16/08/2016

Olimpíadas y políticas del cuerpo

La atleta femenina de lanzamiento de martillo avanza su enorme humanidad hacia la jaula de seguridad. La seguimos en la pantalla del televisor: su andar tosco y descuidado, sus piernas fornidas, sus brazos gruesos, su busto inexistente, perdido tras un exceso de humanidad… Por si esto fuera poco, el cabello desmechado y corto.

“¡Qué poco femeninas!” se oye decir a una mujer en el extremo de la mesa familiar. “¡Qué lástima que sean tan masculinas!” señala otra. Las observaciones sobrevuelan el círculo doméstico y caen sobre la mesa con el peso de la violencia autoinfringida: son las mujeres, ellas mismas, las que se animan antes que nadie a juzgar a otras mujeres con los parámetros de una cultura patriarcal. Porque después de todo, ¿qué significa aquí ser “masculino”? Ninguno de los hombres en torno a la mesa se caracteriza por su musculatura o por su tamaño, por la desmesura física o por los ademanes toscos y vulgares. Esto, sin embargo, no los exime de ser “masculinos”. Los hombres no son por definición rústicos, musculosos y gruesos, aunque se les admiten estos atributos. A las mujeres, en cambio, estos atributos les son negados. Las mujeres frente al televisor no se sienten con el derecho a ser rústicas, musculosas y gruesas sin introducirse en el condenable terreno de lo masculino.

“Si no te das cuenta si es hombre o mujer, es porque son masculinas,” interpone uno de los hombres, sumándose al juicio de las mujeres. Aceptar este argumento significa declarar que el hombre no necesita ser definido, el hombre ya es. Su carácter masculino es dado por sentado, mientras que la mujer necesita reafirmarse, la mujer necesita diferenciarse de un hombre que es la medida de todas las cosas. “Si no te das cuentas si es un hombre…” significa que los seres humanos somos hombres a menos que demostremos nuestra feminidad. La feminidad pasa a ser una diferencia sobre la base normativa que imprimen los rasgos masculinos.

Pero mientras la masculinidad es amplia en atributos, la feminidad es una sola. Lo femenino es suavidad de movimientos y delicadeza de formas, lo femenino es gentileza y elegancia al hablar. Nótese una vez más que esto no significa que un hombre no pueda ser delicado, o suave, o fino. Al hombre se le permite (salvo un puñado de rasgos asociados con el estereotipo del homosexual) prácticamente todas las formas físicas y todas las conductas. Su rango de existencia es plural y complejo, mientras que la mujer es condenada a habitar los contornos de un ideal femenino más allá del cual deja de ser mujer para ser otra cosa, para ser aquello que son los hombres. Hay muchos masculinos posibles, pero solo un femenino.

No es difícil deducir quién ha determinado históricamente esta amplitud diferencial de las formas masculinas y femeninas. Son los hombres, es una sociedad y una cultura constituida bajo el control simbólico y material de los hombres, la que ha determinado que la masculinidad posea tantos modos de ser y de existir, tantas variedades de cuerpos igualmente válidos, mientras que la feminidad posee tan solo uno: el cuerpo sensual y los modos delicados cuyo propósito no parece ser otro que destacar la sexualidad y atraer a los hombres.

Tampoco es difícil deducir cómo es que hombres y mujeres del siglo XXI continuamos repitiendo estos estereotipos, estas barreras mentales que condenan y restringen. Seguimos siendo criados en una sociedad patriarcal, donde los espacios de acción de los niños continúan asociados a la fuerza, a la energía, a la vulgaridad: deportes, peleas, juguetes bélicos. Las esferas de acción que nuestra sociedad propone a las niñas se reducen a los espacios de la intimidad, donde deben primar el afecto y las emociones: la cocina, la maternidad, los juguetes que remedan quehaceres domésticos. Cualquier desviación de esta ‘normalidad’ es percibida como una ruptura en el orden de lo femenino. Como la joven que aún cuando se dedica al hockey, deporte estigmatizado como ‘femenino’, debe aceptar a cambio desarrollar “esas piernas gruesas, como de futbolistas.”

Que nuestros espacios de acción, nuestras actitudes y nuestros cuerpos posibles sean determinados culturalmente significa que no existe en la naturaleza una diferencia entre lo femenino y lo masculino más allá de lo puramente genital (diferencia igualmente problemática, por cierto [1]). Aquello que usualmente definimos como femenino y masculino no existe como tal. Se trata de meras etiquetas culturales, elaboradas a lo largo de las generaciones para fijar a hombres y mujeres en sus respectivos roles sociales, reproduciendo una relación jerárquica y una serie de esferas de acción restringidas siempre en favor de los primeros. Cuando lo masculino y lo femenino dejan de existir, lo que quedan son cuerpos y hábitos. Un cuerpo podrá ser desgarbado o musculoso, una persona podrá disfrutar del tejido, de la crianza de los niños o del boxeo, pero ni las formas físicas ni los gustos personales nos harán masculinos o femeninos.

Chantal Mouffe señala que la forma de contrarrestar la opresión de las mujeres en las sociedades patriarcales modernas no es oponiendo al machismo un feminismo que destaque aquello que es puramente femenino, sino construyendo un espacio público donde lo masculino y lo femenino dejen de ser características válidas y pasen a ser datos “no pertinentes” [2]. Podemos sumarnos a la propuesta de Mouffe. Cuando las mujeres en torno a la mesa familiar descubran que pueden ser gordas, musculosas y groseras, que pueden ser atletas, físicoculturistas o bomberas, y no dejar de ser ellas, y no convertirse en hombres en el proceso, recién entonces serán libres [3].

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[1] En la actualidad, esta fácil distinción genital entre lo masculino y lo femenino aparece subvertida por los transgéneros, que ponen en tensión el valor de las diferenciaciones biológicas frente al peso de las construcciones subjetivas libres e individuales. Baste señalar aquí que cuanto más inconducentes resultan las categorías binarias ‘femenino’ y ‘masculino’, más se fortalece la categoría ‘humano’, cuya negación se encuentra en el corazón de todos los mecanismos de opresión.

[2] Mouffe, Chantal (1992) “Feminismo, ciudadanía y política democrática radical.”

[3] Un caso igualmente significativo circuló por las redes en la última semana, a raíz de una fotografía que mostraba a una jugadora de voleybol egipcia frente a su contrincante alemana, la primera cubierta de pies a cabeza y con hiyab, y la segunda apenas vestida por una bikini. Si bien la reacción espontánea en las redes se centró en el carácter opresivo de la cultura musulmana, no tardaron en oírse argumentos que desnudaban el contenido igualmente patriarcal de la bikini. La diminuta prenda indicaba con claridad la diferencia notoria entre cuánto cuerpo se exige mostrar a una mujer en occidente, y cuánto a un hombre. Desde las bañistas de los años 20, que tenían prohibido mostrar más allá de las pantorrillas para no erotizar a los varones, hasta las bañistas actuales, que se constituyen como mujeres en tanto son capaces de provocar al sexo opuesto, es posible trazar una línea directa de sujeción y objetivación donde las reglas que fijan los hábitos y la subjetividad de las mujeres se articulan en torno a los hábitos y a la subjetividad de los hombres, pero rara vez de modo inverso.




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