13/09/2016

Aborto, militancia K en las escuelas, y discursos mediáticos

La hipocresía mediática vuelve a contaminar la discusión sobre la despenalización del aborto después de que Clarín titulara ‘Una agrupación K dio una charla sobre prácticas abortivas en el Pellegrini’.

La agrupación K es Nuevo Encuentro (espacio “hiperkirchnerista” para La Nación, “izquierda iluminada” para Clarín); el Pellegrini no es otro que la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini (centro educativo dependiente de la UBA); y las “prácticas abortivas” refieren al uso de píldoras para interrumpir el embarazo (como el Misoprostol).

Militancia política, educación y aborto conforman tres ingredientes suficientes para disparar las asociaciones más aberrantes entre lectores y televidentes temerosos y desinformados. No es de sorprender entonces que un hecho con poco potencial para constituirse en noticia haya sido echado a rodar por el principal diario argentino.

Si bien el tratamiento mediático habilitó la reactualización de algunos debates necesarios y urgentes, un repaso por los efectos dejados tras el abordaje de este tema en distintos medios permite intuir un objetivo político que trasciende el escándalo y persigue la estigmatización y el disciplinamiento de diferentes actores al interior de la comunidad educativa.

Son varios los nudos de debate que generó esta noticia. No es fácil pretender desenmarañarlos a todos. En cualquier caso, nada impide hacer el intento.

Una debate sin antiabortistas

Lo primero que sorprende al repasar el despliegue dado a la noticia es que los principales medios evitaron hacer una condena directa del aborto, pasando a centrar su cuestionamiento sobre la confluencia entre aborto y militancia.

Quizás como señal de que la presión social en favor de la despenalización es cada día más fuerte, ningún medio abordó las charlas en el Pellegrini con argumentos abiertamente antiabortistas. La Nación se ocupó incluso de contextualizar socialmente la problemática, lamentando la falta de “legislación específica y desarrollada que aborde el tema”, y legitimando al pasar el reclamo por el aborto no punible.

Si bien fue La Nación el único periódico que se animó a dar espacio a los argumentos católicos contra la interrupción del embarazo, lo hizo apenas a través de un puñado de cartas de lectores. La marginalidad de este tratamiento contrasta con la mirada negativa que ha caracterizado a este periódico hasta no hace mucho tiempo, y que podría resumirse en el editorial del 2014, titulado ‘Impulsar el aborto es promover la muerte’. [1]

Hace tiempo que el feminismo y las organizaciones pro-despenalización han decidido evitar la pantanosa discusión por el comienzo de la vida, atravesada por incompatibles miradas filosóficas, jurídicas, científicas y religiosas, una discusión que en los EEUU fue zanjada por la Corte apelando al concepto de ‘viabilidad fetal’ (la posibilidad de supervivencia del feto fuera del útero de la madre).

El principal inconveniente de este debate, que no por ello deja de ser relevante, es que se propone alcanzar una definición moral en lugar de atender a las demandas concretas de una realidad social donde el aborto, y la muerte por aborto, existen y continuarán existiendo.

Esta es la realidad que moviliza la militancia de Emelina Alonso, la abogada a cargo de la charla en el Pellegrini, quien aseguró en Intratables que “elegimos militar el aborto porque entendemos que hay una urgencia”.

Aborto y desigualdad

La ‘Guía Técnica para la Atención Integral de los Abortos No Punibles’, publicada por el Ministerio de Salud en 2010, estimaba 460 mil abortos inducidos por año, 60 mil hospitalizaciones a causa de abortos, y 80 muertes relacionadas al año. El aborto, desde hace décadas, es la principal causa de muerte materna en la Argentina. A esto se suma que el 40% de las mujeres hospitalizadas en 2010 fueron niñas y jóvenes de entre los 10 y 24 años.

No es difícil imaginar que estos números no se encuentran distribuidos de modo parejo en todos los sectores sociales. Aún cuando todos aborten, los riesgos y las muertes siempre recaen sobre los sectores más vulnerables.

Existen dos circuitos abortivos diferenciados, cuyo acceso se encuentra sujeto al poder adquisitivo de cada mujer. Un circuito privado, conformado por clínicas y centros de salud, que dispone de acompañamiento profesional y tecnología adecuada; y un circuito marginal que incluye consultorios, casas de familia y locales comerciales, donde ni los implementos de higiene ni la capacitación profesional es óptima. Es en este segundo circuito, utilizado por los sectores de menores ingresos, donde se multiplican los riesgos y las muertes.

Así lo denunciaba en 2011 Analía Aucía, de la organización por los derechos de la mujer CLADEM: “Hay abortos clandestinos de todos los precios y de todas las condiciones: abortos sépticos y abortos seguros; para pobres y para quienes pueden pagar condiciones de asepsia.”

Para Aucía, además, las mujeres de bajos recursos son las víctimas “de un sistema insuficiente y discriminador a nivel de políticas de salud, y de una sociedad hipócrita que negocia con el cuerpo y la salud de las mujeres.”

Pero entonces, si el aborto no es tan solo un problema de salud, sino también un problema de equidad, un problema económico, el aborto es y debe ser entendido como un problema político.

En el aborto, todo es política

Luego de que Emelina Alonso reafirmara su militancia en Intratables, y justificara su charla en el Pellegrini, la respuesta de los panelistas fue que “el aborto no se milita”. Santiago del Moro sintetizó las preocupaciones de sus colegas Viale y Sabsay, aclarando que “Acá, lo que está en discusión, es cuando se le pone ideología política al aborto.”

El panel de Intratables parece no creer conveniente mezclar aborto y política. De ser así, para ellos sería posible escindir una cosa de la otra. Lo cierto es que toda discusión que implique derechos, toda discusión atravesada por desigualdades económicas, y toda discusión que legisle sobre el cuerpo propio, es una discusión política. Y es política, porque se instala en medio de relaciones de poder establecidas que se pretenden reconfigurar.

Al mismo tiempo, cada vez que existen discusiones políticas, existen sujetos que las militan. El aborto, en tanto hecho político, puede y debe militarse. Y los partidos políticos como Nuevo Encuentro (históricamente interesado por las políticas de género) son uno de los muchos espacios a través de los cuales esta militancia puede hacerse efectiva.

Es probable que al panel de Intratables no le sorprenda que el proyecto de ley de ‘Interrupción Voluntaria del Embarazo’, presentado ante el Congreso en julio de este año, haya sido acompañado por la firma de 41 diputados, entre éstos representantes del Frente para la Victoria y de Cambiemos. El problema para ellos no parece ser que la política se institucionalice y encuentre canales de expresión formal. El problema parece ser la política de base, esa política ambigua y fluctuante, difícil de contener y delimitar, la política que se construye en las calles, en los barrios y en las escuelas, a partir de las demandas concretas de la sociedad.

Pero negar ‘esa’ política, equivale a negar la política en su conjunto. Porque es a partir de esta política militante, que incluye a partidos políticos tanto como a ONGs, que un proyecto de ley puede tomar forma y abrirse camino hasta el Congreso.

Fue a través de la militancia, a través de mesas, charlas y debates, que la despenalización del aborto fue instalándose como demanda social tras la vuelta de la democracia, y ganando el espacio en la consideración social que posee hoy.

El aborto en la escuela

Si la relación entre política y aborto desconcierta a avezados panelistas políticos, es de entender que el triángulo política, aborto y educación desconcierte más aún.

La escuela continúa siendo un espacio atravesado por tabúes. La política y la sexualidad son dos de ellos. Para muchas familias, aún hoy, imaginar a un adulto hablando de política o de sexo con sus hijos configura escenas atravesadas por miedos y fantasmas. Estos temores hacen carne en los propios docentes, la mayoría de los cuales no se sienten preparados para hablar de sexualidad, porque no han sido capacitados para ello.

A pesar de la ley de ‘Educación Sexual Integral’ (2006), que fundamenta el tratamiento del aborto en las escuelas, y de los ‘Lineamientos Curriculares para la Educación Sexual Integral’ (2009), que brinda un marco pedagógico para esos temas, las escuelas rara vez hablan de sexo (menos de aborto). Y cuando las pulsiones naturales de la adolescencia tornan estas discusiones inevitables, las escuelas deben recurrir muchas veces a agentes externos especializados, para que realicen charlas o talleres sobre temáticas sexuales.

Algunos de los medios que mostraron conocer la existencia de ley de Educación Sexual Integral, aseguraron sin embargo que “son los docentes, debidamente capacitados en la materia, quienes tienen que dictar los contenidos.”

Lo cierto es que aún cuando hubiera docentes capacitados, la ley no restringe la educación sexual a una tarea meramente de docentes. Los ‘Lineamientos Curriculares’ dejan entrever lo contrario cuando sugieren la realización de “talleres” y fomentan “la participación de toda la comunidad educativa.”

A esto apeló Leandro Rodríguez, rector del Pellegrini, cuando justificó la autorización de la actividad indicando que había sido “organizada por el centro de estudiantes,” y que “es usual que la escuela autorice actividades propuestas por estudiantes relacionadas con intereses de la adolescencia y la juventud.” Los docentes, es cierto, deben monitorear estas actividades, y esto fue lo que ocurrió según los dichos del rector.

Los mismos padres de los alumnos dieron a conocer una nota en la cual expresan su apoyo a este tipo de actividades y abogan por que se sostengan, aún contra las presiones mediáticas.

Si no hay discusión sobre el aborto que no sea política, si la legislación vigente avala este tipo de charlas, y si la comunidad del Pellegrini en su conjunto las apoya, es de suponer que estamos ante una 'no-noticia'. A menos que lo que se persiguiera por parte de los medios involucrados fueran objetivos políticos antes que informativos.

El aborto como excusa para la antipolítica

Mientras que algunos medios expandieron su tratamiento de la noticia inicial derivando en una discusión sobre políticas públicas, o incluso políticas educativas, Clarín concentró toda su atención sobre el riesgo que representaba la intrusión de la “militancia K” las escuelas.

