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Giles, mentiras y cacerolas: un aporte al estudio del boludo nacional

El sábado 2 de mayo, el diario Clarín tituló en su portada que el 82% de los argentinos se oponía a una liberación de presos que, técnicamente, nadie estaba pensando hacer. En esa misma tapa,  inquietaba la pregunta: "¿Soltaron a 176 agresores sexuales?" Quien ideó el titular no desconocía la respuesta (un rotundo No). Aquella portada cerraba una semana puntual de mentiras y fake news, siete día exactos que se iniciaron cuando el mismo diario anunció un temerario "plan para una liberación masiva" de reclusos. El caceroleo del jueves 30 de abril fue el pico de aquella curva ascendente de fabricaciones periodísticas. Miles de honestos ciudadanos protestaron acaloradamente desde sus balcones, indignados por una liberación masiva de asesinos y violadores que solo existía en la mente afiebrada de los operadores periodísticos.

Cuando los principales medios omiten, distorsionan o inventan realidades movidos por intereses extraperiodísticos, la realidad deviene un terreno en disputa, tanto como la subjetividad de lectores, televidentes y usuarios de redes. Algunos, se sabe, acaban por sacar a relucir sus cacerolas (o por mudarse al Uruguay). Resultaría fácil caerle a los giles con calificativos degradantes: cacerolos, globoludos, fake-bookeros, clarinistas ad honorem, clase mediatizados... De quien hablamos, básicamente, es de ese ciudadano salvajemente honesto, que cree saberlo todo aunque nada sabe, y que da la vida por quienes lo cagan mientras se caga en los que quieren ayudarlo. Hablamos, en definitiva, del clásico boludo argentino. En esta columna, sin embargo, desconfiaremos de las generalizaciones apresuradas. No solo porque resulten injustas, sino porque son, de hecho, teóricamente inexactas. Aunque los boludos existen, no todos los boludos son iguales. La boludez también tiene matices. De aquí que propongamos el siguiente aporte al estudio del boludo nacional: definir exactamente de qué hablamos cuando hablamos de boludos.

Entendemos por boludo o gil (la diferencia se limita a la mayor contundencia retórica del primero) a aquel cuyo punto de vista se presenta incoherente con la realidad. Por realidad definiremos a ese  manojo de datos concretos del mundo que, si bien abiertos a interpretación, no pueden negarse. Son datos de la realidad que en la Argentina no hubo ningún plan para liberar presos, que hubo en cambio una acordada de Casación que sugería prisiones domiciliarias en el contexto de la pandemia, que se excluyeron del beneficio a quienes cumplían prisiones por crímenes violentos y que los violadores estaban inhabilitados para acceder a ese beneficio.

