerista como “peronismo sensato” o “peronismo racional”.)

La irracionalidad, de más está decir, solo afecta al kirchnerismo. Nadie en su sano juicio se animará a discutir la sensatez de pagar a los buitres una tasa de ganancia de 1300% para acceder al crédito internacional y así duplicar la deuda en dólares del país, lo que hoy nos lleva a gastar más en el pago de intereses que en educación, salud y desarrollo social juntos. Nadie en su sano juicio se animará a discutir la racionalidad que implica utilizar por más de dos años las Lebac como mecanismo de control inflacionario, regalando al sistema financiero el equivalente a un Fútbol para Todos cada cuatro días y permitiendo que ese dinero se fugue libremente del país sin aportar un peso al sistema productivo. Los fanáticos, los sectarios, los radicalizados, serán, paradójicamente, los que cuidaban el empleo y la industria nacional, los que repatriaban científico y les entregaban medicamentos gratuitos a los jubilados.

La sinécdoque y la metonimia se consolidan como sentido común a partir de una tercera estrategia: la acumulación. Se suele atribuir a Goebbels la frase “miente, miente, que algo quedará”. Jorge Lanata estuvo entre los líderes de opinión macristas que se animaron a imputar al kirchnerismo de prácticas Goebbelianas. Sin embargo, dichas prácticas requieren de un aparato comunicacional monopólico que el kirchnerismo nunca tuvo. Ya durante los gobiernos de Cristina la concentración del cable ascendía al 82%, la facturación de televisión se repartía en un 89% entre cuatro canales, y la de prensa se condensaba en un 69% entre cuatro periódicos (tres de ellos de línea opositora). Hoy, con el sistema de medios estatal en manos del macrismo, con las presiones, las ventas y los cierres sufridos por los medios opositores, la concentración solo puede haber aumentado. Salvo honrosas excepciones, los medios afines al macrismo aplican de modo sistemático las estrategias retóricas discutidas hasta aquí.

La pendiente de sentidos (o el agujero negro del significante ‘kirchnerismo’)

Este complejo de estrategias acumuladas permite todavía un último efecto retórico: el deslizamiento de sentidos. Este efecto podría asimilarse a la metáfora einsteiniana que explica la atracción gravitatoria. Einstein nos ayuda a visualizar la fuerza de gravedad como una depresión que el cuerpo de mayor masa produce en el tejido espacio-temporal, y por cuya pendiente se desliza el cuerpo de masa menor, que cae en dirección al primero.

El significante ‘kirchnerismo’ es sin dudas el significante de mayor densidad connotativa, cargado como ningún otro con el significado de ‘violencia’, resultado de años de acumulación de procesos retóricos. El término ‘kirchnerismo’ deprime el tejido del imaginario social asociado a la violencia política y por su pendiente se puede hacer deslizar con facilidad otros significantes, disociados del primero en principio, pero que acaban siendo asimilados a este en un calculado proceso de deslizamiento semántico. El fenómeno puede pensarse también desde la metáfora del agujero negro. El significante más denso arrastra y devora al menos denso. Mediante este mecanismo, por ejemplo, la supuesta violencia mapuche asociada a la RAM acaba convirtiéndose en violencia kirchnerista. Leemos en La Nación:

“Información en manos del Gobierno asegura que hay también fuertes vínculos del kirchnerismo con RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), la franja radicalizada y violenta de los mapuches.” 

En un vórtice de sentidos (donde vuelve a actuar la metonimia), el carácter ‘radicalizado’ y ‘violento’ de la 'RAM’ vuelve verosímil su transformación en ‘kirchneristas’. El significante ‘RAM’ es empujado por la pendiente de sentidos y devorado por el significante ‘kirchnerismo’, arquetipo de todo lo violento en la política argentina.

La densidad de este significante es tal, que todo lo puede fundir en su interior, incluso al anarquismo, incluso al trotskismo:

“Ese conglomerado [el de los anarquistas], evidentemente minoritario en la sociedad… está motivado por razones ideológicas, más allá de las ventajas que algunos perdieron con el fin del cristinismo”, escribía Joaquín Morales Solá tras los disturbios del 1º de septiembre.

“Hay mucha hipocresía también, particularmente desde el kirchnerismo y de la izquierda, que construyen un discurso político sobe [la idea de que existe una situación de alto conflicto en todo el país]”, aseguraba Marcos Peña a raíz de la represión a la protesta en Pepsico, donde el kirchnerismo no había participado.

No por anti-kirchneristas el anarquismo y el trotskismo se salvan de ser confundidos o contagiados por la violencia K. Ambos son puestos a rodar por la pendiente de sentidos exitosamente; tal es el peso del significante ‘kirchnerismo’ en el tejido de la violencia política que delinean los medios oficialistas.

En los raros casos en los que surge un significante cuya connotación de violencia es todavía mayor a la del kirchnerismo, entonces es este último el que es empujado por la pendiente de sentidos. Esto ocurre exclusivamente con los fenómenos de violencia internacional, a los cuales el kirchnerismo es asociado como principal instigador interno. Así, oímos a Elisa Carrió asegurar que “hay sectores del narcotráfico que quieren voltear [a Patricia Bullrich] y que tienen una jugada combinada con el kirchnerismo para eso”. La última imputación de Bonadío se inscribe en la misma línea:

“Se demostrará la responsabilidad penal de los funcionarios [entre estos Cristina Kirchner]… que negociaron, acordaron y coadyuvaron a lograr los objetivos de una potencia extranjera –Irán- que está demostrado judicialmente que ordenó/organizó/financió/instigó dos actos de guerra en territorio nacional.”