Ricardo Roa lo editorializó de modo inconfundible bajo el título ‘Curso de desorientación sexual en el Pellegrini’. Allí se mostró preocupado por que los alumnos sean “adoctrinados por militantes”. Sin escrúpulo alguno, y faltando a la verdad, sugirió que la información compartida en la charla equivalía a decirle a chicos de 13 y 14 años: “hacé lo que quieras y después tomate una pastillita”.

Infobae también eligió el camino de la estigmatización y la descalificación, definiendo al abortivo Misoprostol como “la estrella del kirchnerismo”, y entendiendo que en la charla se enseñó a “abortar de forma artesanal con drogas que se consiguen ilegalmente”.

Aún cuando el rector explicara que “la charla fue sobre despenalización”, y que el tratamiento de los métodos abortivos respondió a “una pregunta de una alumna y un alumno”, el daño (intencional, por cierto) ya estaba hecho. La militancia ya había sido estigmatizada, la discusión política en las escuelas ya había sido condenada, y los directivos ya habían sido disciplinados.

Clarín y otros medios afines intervinieron como sujetos de presión política al interior de la comunidad educativa. Y su mensaje fue dirigido a todas las instituciones educativas por igual: “que no ingrese el kirchnerismo a sus establecimientos, o nos aseguraremos de que la pasen muy mal”.

Después de esto, Roa todavía se siente con la serenidad para asegurarnos, sin ironía, que el aborto “no puede ser abordado a la ligera y para la política”.

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[1] En su estudio ‘El aborto en la prensa gráfica argentina: monitoreo de 10 casos’ (2008), el equipo coordinado por Sandra Chaher había encontrado que, tras un seguimiento en diez diarios argentinos a lo largo de un mes, solo dos, La Nación y El Diario (de Entre Ríos) habían utilizado conceptos negativos para referirse al aborto.




06/09/2016

Roosevelt, de paseo por la Marcha Federal

La multitudinaria Marcha Federal, que confluyó en una Plaza de Mayo mutilada por las vallas anti-pueblo del macrismo, ha dejado algunas preguntas previsibles. Preguntas políticas, preguntas de coyuntura, pero trambién preguntas de fondo. Entre estas últimas, tal vez una de las que más transita el ámbito de la calle (el ámbito, justamente, que toda manifestación se propone asaltar) es la pregunta por la utilidad de la movilización popular en sí. Desde ciertos sectores todavía se descalifica la utilidad, y hasta el carácter democrático, de la protesta social. La discusión, tan antigua como el capitalismo, tiene su propia leyenda americana.

Durante la segunda campaña presidencial de Obama, circuló una anécdota de origen dudoso que intentaba trazar un paralelo entre la coyuntura pos-crisis del 2008 y aquella que había enfrentado Franklin Delano Roosevelt (FDR para los amigos del norte) durante su segundo mandato, en medio de la Gran Depresión de los años ’30. La anécdota fue recurrentemente debatida en las redes, retomada por Naomi Klein en el documental ‘La Doctrina del Shock’ (2009), y referida por el propio Chomsky en una entrevista para ‘Requiem for the American Dream’ (2015). Aún asumiendo su carácter apócrifo, nada nos impide leerla como una fábula moderna que, como toda fábula, tiene el potencial de agitar el pensamiento y llamarnos a la reflexión.

Roosevelt había llegado a la presidencia en el año ’33. Un tercio de la población se encontraba desempleado y la pobreza tocaba al 75%. Lejos de todo discurso progresista, FDR llegó a la Casa Blanca proponiendo un severo ajuste fiscal y declarándose defensor a ultranza de la libertad de mercado. Hay quienes sostienen que fue el carácter catastrófico de una realidad que escapaba a los moldes liberales, y no su buen corazón de multimillonario, lo que acabaría empujándolo en una dirección contraria a su naturaleza, primero habilitando la libre sindicalización, y luego construyendo una alianza con los propios trabajadores.

Hacia 1937, FDR se encontraba negociando la segunda etapa del New Deal, un acuerdo económico y social que buscaba reactivar la economía a través de la intervención directa del Estado. Eran tiempos de tensión y puja política. Estaba por definirse aún quién extraería la mayor tajada de aquel acuerdo, si el empresariado o los trabajadores. En este contexto, FDR recibió a sindicatos y organizaciones sociales, que traían su larga lista de demandas y propuestas progresistas. Según cuenta la leyenda, la respuesta de FDR a estos reclamos habría sido la siguiente: “Estoy de acuerdo. Ahora organícense, salgan, y oblíguenme a hacerlo.” Aquel año, 1937, sería el año récord de huelgas y protestas en los EEUU. Y el New Deal pasaría a ser leído por la clase trabajadora como un triunfo de la lucha organizada, que daría pie a las décadas de mayor bienestar social en la historia del país del norte.

Fábula o realidad, aquel “oblíguenme a hacerlo” sintetiza muy bien la experiencia ganada tras dos siglos de luchas sociales. Los trabajadores siempre supieron que las políticas favorables solo se alcanzan a través de la organización y la presión política. “Oblíguenme a hacerlo” no es otra cosa que “Vayan a la huelga, movilícense y tomen las calles, protesten, pongan a la economía en vilo, logren que la prensa refleje su malestar, hagan que la clase media se identifique con sus reclamos, y que el empresariado sepa que no hará grandes negocios si ustedes no son escuchados; y recién entonces, cuando hayan logrado el consenso social suficiente, yo podré darles lo que ustedes me piden”.

Este “oblíguenme a hacerlo” desnuda un hecho propio de las democracias capitalistas: los presidentes (aún se trate del presidente de los EEUU) no poseen la capacidad individual para redefinir políticas económicas si no es bajo presión, sea esta la presión de los grupos económicos o de la propia ciudadanía. Pero lo que diferencia a unos y otros es que los primeros poseen línea directa con los gobiernos y sus ministerios. A un magnate, a un CEO, a un Paolo Rocca, le basta con alzar el teléfono para obtener una respuesta inmediata del otro lado. En una economía capitalista, es el poder del dinero el que abre vías de diálogo y de presión directa frente los gobiernos. A los individuos en cambio, a los trabajadores, e incluso a los pequeños empresarios, el diálogo directo les es negado. Para ser oídos, los individuos debemos convertirnos en multitud. Este es otro de los sentidos detrás de la invitación a la protesta de Roosevelt: “Organícense, vuélvanse multitud, sean capaces de ejercer presión sobre la economía, y entonces (y solo entonces), un gobierno capitalista podrá escucharlos.”

La fábula de Roosevelt coincide con la experiencia histórica, ya se trate de demandas populares dirigidas a gobiernos liberales o de demandas conservadoras dirigidas a gobiernos populares. Las calles solo dejan de ser espacio de acción política cuando se renuncia a ellas. Tal vez sea esta confirmación y ninguna otra lo que permita mantener un medido optimismo frente al reflujo neoliberal que golpea la región. La misma sociedad Argentina a la que le tomó años organizarse para hacer frente al proyecto de los ’90 no tardó ni un día en pasar a la acción con la llegada del macrismo. Desde los abrazos populares a la procuradora general y al AFSCA, aquel lejano 11 de diciembre, hasta las 200 mil almas que coreaban consignas antiliberales en la plaza del viernes pasado, hubo un ejercicio incesante de marchas, cortes, paros, asambleas y encuentros multitudinarios: más de 350 ejercicios de expresión ciudadana en nueve meses de gobierno (poco más de uno por día) con significativos picos de complejidad y presión creciente: el acampe frente a la gobernación de Jujuy en diciembre; la espontánea marcha por la libertad de expresión en enero; la movilización por la memoria en marzo; la marcha de apoyo a Cristina a comienzos de abril; la masiva movilización intersindical de fines de ese mismo mes; la marcha universitaria de mayo; el paro de la CTA por la vetada Ley de Desempleo un mes después; y la marcha de San Cayetano por paz, pan y trabajo en agosto.

De aquí que la Marcha Federal no deba leerse tan solo como el producto de una voluntad popular singular, sino también de una gimnasia ciudadana que ha ido involucrando cada vez a un número mayor de personas. La gente está en las calles. Mientras el poder económico alza el teléfono y el gobierno desatiende las demandas de los sectores populares, los individuos se vuelven multitud. De un lado, el ministro de trabajo nos asegura que “este es el camino a recorrer”; que la inflación, el crecimiento de la pobreza y el desempleo no son más que “un momento difícil”. Del otro, Roosevelt, tan legendario como real, nos recuerda que el camino lo construimos entre todos, saliendo y obligándolos.


05/09/2016

El origen de lo ‘bueno’ y lo ‘malo’

En su 'Genealogía de la Moral', Nietszche proponía la lúcida hipótesis de que las palabras de contenido moral fueron acuñadas por las clases poderosas como un modo de denominarse a sí mismas y de caracterizar sus acciones. Luego, tras la decadencia de esas clases dominantes, las palabras habrían quedado ligadas únicamente a valoraciones morales. Como la mayoría de los ejemplos que da Nietszche provienen del alemán, del inglés o del griego, me tomé el atrevimiento de investigar acerca del origen de los términos ‘bueno’ y ‘malo’ en el castellano. Tal vez mis conclusiones sean apresuradas dado mi escasa (está bien, mi nula) preparación filológica, pero por lo menos, he dado con algunas relaciones sugestivas. A saber:

La palabra ‘bueno’ proviene del latín ‘bonus’, que, entre sus muchas acepciones incluye la de ‘rico’, ‘adinerado’. Así parece haber sido utilizada por Cicerón, en “Video bonorum urbem refertam” (“Veo que la ciudad está invadida de ricos” –o, forzando la literalidad del término: “Veo que la ciudad está invadida de gente buena”).