 La categoría boludo es una categoría genérica. Nos es útil para definir a quien construye un marco explicativo en contradicción con la realidad, pero no nos permite distinguir entre las distintas modalidades de construcción del pensamiento boludo. Cuando atendemos a estas modalidades, entonces, nos encontramos con las tres subespecies del nutrido zoológico de la boludez: el idiota, el ingenuo y el ignorante. Aunque sea tentador tildar de idiota a todo el que se distancia de lo real (por ejemplo, a quien entrado el 2020 todavía asume como veraz un titular de Clarín), lo cierto es que la idiotez es otra cosa. Es idiota aquel que no ve lo obvio, aquel que, enfrentado ante una realidad clara y evidente, es incapaz de percibirla. En el idiota, el egocentrismo radical, el peso de la tradición o el compromiso ideológico son tan fuertes que le impiden ver aquello que aparece claro e ineludible a los ojos del resto. El idiota asegurará que se han liberado miles de presos, aún cuando no lo haya escuchado siquiera en los medios opositores; el idiota llegará a decir, incluso, que las calles se han llenado de presos y que él los ha visto. Esto es así porque el pensamiento idiota es autónomo; el idiota cree en algo porque así lo ha decidido él, no porque derive su certeza de la realidad o de la información que recibe. Hay en la idiotez una disfunción intelectual, una incapacidad para pensar en concordancia con datos concretos.
Idiota._ Del griego 'idiotes', aquel que no participa de lo público, encerrado sobre sí mismo. En términos médicos, retraso mental profundo. Por extensión, que no sigue parámetros lógicos de pensamiento, que construye una relación arbitraria con lo real.
Se entiende de lo anterior que el pensamiento idiota no sea tan frecuente. En general, los individuos tienden a derivar sus creencias de  los datos que reciben, por oposición a desafiarlos irracionalmente. Aunque muchas veces sintamos que la clase mediatizada es y actúa como idiota, lo cierto es que no puede decirse que la mayoría de los boludos no sepa ver la realidad. El problema es otro. El problema es que los boludos consumen medios que les retacean la realidad, o, lo que es lo mismo, que les entregan una realidad falseada. Cuando un boludo dice que el kirchnerismo tiene un plan para liberar presos, no es que haya visto este plan, o que lo haya inferido tras leer el contenido de la acordada de Casación, sino que lo leyó o escuchó en los medios corporativos. El pensamiento de este boludo no es necesariamente disfuncional; su problema es que carece de los datos correctos. Como quienes falsean los datos en los medios lo hacen con alevosía, puede decirse que este boludo es el recipiente inocente de un acto de distorsión intencional que lo tiene como víctima. Estamos entonces ante el segundo especímen en el zoológico de los boludos: el ingenuo.

Es ingenuo aquel que no sabe que está siendo engañando. El ingenuo suele aceptar acríticamente el sistema explicativo que terceros (por ejemplo los medios corporativos) construyen para él, ya sea porque es incapaz de lidiar con la complejidad de la información que recibe, ya porque ha establecido un vínculo afectivo con los agentes de información (y se sabe que uno nunca piensa mal de las personas a las que quiere y admira). El resultado del pensamiento ingenuo es la suspensión de la duda. El ingenuo confía, no se detiene a indagar en las múltiples lagunas de la información que se le ofrece, ni atiende a las contradicciones recurrentes que surgen en las narrativas periodísticas que consume. Un clásico del ingenuo es dar por obvio aquello que recibe a través de la pantalla. Todos hemos oído alguna vez el infaltable "¡Pero si lo vi en la tele!", o el contundente "¡Qué decís! ¿No viste que lo están diciendo en todas partes?". El ingenuo leerá que el 82% de los argentinos se opone a la liberación de presos, y creerá que se está pensando en liberar presos; leerá que una jueza aseguró que se soltaron 176 violadores, y creerá que se están soltando violadores. El ingenuo no dudará, porque es un boludo de fe.
Ingenuo._ Del latín 'ingenuus', nacido en el país, noble, generoso. Y de aquí: cándido, crédulo, fácil de engañar. Por extención, aquel que abandona la duda, que no sabe que no sabe.
Como la ingenuidad deriva de la confianza en terceros, todos corremos riesgo de convertirnos en ingenuos. Esto es así porque a menudo nos encontramos en la necesidad de confiar en la información que recibimos. Nadie puede contrastar la veracidad de cada pieza informativa que recibe, del mismo modo que nadie puede saberlo todo. Si algo hacemos con regularidad los seres humanos es desconocer cosas. De aquí que podamos decir que todos somos, con frecuencia, ignaros. Pero el ignaro no es una subespecie del boludo, sino un estado previo que puede o no derivar en la boludez. Ignaro es aquel que no poseen conocimiento o noticia sobre un tema. Transitar esta categoría es parte natural de nuestra vida cotidiana. De hecho, las probabilidades de no tener información sobre algo son más altas que las de tenerla. Es esta situación inicial como ignaros la que crea en nosotros la necesidad de informarnos, convirtiéndonos en presas fáciles para los mensajes distorsionados de los operadores periodísticos. Pero un ignaro que posea las herramientas adecuadas para seleccionar sus fuentes, o para contrastar datos contradictorios, podrá evitar convertirse en boludo.
Ignaro._ Del latín 'ignarus', que no tiene conocimientos o noticias. Por extensión, aquel que desconoce un tema en particular.
En cambio, el ignaro que carezca de las herramientas críticas necesarias para evaluar la información que recibe se encontrará a un paso de caer en la ingenuidad. Todos, de tanto en tanto, actuamos ingenuamente. El problema no está en la ingenuidad en sí, muchas veces inevitable, sino en cómo reaccionamos una vez que se nos presenta información veraz que contradice nuestras creencias ingenuas. O lo que es lo mismo, en qué medida estamos abiertos a aceptar que estábamos siendo ingenuos. A diferencia del idiota, que no puede ver lo evidente, el ingenuo aparece en principio como más permeable al intercambio de información honesto y crítico. Sin embargo, años de engaño pueden haber hecho mella en la psiquis ingenua, obturando la capacidad de aceptación de la realidad. Al ver sus creencias desafiadas, el ingenuo tiene dos caminos: o admite su error e inicia una revisión de sus esquemas sobre lo real (lo que en algunos casos puede derivar en un proceso verdaderamente complejo y dificultoso), o rechaza la nueva información y se aferra a sus viejos esquemas mentales aun cuando ya comience a intuir que su verdad está entrando en contradicción con la realidad. Cuando esto ocurre, el ingenuo se convierte en ignorante.