Descartado el narcotráfico y el terrorismo, cuyo peso es internacional, no encontraremos otro significante nacional con la densidad negativa del kirchnerismo, agujero negro de toda violencia política en la Argentina.

La pendiente de los hechos violentos

Estos desplazamientos que ocurren a nivel de los significantes propiamente dichos, también actúan sobre los hechos de violencia política, los cuales son empujador por la pendiente del significante ‘kirchnerismo’ hasta convertirlos en hechos de violencia K.

La muerte del fiscal Alberto Nisman fue el más claro de estos desplazamientos. Aunque no hubiese sustento jurídico en la denuncia del fiscal que volviera verosímil un crimen por parte del kirchnerismo, la conclusión del estáblishment mediático nacional fue determinante: a Nisman lo mató Cristina. Y si todas las pruebas apuntaban al suicidio, poco importaba, ya llegaría la inexperta Gendarmería con una pericia a medida para contradecir nada menos que al Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema.

En menor escala, algo similar ocurrió con la muerte de Jorge Ariel Velázquez en Jujuy. La noticia fue tratada por los medios nacionales como un crimen político: militantes de la Tupac Amaru de Milagro Sala habían asesinado a un militante radical. La justicia jujeña comprobó que Velázquez había muerto como consecuencia de un intento de robo. Sin embargo, entrado el 2016 y con Milagro ya presa, el gobernador Gerardo Morales continuaba acusándola de esta y de otras muertes (la de César Arias, la del Pato Condorí). En todos los casos, se trataba de muertes de militantes políticos o sociales, pero en ninguna de ellas la justicia involucraba a la dirigente kirchnerista. La construcción de sentidos a nivel local remedaba la nacional: con Milagro Sala construida como expresión de la violencia política jujeña, cada crimen donde hubiese referentes políticos involucrados era empujado por la pendiente de sentidos y atribuido a la dirigente social.

La quema de urnas en Tucumán durante las elecciones de 2015 siguió un derrotero similar. Los medios macristas se apresuraron a imputar por el hecho a “personas que respondían a los candidatos peronistas”, forzando incluso una conferencia conjunta donde Macri, Massa, Stolbizer, y los radicales Ernesto Sanz y José Cano, responsabilizaron a la entonces presidenta. Para cuando se supo que uno de los responsables por los incidentes respondía nada menos que a Cano, la construcción de sentido ya se había consolidado: la violencia política había rodado una vez más hacia el significante ‘kirchnerismo’.

Lo que queda: más batalla cultural

Tal como están las cosas, la militancia kirchnerista podría comenzar por repensar sus axiomas políticos. La patria ya no es el otro, la patria es la enemiga; el amor no vence al odio, el odio es la única bandera. ¿O acaso no lo dijo Lilita? “Esto termina en sangre, muchachos.” Faltaban semanas para que Mauricio Macri asumiera la presidencia en un clima de absoluta tranquilidad. Pero la profesía podría seguir abierta. Joaquín Morales Solá tomó nota de esto luego de los incidentes del 1º de septiembre, bajo el título ‘Los desmanes llegaron para quedarse'. En aquella columna, el embajador de la Embajada en La Nación adelantó que “dos altos funcionarios del gobierno aseguraron que la violencia será un tema constante del próximo año”. El pronóstico se acercaba mucho a una expresión de deseo. Un gobierno represivo necesita de violencia opositora para legitimarse. Pero si el kirchnerismo es violencia, ¿qué caso tiene insistir con una militancia solidaria? He aquí el mayor riesgo...

El pedido de desafuero y detención de Cristina podría no prosperar si el peronismo no kirchnerista, el massismo y la izquierda se animan a detener una embestida que promete tenerlos como objetivos futuros. Pero no es la prisión de Cristina lo único que se persigue. Es, también, la consolidación de un significado, el del kirchnerismo como fuerza violenta. Y nunca como en estos días estuvo el kirchnerismo tan cerca de volver efectivo este significado. Porque ahora, por primera vez, comienza a hacerse verosímil aquel latiguillo largamente declamado, pero nunca ejercitado: “Si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”.

El macrismo se apoltrona sobre el sillón y espera. Nada calzaría mejor a su proyecto político que el “quilombo” de los kirchneristas. Sabe que al día de hoy la construcción de sentido todavía está de su lado, que el resultado electoral es prueba de ello. La disputa continúa siendo una disputa de significados, una disputa cultural, y es en este terreno donde debe plantearse la confrontación. La información, la interpretación, la deconstrucción de sentidos no deben dejar de ser los ejes de la militancia popular. La presencia regular en las calles obligará a multiplicar las precauciones. Cada nueva movilización, cada protesta, cada corte será una trampa preparada para que aflore (de modo espontáneo o provocado) la anhelada violencia K. Es posible que una manera de evitarlo sea insistiendo en las movilizaciones transversales que permitan afianzar la construcción de una protesta multisectorial donde el significante ‘kirchnerismo’ se diluya en un colectivo mayor, que dificulte la distribución mediática de sentidos y permita instalar un significante ‘antimacrista’ ampliado, con el que todos los sectores maltratados por las políticas del gobierno puedan sentirse identificados. Esto también será parte de la pelea cultural que, sin dudas, habrá que seguir dando.

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