Siguiendo a Nietszche, deberíamos suponer que la denominación ‘bueno’ comienza definiendo a las clases aristocráticas y luego a sus acciones. Primero ‘bonus’ refiere a los ricos, y luego a su conducta (que es la regla con que se mide qué es ‘bonus’, qué es ‘bueno’). Pero finalmente ambos sentidos se separarían cuando estas clases dominantes entran en decadencia, quedando sólo la valoración moral. Entonces, la palabra ‘bonus’ ya no define al rico y adinerado, sino a su conducta, considerada deseable. El gran hallazgo del pensador alemán estaría en que la valoración moral, lo ‘bueno’, ya no puede ser entendido como una moral universal y atemporal, tampoco como el producto de una relación productiva o ‘beneficiosa’ para las clases sometidas, sino tan sólo como la moral de las clases poderosas, de aquellas que tienen el poder de nombrar las cosas, y en consecuencia, de determinar qué es ‘bueno’ y qué es ‘malo’.

Esto nos conduce al término ‘malo’, que deriva del latín ‘malus’, que a su vez provendría del griego ‘melas’ o ‘melanos’[1]. Este último término se utilizaba para definir al color negro, de lo cual puede inferirse que lo ‘malo’ habría sido en algún momento relacionado con lo ‘negro’. Lo negro, como es de suponer, denominaba también el tono oscuro de la piel (‘melano-sterfo’, es decir, de piel oscura).  Podríamos suponer, entonces, que lo ‘malo’ eran los esclavos, la raza negra. Aquí podríamos reiterar el camino de la palabra que comienza definiendo a un grupo social (los esclavos esta vez), y que luego se asocia con la conducta reprobable de este grupo. Y si esta conducta es reprobable, es porque se distancia de la conducta de las clases dominantes, que son, una vez más, quienes tienen el poder para nombrar.

De más está señalar que este paralelo entre negrura y maldad persiste aún en nuestros tiempos. En la película Malcom X (1992), un jóven Malcom es iniciado en esta filología crítica por un colega que, junto con un grueso diccionario, le señala las distintas acepciones de la palabra ‘negro’:
“Desprovisto de luz. Desprovisto de color. Envuelto en oscuridad, y de aquí, tristeza profunda o macabra (como en ‘el futuro lucía negro’). Manchado, sucio, apagado. Hostil, amenazador (como en ‘un día negro’). Perversamente malvado (como en ‘negra crueldad’). Indicando desgracia, deshonor o culpabilidad…”
                       
“Pero... esto fue escrito por blancos,” es el comentario incrédulo de Malcom.

Ni siquiera Blake, con su espíritu librepensador (pero blanco y dieciochesco al fin), pudo evitar la fuerza de esta sinonimia en su poema ‘The Little Black Boy’ (El Negrito), con el que buscaba honrar y elogiar a la sufrida raza negra:
My mother bore me in the southern wild,
And I am black, but O! my soul is white…
(Mi madre me tuvo en las selvas del sur,
y yo soy negro, pero ¡oh, mi corazón es blanco! )
Claro que no es necesario remontarnos a la Inglaterra del siglo XVIII para encontrar acepciones semejantes. Sin ir más lejos, todavía es lugar común oír frases como “Es negro de corazón” cuando se desea sugerir que alguien posee un alma perversa. De modo similar, tenemos la muy recurrente y despectiva expresión “Es un negro”, utilizada para señalar que alguien es bruto/rústico/grosero. Nietzsche nos diría que esta expresión debió de haberse originado en las clases altas, logrando imponerse hasta el punto de que hoy es utilizada por sus destinatarios originales, inadvertidos de su verdadero significado. Ser un ‘negro’, según esta acepción, significaría ‘no pertenecer a las clases altas e instruidas’, o lo que es lo mismo, ‘tener una conducta propia de las clases bajas’. [2]

Las palabras, se ve, no son ingenuas. No estuvieron siempre ni siempre dijeron lo mismo. Tienen historia y tienen su propia política. Esconden mensajes y prejuicios. Son poderosas, y pueden hacernos reflexionar acerca de los que fuimos y de lo que somos.

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[1] Hasta donde pude saber, existe también otra hipótesis etimológica que señalaría el origen de ‘malus’ en el griego ‘malakos’ (blando, lánguido, débil).

[2] No quiero extenderme más en esta relación negro/malo a la que tanta atención he puesto. De modo que dejo fuera un ícono patético de esta confusión semántica: Michael Jackson, el negro que busca la pureza y la gloria repigmentando su cuerpo y borrando sus rasgos afroamericanos.




24/08/2016

Cuando pensar lo propio requiere nuevas ideas

"Es corriente creer que la solución de nuestros problemas habrá de surgir recién al cabo de una aplicación rigurosa de habilidades científicas adquiridas en otros continentes. Al cabo de andar por América, y ver dignos, aunque evidentes, fracasos en este sentido, caemos en la cuenta que la cuestión no radica en la importación de ciencia, tanto como en la falta de categorías para analizar, aún científicamente, lo americano."
Rodolfo Kusch (2000/1973) "Una lógica de la negación para comprender a América." Obras Completas -Tomo II. 


18/08/2016

Tiempos escolares: cuando lo obvio parece revolucionario

"Comiéncese la instrucción cuando el mismo niño la pida. Todo el programa escolar, que es el mismo para todas las regiones de Francia, por ejemplo, es ridículo. A las nueve de la mañana sabe el ministro de instrucción pública que todos los niños leen, escriben o calculan; pero ¿tienen todos los niños y también los profesores el mismo deseo a la misma hora? ¿Por qué no dejar al profesor la iniciativa de hacer lo que le parezca, ya que ha de conocer sus alumnos mejor que el señor ministro o cualquier burócrata, y debe tener la libertad necesaria para arreglar la instrucción a su gusto y al de sus discípulos? La misma ración para todos los estómagos, la misma ración para todas las memorias; los mismos estudios, los mismos trabajos.
Víctor Considerant, el discípulo de Carlos Fourier, escribió un importante libro, ya olvidado, pero que merece ser resucitado, 'Teoría de la Educación Natural y Atractiva', en que pregunta: «¿Qué adiestrador de perros someta a la misma regla sus perros de muestra, sus lebreles, sus corredores, sus falderillos y sus mastines? ¿Quién exige de tan diversas especies servicios idénticos? ¿Qué jardinero ignora que unas plantas necesitan más sombra, otras más sol, unas más agua, otras más aire, ni que aplique a todos los mismos sustentáculos y las mismas ligaduras, que pode a todas de la misma manera y en la misma época o que practique el mismo injerto sobre todos los arbolillos silvestres? ¿Vale menos la naturaleza humana que la vegetal o la animal, para que dediquen menos atención a la cría de los niños que a la de las espinacas, las lechugas o los perros?»"
Francisco Ferrer (1908) La Escuela Moderna.

16/08/2016

Olimpíadas y políticas del cuerpo

La atleta femenina de lanzamiento de martillo avanza su enorme humanidad hacia la jaula de seguridad. La seguimos en la pantalla del televisor: su andar tosco y descuidado, sus piernas fornidas, sus brazos gruesos, su busto inexistente, perdido tras un exceso de humanidad… Por si esto fuera poco, el cabello desmechado y corto.

“¡Qué poco femeninas!” se oye decir a una mujer en el extremo de la mesa familiar. “¡Qué lástima que sean tan masculinas!” señala otra. Las observaciones sobrevuelan el círculo doméstico y caen sobre la mesa con el peso de la violencia autoinfringida: son las mujeres, ellas mismas, las que se animan antes que nadie a juzgar a otras mujeres con los parámetros de una cultura patriarcal. Porque después de todo, ¿qué significa aquí ser “masculino”? Ninguno de los hombres en torno a la mesa se caracteriza por su musculatura o por su tamaño, por la desmesura física o por los ademanes toscos y vulgares. Esto, sin embargo, no los exime de ser “masculinos”. Los hombres no son por definición rústicos, musculosos y gruesos, aunque se les admiten estos atributos. A las mujeres, en cambio, estos atributos les son negados. Las mujeres frente al televisor no se sienten con el derecho a ser rústicas, musculosas y gruesas sin introducirse en el condenable terreno de lo masculino.

“Si no te das cuenta si es hombre o mujer, es porque son masculinas,” interpone uno de los hombres, sumándose al juicio de las mujeres. Aceptar este argumento significa declarar que el hombre no necesita ser definido, el hombre ya es. Su carácter masculino es dado por sentado, mientras que la mujer necesita reafirmarse, la mujer necesita diferenciarse de un hombre que es la medida de todas las cosas. “Si no te das cuentas si es un hombre…” significa que los seres humanos somos hombres a menos que demostremos nuestra feminidad. La feminidad pasa a ser una diferencia sobre la base normativa que imprimen los rasgos masculinos.

Pero mientras la masculinidad es amplia en atributos, la feminidad es una sola. Lo femenino es suavidad de movimientos y delicadeza de formas, lo femenino es gentileza y elegancia al hablar. Nótese una vez más que esto no significa que un hombre no pueda ser delicado, o suave, o fino. Al hombre se le permite (salvo un puñado de rasgos asociados con el estereotipo del homosexual) prácticamente todas las formas físicas y todas las conductas. Su rango de existencia es plural y complejo, mientras que la mujer es condenada a habitar los contornos de un ideal femenino más allá del cual deja de ser mujer para ser otra cosa, para ser aquello que son los hombres. Hay muchos masculinos posibles, pero solo un femenino.

No es difícil deducir quién ha determinado históricamente esta amplitud diferencial de las formas masculinas y femeninas. Son los hombres, es una sociedad y una cultura constituida bajo el control simbólico y material de los hombres, la que ha determinado que la masculinidad posea tantos modos de ser y de existir, tantas variedades de cuerpos igualmente válidos, mientras que la feminidad posee tan solo uno: el cuerpo sensual y los modos delicados cuyo propósito no parece ser otro que destacar la sexualidad y atraer a los hombres.

Tampoco es difícil deducir cómo es que hombres y mujeres del siglo XXI continuamos repitiendo estos estereotipos, estas barreras mentales que condenan y restringen. Seguimos siendo criados en una sociedad patriarcal, donde los espacios de acción de los niños continúan asociados a la fuerza, a la energía, a la vulgaridad: deportes, peleas, juguetes bélicos. Las esferas de acción que nuestra sociedad propone a las niñas se reducen a los espacios de la intimidad, donde deben primar el afecto y las emociones: la cocina, la maternidad, los juguetes que remedan quehaceres domésticos. Cualquier desviación de esta ‘normalidad’ es percibida como una ruptura en el orden de lo femenino. Como la joven que aún cuando se dedica al hockey, deporte estigmatizado como ‘femenino’, debe aceptar a cambio desarrollar “esas piernas gruesas, como de futbolistas.”