El ignorante conforma la tercera especie en el zoológico de los boludos. El ignorante es aquel que decide engañarse, aquel que se obstina en el engaño aun cuando la realidad ha comenzado a enviarle señales certeras de que está equivocado. Un ignorante se negará a leer o a discutir la acordada de Casación que un tercero le ofrezca como prueba de su falsa creencia, porque eso supondría asumir que el gobierno no desea liberar presos peligrosos, o, lo que es peor, que el sistema judicial, las organizaciones de Derechos Humanos y hasta el mismísimo kirchnerismo estarían actuando de modo sensato al preocuparse por los peligros sanitarios que implicaría una expansión del coronavirus en las cárceles.

 No es fácil explicar el marco mental del ignorante. La hipótesis más verosímil es que el ignorante ha estructurado su identidad con tal fuerza en torno a la descripción del mundo en la que confía (por ejemplo, su identidad antiperonista), que lo aterra la posibilidad de hacer frente a la realidad (por ejemplo, reconociendo que el peronismo está gestionando exitosamente la crisis sanitaria). Esto significaría poner patas para arriba su escala de valores, sus creencias y sus afectos, hasta el punto de hacer tambalear su edificio identitario. Y nada hay más trabajoso que la construcción de una narración identitaria estable, como para aceptar, así como así, echarla por tierra por algo tan marginal como la realidad. El ignorante, entonces, decide desatender las señales del mundo. Ya no es el ingenuo al que una externalidad engañaba; el ignorante se engaña a sí mismo.
Ignorante._ Del latín 'ignorare', acción de no saber. Por extensión, aquel que decide no saber.
Mal que le pese, el ignorante corre un alto riesgo de convertirse en idiota. No hay más que un paso entre negar los datos de la realidad y pasar a construir una realidad paralela que se autonomice incluso de la influencia mediática. Así de pronto, el ignorante que empezó rechazando la información verídica sobre la falsa liberación de presos podría acusar al kirchnerismo de armar escuadrones de ex convictos para avanzar sobre los bienes de los sectores acomodados, y de buscar sentar  las bases de un Estado comunista de inspiración castro-cubana. Podría incluso manifestar contra la cuarentena asegurando haber visitado hospitales y tener pruebas irrefutables de que la pandemia es una farsa. Aunque tal vez no, tal vez estemos exagerando y ni siquiera el boludo más idiota pueda llegar a tanto.

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