Que nuestros espacios de acción, nuestras actitudes y nuestros cuerpos posibles sean determinados culturalmente significa que no existe en la naturaleza una diferencia entre lo femenino y lo masculino más allá de lo puramente genital (diferencia igualmente problemática, por cierto [1]). Aquello que usualmente definimos como femenino y masculino no existe como tal. Se trata de meras etiquetas culturales, elaboradas a lo largo de las generaciones para fijar a hombres y mujeres en sus respectivos roles sociales, reproduciendo una relación jerárquica y una serie de esferas de acción restringidas siempre en favor de los primeros. Cuando lo masculino y lo femenino dejan de existir, lo que quedan son cuerpos y hábitos. Un cuerpo podrá ser desgarbado o musculoso, una persona podrá disfrutar del tejido, de la crianza de los niños o del boxeo, pero ni las formas físicas ni los gustos personales nos harán masculinos o femeninos.

Chantal Mouffe señala que la forma de contrarrestar la opresión de las mujeres en las sociedades patriarcales modernas no es oponiendo al machismo un feminismo que destaque aquello que es puramente femenino, sino construyendo un espacio público donde lo masculino y lo femenino dejen de ser características válidas y pasen a ser datos “no pertinentes” [2]. Podemos sumarnos a la propuesta de Mouffe. Cuando las mujeres en torno a la mesa familiar descubran que pueden ser gordas, musculosas y groseras, que pueden ser atletas, físicoculturistas o bomberas, y no dejar de ser ellas, y no convertirse en hombres en el proceso, recién entonces serán libres [3].

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[1] En la actualidad, esta fácil distinción genital entre lo masculino y lo femenino aparece subvertida por los transgéneros, que ponen en tensión el valor de las diferenciaciones biológicas frente al peso de las construcciones subjetivas libres e individuales. Baste señalar aquí que cuanto más inconducentes resultan las categorías binarias ‘femenino’ y ‘masculino’, más se fortalece la categoría ‘humano’, cuya negación se encuentra en el corazón de todos los mecanismos de opresión.

[2] Mouffe, Chantal (1992) “Feminismo, ciudadanía y política democrática radical.”

[3] Un caso igualmente significativo circuló por las redes en la última semana, a raíz de una fotografía que mostraba a una jugadora de voleybol egipcia frente a su contrincante alemana, la primera cubierta de pies a cabeza y con hiyab, y la segunda apenas vestida por una bikini. Si bien la reacción espontánea en las redes se centró en el carácter opresivo de la cultura musulmana, no tardaron en oírse argumentos que desnudaban el contenido igualmente patriarcal de la bikini. La diminuta prenda indicaba con claridad la diferencia notoria entre cuánto cuerpo se exige mostrar a una mujer en occidente, y cuánto a un hombre. Desde las bañistas de los años 20, que tenían prohibido mostrar más allá de las pantorrillas para no erotizar a los varones, hasta las bañistas actuales, que se constituyen como mujeres en tanto son capaces de provocar al sexo opuesto, es posible trazar una línea directa de sujeción y objetivación donde las reglas que fijan los hábitos y la subjetividad de las mujeres se articulan en torno a los hábitos y a la subjetividad de los hombres, pero rara vez de modo inverso.




Un lúcido marxista llamado Albert Einstein

"La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo -- no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de producción --es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional-- puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares... Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es "libre", lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.
El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos...
Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual."
Albert Einstein (1949) "¿Por qué socialismo?"

22/05/2016

Los 'jefes' políticos, según Gramsci

"Todo Estado es una dictadura. Ningún Estado puede carecer de un Gobierno constituido por un reducido número de hombres que se organizan a su vez alrededor de uno dotado de más capacidad y de mayor clarividencia. Mientras haga falta el Estado, mientras sea históricamente necesario gobernar a los hombres, cualquiera que sea la clase dominante, se planteará el problema de tener jefes, de tener un "jefe". El que algunos socialistas que siguen llamándose marxistas y revolucionarios digan que quieren la dictadura del proletariado, pero no la dictadura de los "jefes", la individualización, la personalización del mando; que digan, esto es, que quieren la dictadura, pero no en la única forma en que es históricamente posible, basta para revelar toda una orientación política, toda una preparación teórica "revolucionaria".
En la cuestión de la dictadura proletaria el problema esencial no es el de la personalización física de la función de mando. El problema esencial consiste en la naturaleza de las relaciones que los jefes o el jefe tengan con el partido de la clase obrera, y de las relaciones que existan entre ese partido y la clase obrera. ¿Son relaciones puramente jerárquicas, de tipo militar, o lo son de carácter histórico y orgánico? El jefe, el partido, ¿son elementos de la clase obrera, son una parte de la clase obrera, representan sus intereses y sus aspiraciones más profundas y vitales, o son una excrecencia de ella, una simple sobreexposición violenta? ¿Cómo se ha formado ese partido, cómo se ha desarrollado, mediante qué proceso se ha producido la selección de los hombres que lo dirigen? ¿Por qué se ha convertido en partido de la clase obrera? ¿Ha ocurrido eso por casualidad? El problema lo es, pues, de todo el desarrollo histórico de la clase obrera, que se constituye lentamente en la lucha contra la burguesía, registra alguna victoria y sufre muchas derrotas; y no sólo de la clase obrera de un solo país, sino de toda la clase obrera mundial, con sus diferenciaciones superficiales y, sin embargo, tan importantes en cada momento aislado, y con su sustancial unidad y homogeneidad."
Antonio Gramsci (2004) "Jefe." Antología : Volumen 1.


19/05/2016

Proudhon: La propiedad, enemiga de la sociedad

"¡Así están el pobre y el rico en constante situación de desconfianza y de guerra! ¿Y por qué se hacen la guerra? Por la propiedad: ¡de suerte que la propiedad tiene por consecuencia necesaria la guerra a la propiedad!... La libertad y la seguridad del rico no estorban a la libertad y a la seguridad del pobre; lejos de ello, pueden fortalecerse recíprocamente. Pero el derecho de propiedad del primero tiene que estar incesantemente defendido contra el instinto de propiedad del segundo. ¡Qué contradicción!"
                                                                   ****
"La propiedad, según su razón etimológica y la doctrina de la jurisprudencia, es un derecho que vive fuera de la sociedad, pues es evidente que si los bienes de propiedad particular fuesen bienes sociales, las condiciones serían iguales para todos, y supondría una contradicción decir: La propiedad es el derecho que tiene el hombre de disponer de la manera más absoluta de unos bienes que son sociales. Por consiguiente, si estamos asociados para la libertad, la igualdad y la seguridad, no lo estamos para la propiedad. Luego, si la propiedad es un derecho natural, este derecho natural no es social, sino antisocial. Propiedad y sociedad son conceptos que se rechazan recíprocamente; es tan difícil asociarlos como unir dos imanes por sus polos semejantes. Por eso, o la sociedad mata a la propiedad o ésta a aquélla."
                                                                  ****
"¿Podrían ampararse en el derecho de propiedad los pobladores de una isla para rechazar violentamente a unos pobres náufragos que intentasen arribar a la orilla? Sólo ante la idea de semejante barbarie se subleva la razón. El propietario, como un Robinson en su isla, aleja a tiros y a sablazos al proletario, a quien la ola de civilización ha hecho naufragar, cuando pretende salvarse asiéndose a las rocas de la propiedad. –“¡Dadme trabajo!” grita con toda su fuerza al propietario; “no me rechacéis, trabajaré por el precio que queráis.” –”No tengo en qué emplear tus servicios”, responde el propietario presentándole la punta de su espada o el cañón de su fusil. –“Al menos, rebajad las rentas.” –“Tengo necesidad de ellas para vivir.” –“¿Cómo podré pagarlas si no trabajo?” –“Eso es cosa tuya.”
Y el infortunado proletario se deja llevar por la corriente o, si intenta penetrar en la propiedad, el propietario apunta y lo mata."
Pierre Proudhon (1970) ¿Qué es la propiedad?


10/04/2016

La política partidaria como espacio de encuentro de visiones diversas...

"Os aseguro que ningún razonamiento vuestro conseguirá que me retire de esa posición. Como es natural, quiero seguir colaborando estrechamente con vosotros, y creo que la experiencia de estos años nos habrá servido a todos, al menos, para enseñarnos que dentro del partido se pueden tener opiniones diferentes y seguir, de todos modos, trabajando juntos con la máxima confianza recíproca."  
Antonio Gramsci (2004) "Carta a Mauro Scoccimarro." Antología : Volumen 1.


02/03/2016

¿El fin de la patronal?

Fue durante un intercambio de sobremesa que recibí la sorpresiva respuesta que justifica esta breve reflexión. En algún punto de la charla se planteó la muy actual disyuntiva entre habilitar la protesta en las calles o suprimirla mediante protocolos represivos; mi sugerencia fue identificar a quién beneficia cada una de estas opciones y decidir junto a quién uno desea posicionarse: si junto a los trabajadores que reclaman por sus derechos, o junto a la patronal que los limita.

No es la solución a esta disyuntiva lo que me ocupa en estas líneas, sino la respuesta que se me dio al plantear con tranquilidad esta tensión entre trabajadores y patronal:

“¿La ‘patronal’? ¿De qué estás hablando? ¡Eso es del año ’50! ¡Estás atrasando 50 años!”

Tal fue, palabras más palabra menos, la muy significativa respuesta recibida. Significativa, porque el asombro de mi interlocutor ante el término ‘patronal’ deja al descubierto un interesante aspecto de la construcción de la realidad que ha venido articulando el neoliberalismo vernáculo (por lo menos) desde hace largo años.

Las palabras, a nadie puede escapar a esta altura, construyen mundo, direccionan qué vemos de la realidad y cómo la vemos; dan forma al sentido común de una época. En el mundo que ha construido el neoliberalismo a través de sus adalides discursivos (y que han diseminado en todas direcciones sus omnipresentes medios de comunicación),  la ‘patronal’ (palabra, pero también concepto) ha sido desalojada de nuestro léxico diario [1]. A decir de este sentido común neoliberal, podemos aceptar que la palabra ‘patronal’ describa el mundo de los años ’50, agitado de lucha obrera y conciencia sindical, pero atrasaría con respecto al mundo actual. Es este supuesto atraso, explicado por el lenguaje en uso antes que por la realidad material que nos rodea, lo que amerita un breve análisis.

En toda economía capitalista moderna es posible identificar tres actores fundamentales. El primero y más importante lo constituye el cuerpo de los trabajadores, la fuerza de trabajo sin la cual no podría haber producción alguna. Otro actor es el Estado, cuya función en el plano económico consiste en organizar, coordinar y supervisar el accionar de los actores económicos dentro de unas fronteras territoriales definidas. Finalmente, encontramos al empresariado, la patronal, quienes ostentan la propiedad de los medios de producción y consumen la mano de obra trabajadora. Ciertamente, ninguno de estos actores continúa siendo lo que era en los años ’50. El capitalismo evoluciona y sus agentes se transforman, lo que no implica necesariamente su desaparición. Tras un largo proceso de internacionalización de la economía y de consolidación de la estructura corporativa como modelo empresarial, la patronal (que es la parte que nos interesa) ha sufrido una transformación radical producto de la impersonalidad del mercado bursátil y de la creciente dispersión de accionistas. Tal vez sea esta transformación, que dificulta el delineamiento de una figura patronal clara y distinta, lo que podría haber llevado a mi interlocutor a pensar en la antigüedad de esta categoría. Los cierto es que la patronal en su sentido tradicional, sobre todo en el contexto de la empresa familiar, no solo subsiste sino que es la norma en la mayoría de las pequeñas y medianas empresas. Pero si tenemos en cuenta que la patronal, como cualquier actor económico, es menos una persona determinada que un rol social, aunque el patrón en tanto propietario estricto haya sido desplazado a los márgenes de la actividad productiva en el modelo corporativo, este desplazamiento se ha visto compensado con el ascenso del gerente a sueldo como cabeza empresarial. Los gerentes corporativos no solo gozan de una amplia discrecionalidad en la toma de decisiones que los asimila a los antiguos dueños [2], sino que sus objetivos económicos confluyen con los de los accionistas gracias a los paquetes de compensaciones que incluyen acciones de la propia empresa, convirtiéndolos en virtuales propietarios (por lo menos mientras dure su gestión y su interés en la compañía).

Pero entonces, si la patronal (propietaria y gerenciadora) no ha desaparecido de la escena económica, no parece circunstancial que el foco de la discusión económica desde los años ’80 a esta parte haya recaído casi siempre sobre el Estado y los trabajadores. En la Argentina, los voceros del sentido común neoliberal se han cuidado siempre de atribuir las responsabilidades de los desajustes económicos estos dos actores: al Estado (por autoritario, por corrupto, por ineficiente o por interferir en la puja distributiva en favor de los trabajadores), o a la clase trabajadora (por numerosa, por haragana, por exigir salarios poco competitivos a nivel internacional o por entregarse a las veleidades del populismo consumista). Los medios locales rara vez aceptan presentar a la patronal como generadora de desequilibrios, y menos aún como agentes de corrupción. Cuando desde el Estado o desde los propios trabajadores se elevan acusaciones hacia la patronal, las corporaciones mediáticas acostumbran a redireccionar culpas y responsabilidades en favor de las empresas (con las cuales se encuentran muchas veces asociadas económicamente, vale recordar). Los ejemplos de la vida política reciente son numerosos: el enfrentamiento del kirchnerismo con la patronal agraria fue traducido mediáticamente como un ataque al ‘campo’; la elaboración de una ley de medios que limitaba los monopolios empresariales, como un ataque a la ‘libertad de expresión’; la reforma de la carta orgánica del Banco Central, como un intento de interferir en las decisiones de los bancos; el control y multa a las empresas acusadas de fraude fiscal y fuga de capitales, como un maltrato a los inversores extranjeros. Del mismo modo, los cortes y las protestas de los trabajadores despedidos se convierten en expresiones de ‘caos social’; la represión es agitada como una salida necesaria para reinstaurar el ‘imperio de la ley’; y la huelga, en cualquiera de sus formas, se muestra como un acto de egoísmo sectorial que ignora a una mayoría de ciudadanos afectados. “Los derechos de unos no pueden estar por encima de los derechos de los otros”, se repite. En ninguno de estos escenarios aparece la patronal y su responsabilidad, ya sea en la evasión de sus obligaciones sociales como en la afectación de los derechos de los trabajadores. La patronal se encuentra exenta de todo juicio. A la patronal agraria (el sector empresarial más poderoso del país y el que más ha crecido durante los años kirchneristas) no se le reclama por ostentar la tasa de empleo en negro más alta del país, ni por la naturalización del trabajo infantil y esclavo; tampoco se le exige dejar de lado la especulación personal y liquidar el producto de la tierra en lugar de forzar el desfinanciamiento del Estado para lograr una devaluación (que afecta siempre el salario del resto de la población). A los gerentes de la banca extranjera (quienes más renta acumularon en el período kirchnerista) no se les reclama por el destrato a sus clientes, ni por retacear préstamos a trabajadores y pequeños empresarios; tampoco por financiar estructuras ilegales para la fuga de capitales y el lavado de activos. A los grandes industriales y a las grandes empresas de servicio nadie les reclama por los despidos y las suspensiones, ni por el retraso en los salarios, ni por las muchas veces indignas condiciones de trabajo. Y la corrupción, ese mal endémico del capitalismo (tan mentado por estas tierras), siempre recae sobre el político que recibe o el sindicalista que se vende, nunca sobre el empresario que abre la billetera.

Claro que hay momentos en los cuales esta voluntariosa y nada ingenua invisibilización de la patronal encuentra límites. En estos casos se recurre a una terminología de carácter aséptico, y es así que aparecen los ‘empresarios’. La denominación ‘empresarios’ califica a la persona solo en relación con las empresas que conduce, y por lo tanto se entrelaza en el imaginario social con nuestra experiencia de la imagen corporativa de cada empresa y de los productos del marketing publicitario. Por si esto fuera poco, la mitología neoliberal popularizada en los ’90 nos ha enseñado a asociar la categoría ‘empresario’ con atributos eternamente positivos (emprendedor, moderno, joven, exitoso…). Muy distintas son las implicancias del término ‘patronal’, que ya no define al dueño de empresa en tanto dueño, sino en su relación jerárquica con los trabajadores de los cuales es patrón. Y el patrón no es otro que el que se apropia del trabajo de sus empleados a cambio de un sueldo que siempre será enormemente menor que la riqueza que cada trabajador produce. Conceptualmente, el término ‘patrón’ tiene la enorme ventaja de instaurar a través de la palabra una tensión real, existente, y que el discurso neoliberal se esfuerza por ocultar, un choque entre dos actores necesariamente enfrentados: quien busca extraer la mayor riqueza posible del trabajador, y quien busca hacer valer cuanto más pueda su trabajo productivo frente a la avaricia patronal. Esta tensión no es otra cosa que la visibilización de la lucha de clases inherentes a toda estructura capitalista; una lucha que, no por casualidad, se cuenta entre las realidades que el discurso neoliberal ha tratado de disimular y acallar con mayor insistencia.

Después de todo, cuando el sentido común neoliberal que irradian los medios de comunicación logra que un trabajador se convenza de que es lamentable que otros trabajadores reclamen por sus derechos protestando en la calle, y cuando este mismo sentido común empuja a este trabajador a considerar que ‘la patronal’ es una realidad de los años ’50 (ignorando en un mismo encadenamiento lógico el hecho de que la protesta se realiza justamente porque existe una patronal, y porque esta patronal no respeta los derechos de los trabajadores -que a su vez son sus propios derechos); cuando esto ocurre, significa que el pensamiento neoliberal ha logrado un triunfo parcial aunque fundamental: fracturar a la clase trabajadora y enfrentarla entre si. Significa, también, que todavía queda un largo camino por desandar para los proyectos verdaderamente populares, un camino que no solo está hecho de políticas y acción, sino también de palabras.

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[1] Esto no solo puede constatarse a través de la experiencia personal. Un repaso al corpus bibliográfico del Book NGram permite confirmar una drástica caída en el uso del término ‘patronal’ hacia fines de los ’80. Más allá de las limitaciones del NGram para expresar el habla cotidiana (recordemos que se trata de un corpus bibliográfico, muchas veces académico, donde la terminología de raigambre marxista aún perdura), resulta por demás interesante contrastar cómo las referencias al ‘Estado’ y a los ‘trabajadores’ (los otros dos actores de relieve en el sistema capitalista moderno), superan enormemente a toda referencia a los ‘empresarios’; y estos, por lejos, a la casi perimida ‘patronal’ (ver acá). Las razones e implicancias de estas diferencias son parte de lo que me ocupa en esta reflexión.

[2] En su análisis de los directorios corporativos, cuya función es justamente supervisar y limitar el accionar de los gerentes, Jean Tirole escribe: “Los directorios han sido tradicionalmente descriptos como un ineficiente cuerpo de meros administrativos [rubber-stampers], los cuales, lejos de controlar a la gerencia, son controlados por esta. De aquí que haya habido recientemente repetidos llamados a la creación de directorios con mayor capacidad de control.” (The Theory of Corporate Finance, 2006).


15/02/2016

¿Salir a la calle a protestar, o quedarse en casa?

“Les contaré una anécdota estupenda [sobre Roosevelt], quizás apócrifa, sobre cuando lo visitaban representantes de sindicatos y organizaciones progresistas, y le proponían medidas nuevas y avanzadas para que las incluyese en el New Deal. Él las escuchaba con atención, y al final decía: “Ahora salgan ahí afuera y oblíguenme a hacerlo.” Y ellos así lo hacían. En 1937, año clave para el New Deal, ¿saben cuántas huelgas se declararon en los EEUU? 4740 huelgas que duraron un promedio de veinte días. ¿Saben cuántas huelgas hubo en el 2007? Veintiuna.
La otra razón para recordar esta historia de la lucha social es que nos dice algo muy importante, algo que debemos recordar en estos momentos en que nos jugamos tanto. Nos enseña que si queremos políticas contra la crisis que hagan de este mundo un sitio más sano, más justo y pacífico, tenemos que salir ahí afuera y obligarlos.”
Naomi Klein en The Shock Doctrine. [film] (2009)


07/02/2016

Educación y praxis revolucionaria, Marx y Freire

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.”
Karl Marx (1845/2004) “Tesis sobre Feuerbach.” Antología. 

“En verdad, no sería posible llevar a cabo la educación problematizadora, que rompe con los esquemas verticales característicos de la educación bancaria, ni realizarse como práctica de la libertad sin superar la contradicción entre el educador y los educandos. Como tampoco sería posible realizarla al margen del diálogo. 
A través de éste se opera la superación de la que resulta un nuevo término: no ya educador del educando; no ya educando del educador, sino educador-educando con educando-educador. 
De este modo, el educador ya no es sólo el que educa sino aquel que, en tanto educa, es educado a través del diálogo con el educando, quien, al ser educado, también educa. Así, ambos se transforman en sujetos del proceso en que crecen juntos y en el cual "los argumentos de la autoridad" ya no rigen. Proceso en el que ser funcionalmente autoridad, requiere el estar siendo con las libertades y no contra ellas.”
Paulo Freire (1970/2002) Pedagogía del Oprimido. 


05/02/2016

Marx y la historiografía, según Gramsci

"Marx se sitúa en la historia con el sólido aplomo de un gigante: no es un místico ni un metafísico positivista; es un historiador, un intérprete de los documentos del pasado, pero de todos los documentos, no sólo de una parte de ellos.
Este era el defecto intrínseco a las historias, a las investigaciones acerca de los acaecimientos humanos: el no examinar ni tener en cuenta más que una parte de los documentos. Y esa parte se escogía no por la voluntad histórica, sino por el prejuicio partidista, que lo sigue siendo aunque sea inconsciente y de buena fe. Las investigaciones no tenían como objetivo la verdad, la exactitud, la reconstrucción íntegra de la vida del pasado, sino la acentuación de una determinada actividad, la valoración de una tesis apriórica. La historia era dominio exclusivo de las ideas. El hombre se consideraba como espíritu, como conciencia pura. De esa concepción se derivaban dos consecuencias erróneas: las ideas acentuadas eran a menudo arbitrarias, ficticias. Y los hechos a los que se daba importancia eran anécdota, no historia…
Con Marx la historia sigue siendo dominio de las ideas, del espíritu, de la actividad consciente de los individuos aislados o asociados. Pero las ideas, el espíritu, se realizan, pierden su arbitrariedad, no son ya ficticias abstracciones religiosas o sociológicas. La sustancia que cobran se encuentra en la economía, en la actividad práctica, en los sistemas y las relaciones de producción y de cambio. La historia como acaecimiento es pura actividad práctica (económica y moral). Una idea se realiza no en cuanto lógicamente coherente con la verdad pura, con la humanidad pura (la cual no existe sino como programa, como finalidad ética general de los hombres), sino en cuanto encuentra en la realidad económica justificación, instrumento para afirmarse. Para conocer con exactitud cuáles son los objetivos históricos de un país, de una sociedad, de un grupo, lo que importa ante todo es conocer cuáles son los sistemas y las relaciones de producción y cambio de aquel país, de aquella sociedad. Sin ese conocimiento es perfectamente posible redactar monografías parciales, disertaciones útiles para la historia de la cultura, y se captarán reflejos secundarios, consecuencias lejanas; pero no se hará historia, la actividad práctica no quedará explícita con toda su sólida compacidad."
Antonio Gramsci (2004) "Nuestro Marx." Antología - Volumen 1.


19/01/2016

Vuelve el fin de la historia (Macri remix)

Era 1989, y entre la masacre de Tiananmén y los sacudones de la perestroika, un tal Francis Fukuyama, miembro del Departamento de Estado y cerebro a sueldo de la RAND Corporation, ingresaba a la posteridad como autor del opúsculo neoconservador “¿El fin de la Historia?” A través de un trabajoso despliegue argumentativo, y de muy prudentes omisiones, Francis declaraba el triunfo de la razón hegeliana y el estallido definitivo de la “distorsiva lente marxista”, con su fea insistencia en una lucha de clases que a su entender había sido convenientemente resuelta por “el igualitarismo de la América moderna.” Fue así como, mientras la prensa declaraba el fin de la Guerra Fría, el autor nos invitaba a aceptar “el fin de la historia como tal”, es decir, “el punto final en la evolución ideológica del hombre y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano.” Hoy, mientras la crisis del capitalismo sacude todos los rincones de planeta y golpea con particular fiereza sobre el continente que lo parió, en el extremo sur de la América, un rozagante proyecto neoliberal accede sorpresivamente al poder y parece querer revivir, por segunda vez (léase, como farsa) la epopeya discursiva del señor Fukuyama.

El macrismo (que es mucho menos Macri que aquellos otros que en verdad toman las decisiones) es consciente de sus carencias. Sabe que no le alcanza con aplicar sus políticas de economía salvaje y clasista. Que no le alcanza con saberse depositario de un poder legitimado por el voto, ni con tener de su lado a los poderes fácticos (la banca, la gran industria, la patronal agraria, el capital financiero…una fuerza de choque económico capaz de condicionar y derrocar a gobiernos democráticos aun en contextos de bonanza). Sabe que no le alcanza tampoco con que los medios concentrados resguarden su figura y eviten subrayar los efectos nocivos de sus políticas, o que desvíen la atención con show periodístico e interpretaciones fantasiosas. Sabe que no le alcanza, siquiera, contar con la diestra de cierta burocracia sindical que combatió las políticas populistas de antaño, pero que pareciera asumir su responsabilidad democrática de no tirar palos en las ruedas del cambio (al menos por ahora), aunque se licúen salarios y se persiga a trabajadores, aunque se realicen despidos masivos y se pretenda condicionar las paritarias; aunque se gasee la protesta social y se le coma la carne a los trabajadores a fuerza de balazos de goma.

El macrismo entiende que nada de esto es suficiente. Queda todavía un actor fundamental sobre el cual no tiene la ascendencia necesaria para lograr un éxito perdurable. Quedan las mayorías. Las ajenas por un lado, ese resbaloso 49 por ciento; pero también las propias. Porque el macrismo sabe que el grueso de sus votos (ya en su 34 por ciento inicial) no votó baja de salarios ni crecimiento del desempleo. Esas voluntades esquivas necesitan ser encaminadas antes que la obstinada resistencia cristinista, tan lúcida para los relatos belicosos, tan acostumbrada a tocar la fibra irracional de la lucha de clases, acabe arrastrándolos al lado oscuro sin otro argumento que el peso de la realidad.

Todo esto sabe el macrismo. Así como sabe que la estrategia de salida no es la negociación política (que los obligaría a retroceder), ni la persecución judicial (que no haría más que avivar la épica de la resistencia). De aquí que la única estrategia posible para anular la apuesta confrontativa de la nueva oposición vuelve a ser retórica: continuar borrando, como en campaña, todo rastro incómodo de política, historia e ideología. La novedad esta vez viene dada por el carácter oficialista que empieza a ocupar esta estrategia ahora, propagada desde las usinas del Estado lo mismo que desde los medios oligopólicos, hasta ayer oposición. Rodríguez Larreta lo había expresado en términos bastante ilustrativos después de su victoria en la Ciudad: “Nosotros entendemos la historia siempre mirando para adelante”, había dicho. Para todos, salvo para el Pro, la noción de ‘historia’ supone una mirada hacia el pasado. Cuando Larreta insiste en mirar siempre adelante, lo que se evita, justamente, es hacer historia, es evaluar el presente y proyectar al futuro en base a la experiencia vivida. Sin pasado, el presente adquiere la configuración de un tiempo iniciático, y la ideología del presente se convierte en la única ideología posible. Borges intuía una racionalidad semejante detrás de Shih Huang Ti, emperador que mandara a quemar todos los libros escritos antes que él. “La rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado”, dice Borges, permitía al viejo emperador “recrear el principio del tiempo.” Aunque el ahistoricismo no se sea un descubrimiento moderno, su naturaleza le permite reaparecer siempre como novedad.

Durante su primer mes de gobierno, el macrismo ha reforzado su discurso deshistorizador. Su primer y más evidente mecanismo consiste en monopolizar el relato sobre la experiencia kirchnerista. Cuando los referentes macristas protestan ante la “pesada herencia” o proponen extirpar del Estado “la grasa de la militancia,” insisten en cerrar compartimentos con el pasado kirchnerista responsabilizándolo por una supuesta crisis económica y por un Estado enteramente viciado y corrupto. La diferencia radica en que antes, este relato contrakirchnerista estaba obligado a confrontar con la interpretación oficialista; hoy de nada vale argumentar que el Estado argentino creció porque creció su rol social, o que su tamaño es más bien moderado y dista enormemente del de países como Noruega, Dinamarca, Francia o el Reino Unido. Tampoco sirve señalar que los trabajadores estatales despedidos por el macrismo cumplían funciones de servicio y que estaban lejos de ser ñoquis, aun cuando algunos fuesen militantes (como los hay en el gobierno de la Ciudad). Menos sirve apuntar que la expansión del mercado interno en medio de una crisis internacional, junto con el constante (si bien bajo) crecimiento, eran indicadores claros de solidez económica. Los argumentos no sirven porque ya nadie está dialogando. A partir de la concentración informativa que supone disponer del aparato estatal y del aval de las corporaciones de medios, el macrismo se dedica a monologar. La voz de la oposición desaparece del registro mediático y queda desplazada a los canales marginales, si es que los encuentra.

Un segundo mecanismo para la construcción de un fin de la historia macrista consiste en desvincular las políticas económicas del macrismo de lo que ocurrió en el pasado argentino. En dos oportunidades desembarcaron en el país las políticas neoliberales de reducción del Estado, flexibilización laboral, liberalización de la economía y endeudamiento externo. La primera, en el ’76, acabó con una crisis política y social galopante, que fue básicamente aplazada mediante una apuesta visionaria: ir a la guerra. La segunda, en los ’90, desembocó en la mayor crisis social, económica y política de nuestra historia. Hay nombres del actual gobierno que fueron parte de una u otra de estas aventuras salvajes (Melconián, Sturzenegger y Prat-Gay, por mencionar solo a los principales referentes económicos del macrismo).

El mejor modo de ignorar las experiencias neoliberales del pasado es no hablar de ellas. En esto, como en todo, da una mano enorme el periodismo independiente, que evita en cualquier circunstancia trazar paralelos históricos, recordar políticas pretéritas o preguntar acerca de alguna de estas incomodidades. Otra modalidad aceptable en la misma dirección consiste en justificar las políticas neoliberales apelando a la comparación con un ‘mundo’ y una ‘normalidad’ en abstracto. “En los países normales…” es un caballito de batalla que nunca puede faltar en las conferencias de prensa del actual ministro de hacienda. Macri suele apelar a las mismas categorías vacías, como cuando aseguraba que “los argentinos somos capaces de hacer grandes cosas como se hacen en el mundo”. Del mismo modo, puede apelarse a referencias en apariencia más concretas, como las ‘exitosas’ experiencias de Chile y Perú (y Brasil, antes de que la huida del capital financiero disparara la crisis actual). El problema de estas referencias es que nunca vienen acompañadas de datos sociales. Se destaca la calidad educativa de Chile, se destaca el bajo nivel de inflación de Perú, pero nunca nos enteramos del carácter elitista de la educación chilena, ni de la falta de beneficios laborales de los trabajadores peruanos, ni de los crecientes índices de desigualdad de ambos países.

Estas referencias en abstracto acerca del mundo se entrelazan con un tercer mecanismo, que supone omitir toda referencia a la crisis planetaria que viene sacudiendo al capitalismo desde el 2008, y que casualmente tuvo un impacto relativamente insignificante en la economía argentina. Uno podría decir que, aún si la memoria histórica nos fallara y la población entera decidiera borrar de su inconsciente colectivo la crisis de los años neoliberales, igual tendríamos a toda Europa (con Grecia, España y Portugal a la cabeza) como recordatorio de los estragos que acompañan todo proyecto neoliberal. Sin embargo, la escasa información que nos llega del mundo nos habla apenas de atentados terroristas y hazañas deportivas, rara vez de crisis económica. Los medios concentrados juegan un rol fundamental al filtrar qué noticias internacionales merecen circular y cuáles no. De la pobreza y la desocupación en Europa y los EEUU no se habla; el crecimiento de los partidos de izquierda también pasa inadvertido. Esto no es nuevo. En los últimos seis años, las noticias internacionales fueron quedando extrañamente relegadas en los periódicos, y desaparecieron casi por completo de las principales radios y noticieros del país. La más bizarra expresión de esta triste barrera informativa es el orgásmico ‘La vuelta al mundo en 80 segundos’, que es todo lo que podemos aspirar a conocer del mundo si tenemos la suerte de mirar el principal noticiero del Grupo Clarín.

Junto con la monopolización del relato sobre el kirchnerismo y la desaparición del contexto histórico pasado y presente, nos queda un último mecanismo discursivo: la omisión de toda referencia concreta a las consecuencias negativas de las políticas macristas. Tras la devaluación se habla de ‘sinceramiento’ y de ‘expectativas de inversiones’, no de ‘inflación’ ni de ‘crecimiento de la pobreza’; tras la quita de retenciones al agro se habla de ‘oportunidad para el crecimiento’, no de ‘transferencia de riqueza’ ni de ‘desfinanciamiento del Estado’; y la ola de despidos es presentada como una forma de ‘darle contenido al Estado’, no de ‘dejar a familias enteras en la calle’. El remate tragicómico de este listado de irrealidad lo dio el mismísimo presidente, al dirigirse a los trabajadores que acababan de ser despedidos y reprimidos, asegurándoles, con brutal cinismo: “Lo que yo sueño como presidente es que tengamos una Argentina donde cada uno de nosotros encuentre el lugar donde ser feliz… Tienen que entender que van a tener un lugar, y que los necesitamos.”

En todos estos casos las consecuencias concretas de las políticas macristas son suplantadas por una descripción aséptica de la realidad, una descripción desprovista de conflicto, de dolor o sufrimiento. Se trata, sobre todo, de una realidad sin perdedores. Todos ganan en el discurso macrista.

Si estamos en lo cierto, la combinación de estos mecanismos tiene por objetivo anular la historia: ya sea de cara al pasado, presentando al gobierno macrista como el primer gobierno después del caos primigenio encarnado por el kirchnerismo; ya sea de cara al presente, ignorando los conflictos que despiertan sus políticas; ya sea de cara al futuro, insistiendo en la utopía del diálogo y la paz social, que llegarán de la mano generosa de las inversiones extranjeras, una utopía que solo puede sostenerse si se ignoran las experiencias neoliberales pasadas y presentes.

Un gesto fundacional que da cuenta de este fin de la historia macrista son los nuevos billetes. Los antiguos próceres, que nos vinculaban con un pasado histórico y actuaban como síntesis ideológica de los proyectos políticos, se verán desplazados por fauna y flora autóctona. Asumiendo el escozor que generó en los sectores conservadores la impresión reciente de símbolos de equidad, soberanía y lucha democrática (Evita, el gaucho Rivero, las Madres de Plaza de Mayo), el Banco Central, cuyo presidente sigue procesado por desfalcar al país con el Megacanje, nos cuenta que los nuevos billetes buscan “un punto de encuentro en el que todos los argentinos puedan sentirse representandos.” Se trata, en cualquier caso, de una representación que anula la historia y reniega de la ideología, una representación que nos pide a los argentinos que nos encontremos bajo la imagen de un guanaco y de una ballena franca antes que la de un hombre que luchó por un ideal de país.

Este es el punto en el que confluyen mecanismos discursivos, billetes zoológicos y Francis Fukuyama. Allá por el año ’89, la constatación histórica que permitió al politólogo estadounidense declarar el fin de la historia fue el triunfo del frente occidental sobre el comunista. Fue un triunfo inobjetable. Para un liberal devoto y de fácil exaltación, había solo un paso entre el fin de la amenaza roja el advenimiento del prometido Paraíso Capitalista. Los marxistas de entonces, bastante magullados pero no por eso más hegelianos, no se cansaron de citar a Marx para profetizar que el mundo iba camino a una inminente crisis global. El tiempo dio la razón al materialismo histórico y empujó a Fukuyama (y al mundo) a perder buena parte de su inocencia. La Argentina estuvo entre las primeras bajas de esta crisis en expansión, y continúa siendo la triste experiencia testigo en un mundo tambaleante. Por eso que la apuesta del macrismo huele a farsa. Lo que una primera vez puede lucir, si no creíble, por lo menos verosímil, hoy carece de sustento. Ni las mayorías trabajadoras volverán a aceptar sumisamente una imposición neoliberal, ni la estrategia de deshistorización tan transitada por el Pro puede continuar teniendo éxito indefinidamente. Más temprano que tarde, las imposibles promesas macristas de diálogo, unión, institucionalidad, crecimiento económico y pobreza cero acabarán por pasarle factura. La memoria comunitaria, aunque por momentos perezosa, se ha ido fortaleciendo. Si el capitalismo nos ha enseñado algo en los últimos doscientos años es que multiplica la pobreza, amplía las desigualdades, y mata. Aquello que todavía podía pasar inadvertido en el ‘89, cuando los vientos de cambio en el régimen soviético llevaban a confundir leninismo con lucha de clases, se ha vuelto palmario en nuestro tiempo. La única esperanza del neoliberalismo, y su única apuesta, es que olvidemos nuestra historia.




15/01/2016

La importancia de narrar ante los shocks económicos

"Cualquier estrategia [política y económica] basada en aprovechar la ventana de oportunidad abierta por un shock traumático requiere del elemento sorpresa. Un estado de shock, por definición, es un momento en el que se produce una brecha entre los eventos que se desenvuelven vertiginosamente y la información que existe para explicarlos. El teórico francés Jean Baudrillar describe los actos terroristas como “excesos de realidad”; en este sentido, en los Estados Unidos, los ataques del 11 de septiembre fueron, en principio, eventos puros, cruda realidad, que no había sido procesada a través de historias, narrativas o de algo que pudiera reducir la brecha entre la realidad y su comprensión. Sin una historia, nos encontramos, como muchos de nosotros después del 11 de septiembre, en un estado de vulnerabilidad frente a aquellas personas que están a la espera de sacar ventaja del caos para sus propios fines. Tan pronto como desarrollamos una nueva narrativa que nos ofrezca una perspectiva sobre los eventos traumáticos, volvemos a reorientarnos y el mundo vuelve a cobrar sentido una vez más.

Los interrogadores cuya misión es producir shock y regresión en los detenidos entienden bien este proceso. Esta es la razón por la cual los manuales de la CIA enfatizan la importancia de aislar a los individuos de cualquier cosa que les permita establecer una nueva narrativa (de sus propios sentidos, de otros prisioneros, incluso de la comunicación con los guardias)... Los interrogadores saben que los prisioneros hablan. Se advierten el uno al otro acerca de lo que les espera; se pasan notas a través de los barrotes. Y cuando esto ocurre, los captores dejan de estar en ventaja... Lo mismo ocurre con las grandes sociedades. Una vez que las mecánicas de la doctrina del shock son comprendidas en profundidad y de modo colectivo, se vuelve más difícil tomar a las comunidades por sorpresa y confundirlas. Las comunidades se han vuelto resistentes al shock." 


 Naomi Klein (2007) The Shock Doctrine.



14/01/2016

Un marco teórico para entender el populismo

“Nuestro enfoque parte de una insatisfacción básica con las perspectivas sociológicas que, o bien consideraban al ‘grupo’ como la unidad básica del análisis social, o bien intentaban trascender esa unidad a través de paradigmas holísticos funcionalistas o estructuralistas. Las lógicas que presuponen estos tipos de funcionamiento social son, de acuerdo con nuestro punto de vista, demasiado simples y uniformes para capturar la variedad de movimientos implicados en la construcción de identidades (...) 

El camino que hemos intentado seguir para tratar estas cuestiones es doble. Lo primero ha sido dividir la unidad del ‘grupo’ en unidades menores que hemos denominado ‘demandas’: la unidad del grupo es, en nuestra perspectiva, el resultado de una articulación de demandas. Sin embargo, esta articulación no corresponde a una configuración estable y positiva que podríamos considerar como una totalidad unificada: por el contrario, puesto que toda demanda presenta reclamos a un determinado orden establecido, ella está en una relación peculiar con ese orden, que la ubica a la vez dentro y fuera de él. Como ese orden no puede absorber totalmente a la demanda, no consigue constituirse a sí mismo como una totalidad coherente. La demanda requiere, sin embargo, algún tipo de totalización si es que se va a cristalizar en algo que sea inscribible como reclamos dentro del ‘sistema’. Todos estos movimientos contradictorios y ambiguos implican las diversas formas de articulación entre lógica de la diferencia y lógica de la equivalencia (...) La imposibilidad de fijar la unidad de una formación social en un objeto que sea conceptualmente aprensible conduce a la centralidad de la nominación en la constitución de la unidad de esa formación, en tanto que la necesidad de un cemento social que una los elementos heterogéneos –unidad que no es provista por ninguna lógica articulatoria funcionalista o estructuralista- otorga centralidad al ‘afecto’ en la constitución social. Freud ya lo había entendido claramente: el lazo social es un lazo libidinal. (...)

¿Por qué tratar estos temas en una discusión sobre populismo? La razón es la sospecha, que he tenido durante mucho tiempo, de que en la desestimación del populismo hay mucho más que la relegación de un conjunto periférico de fenómenos a los márgenes de la explicación social. Pienso que lo que está implícito en un rechazo tan desdeñoso es la desestimación de la política ‘tout court’ y la afirmación de que la gestión de los asuntos comunitarios corresponde a un poder administrativo cuya fuente de legitimidad es un conocimiento apropiado de lo que es la ‘buena’ comunidad. Éste ha sido, durante siglos, el discurso de la ‘filosofía política’, instituido en primer lugar por Platón. El ‘populismo’ estuvo siempre vinculado a un exceso peligroso, que cuestiona los moldes claros de una comunidad racional. Por lo tanto, nuestra tarea, del modo como la hemos concebido, ha sido aclarar las lógicas específicas inherentes a ese exceso y afirmar que, lejos de corresponder a un fenómeno marginal, están inscriptas en el funcionamiento real de todo espacio comunitario. (...)

Una consecuencia de nuestra intervención es que el referente del ‘populismo’ se vuelve borroso, pues muchos fenómenos que tradicionalmente no fueron considerados como populistas, en nuestro análisis caen dentro de esta calificación. Aquí reside una crítica potencial a nuestro enfoque, a la cual solo podemos responder que el referente del ‘populismo’ siempre ha sido ambiguo y vago en el análisis social. Basta con revisar brevemente la literatura sobre populismo (...) para ver que está plagada de referencias a la vacuidad del concepto y a la imprecisión de sus límites. Nuestro intento no ha sido encontrar el ‘verdadero’ referente del populismo, sino hacer lo opuesto:  mostrar que el populismo no tiene ninguna unidad referencial porque no está atribuido a un fenómeno delimitable, sino a una lógica social cuyos efectos atraviesan una variedad de fenómenos. El populismo es, simplemente, un modo de construir lo político."

Ernesto Laclau (2005) ‘Prefacio’ de La Razón Populista.



11/01/2016

Ayer como hoy: cambian los actores, la historia es la misma

"En el gobierno tuvo entre otros méritos, el de cumplir con su promesa de no enajenar ninguna parte de la riqueza pública ni ceder el domino del Estado sobre ella. En un asunto clave como el ferroviario, su acción fue fecunda, y demostró una comprensión cabal cuando, al vetar la ley del Congreso que traspasaba las líneas del Estado a una empresa mixta, afirmó en el Mensaje: “el servicio público de la naturaleza del que nos ocupa ha de considerarse principalmente como Instrumento de Gobierno con fines de fomento y progreso para las regiones que sirve”. 

El apoyo a YPF, la tentativa de crear un Banco del Estado y un Banco Agrícola,  la  compra  de  barcos,  etc..,  son  otras  tantas  pruebas  de  su orientación nacionalista. 

Su  política  internacional  fue  digna,  altiva,  independiente,  y  retomó  el sentido  latinoamericanista  que  poseían  los  hombres  de  la Independencia y que se perdió a mediados de siglo pasado.

Es  bueno  insistir  sobre  el  manto  de  plomo  que  recubría  la  cultura  del país. Las voces solitarias de aquí  y allá que querían agregar un aporte renovador, estaban fuera (o se las dejaba rápidamente) de los medios de difusión capaces de amplificarlas hasta influir en la conciencia política nacional. La transición a concepciones políticas más adelantadas y claras  que  pudo  producirse  dentro  del  radicalismo,  fue  cosa  que  no  ocurrió. Fuera de él, en las fuerzas organizativas, había un páramo ideológico. 

El Partido Conservador, representante de la oligarquía terrateniente, no se resignó a la pérdida del gobierno ocasionada por la aplicación del sufragio libre. Mientras esperaba la hora de recuperar el poder por la violencia, su táctica consistió en unir todas las fuerzas posibles bajo el lema negativo de hacer antirradicalismo (luego, cuando contó con aliados en el propio radicalismo, su bandera sería el “antiyrigoyenismo”). 

El aliado más consecuente que siempre tuvieron los conservadores fue el  Partido  Socialista,  que  no  sólo  los  acompañó  en  las  maniobras  concretas  contra  el  radicalismo,  sino  que  también  lo  haría  contra  el  peronismo."

John william Cooke (1964) Apuntes para la Militancia.


08/01/2016

Hegemonía y medios según Chomsky

"Los factores estructurales [que dominan el hacer de los medios de comunicación] son aquellos como la propiedad y control [de estos medios], la dependencia de importantes fuentes de financiamiento (en especial publicidad), y las relaciones e intereses mutuos entre los medios y aquellos que producen las noticias y tienen el poder para definirlas y darles sentido [agentes políticos y económicos]. [Nuestro modelo] también incorpora otros factores estrechamente relacionados con estos, como la habilidad [del estáblishment] para cuestionar el tratamiento mediático de ciertas noticias, para ofrecer ‘expertos’ que confirmen las tendencias oficiales acerca de las noticias, y para fijar los principios ideológicos naturalizados por el personal de los medios y la elite, pero usualmente resistidos por la mayoría de la población. A nuestro entender, las mismas fuentes de poder subyacentes, que controlan los medios y los financian a través de la publicidad, y que funcionan definiendo las noticias y generando poder de crítica y expertos adecuados al pensamiento dominante, juegan, a su vez, un rol clave al fijar principios [profesionales] básicos e ideología dominante. Creemos que lo que los periodistas hacen, aquello que suelen percibir como digno de ser noticia, y todo aquello que dan por sentado como premisas propias de su trabajo, puede explicarse a partir de la existencia de incentivos, presiones y limitaciones incorporadas por este análisis estructural.

Estos factores estructurales que dominan las operaciones mediáticas no son ineludibles, y no siempre producen resultados unidireccionales y homogéneos. Es bien sabido (...) que los distintos componentes de una organización mediática poseen ciertos límites de autonomía, que valores individuales y profesionales influencian el trabajo de los medios, que toda bajada de línea es imperfecta, y que la propia política de los medios admite cierto grado de disenso que habilita el cuestionamiento de puntos de vista aceptados. Estas consideraciones permiten asegurar cierto disenso en la cobertura de hechos incómodos. La belleza de este sistema, sin embargo, reside en el hecho de que este disenso y esta información inconveniente se mantienen bajo control y en los márgenes, de modo que mientras su presencia demuestra que el sistema no es monolítico, tampoco logra ser lo suficientemente amplia como para interferir con la agenda oficial dominante. 

[...] Los principales ingredientes de nuestro modelo, o nuestro set de ‘filtros’ periodísticos, pueden definirse del siguiente modo: (1) el tamaño, la concentración, el poder y la orientación económica de los principales grupos mediáticos; (2) la publicidad como la principal fuente de ingreso de los medios masivos; (3) la confianza de los medios en la información provista por gobiernos, empresas, y ‘expertos’ financiados y aprobados por estas mismas fuentes; (4) el ataque a los medios como forma de disciplinamiento; y (5) el ‘anticomunismo’ como religión nacional y mecanismo de control. Estos elementos interactúan y se refuerzan mutuamente, dejando tan solo un residuo purificado antes de toda publicación. También fijan las premisas discursivas y las interpretaciones, lo mismo que las definiciones acerca de qué vale como noticia, y permiten explicar las bases y operaciones de lo que termina siendo campañas de propaganda.

El dominio de los medios por una elite y la marginalización del disenso que resulta de la acción de estos filtros ocurre de modo tan natural que los periodistas, muchas veces operando con absoluta integridad y buena voluntad, pueden acabar convencidos de que son ellos los que seleccionan e interpretan las noticias ‘objetivamente’ y sobre la base de valores periodísticos profesionales. Puede decirse que dentro de los límites de estos filtros condicionantes, suelen actuar objetivamente; ocurre que estos condicionantes son tan poderosos, y se encuentran entrelazados con el sistema de forma tan fundamental, que la existencia de criterios alternativos para la selección de noticias apenas puede imaginarse."

Noam Chomsky y Edward Herman (2000) Manufacturing Consent.


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