22/05/2016

Los 'jefes' políticos, según Gramsci

"Todo Estado es una dictadura. Ningún Estado puede carecer de un Gobierno constituido por un reducido número de hombres que se organizan a su vez alrededor de uno dotado de más capacidad y de mayor clarividencia. Mientras haga falta el Estado, mientras sea históricamente necesario gobernar a los hombres, cualquiera que sea la clase dominante, se planteará el problema de tener jefes, de tener un "jefe". El que algunos socialistas que siguen llamándose marxistas y revolucionarios digan que quieren la dictadura del proletariado, pero no la dictadura de los "jefes", la individualización, la personalización del mando; que digan, esto es, que quieren la dictadura, pero no en la única forma en que es históricamente posible, basta para revelar toda una orientación política, toda una preparación teórica "revolucionaria".
En la cuestión de la dictadura proletaria el problema esencial no es el de la personalización física de la función de mando. El problema esencial consiste en la naturaleza de las relaciones que los jefes o el jefe tengan con el partido de la clase obrera, y de las relaciones que existan entre ese partido y la clase obrera. ¿Son relaciones puramente jerárquicas, de tipo militar, o lo son de carácter histórico y orgánico? El jefe, el partido, ¿son elementos de la clase obrera, son una parte de la clase obrera, representan sus intereses y sus aspiraciones más profundas y vitales, o son una excrecencia de ella, una simple sobreexposición violenta? ¿Cómo se ha formado ese partido, cómo se ha desarrollado, mediante qué proceso se ha producido la selección de los hombres que lo dirigen? ¿Por qué se ha convertido en partido de la clase obrera? ¿Ha ocurrido eso por casualidad? El problema lo es, pues, de todo el desarrollo histórico de la clase obrera, que se constituye lentamente en la lucha contra la burguesía, registra alguna victoria y sufre muchas derrotas; y no sólo de la clase obrera de un solo país, sino de toda la clase obrera mundial, con sus diferenciaciones superficiales y, sin embargo, tan importantes en cada momento aislado, y con su sustancial unidad y homogeneidad."
Antonio Gramsci (2004) "Jefe." Antología : Volumen 1.


19/05/2016

Proudhon: La propiedad, enemiga de la sociedad

"¡Así están el pobre y el rico en constante situación de desconfianza y de guerra! ¿Y por qué se hacen la guerra? Por la propiedad: ¡de suerte que la propiedad tiene por consecuencia necesaria la guerra a la propiedad!... La libertad y la seguridad del rico no estorban a la libertad y a la seguridad del pobre; lejos de ello, pueden fortalecerse recíprocamente. Pero el derecho de propiedad del primero tiene que estar incesantemente defendido contra el instinto de propiedad del segundo. ¡Qué contradicción!"
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"La propiedad, según su razón etimológica y la doctrina de la jurisprudencia, es un derecho que vive fuera de la sociedad, pues es evidente que si los bienes de propiedad particular fuesen bienes sociales, las condiciones serían iguales para todos, y supondría una contradicción decir: La propiedad es el derecho que tiene el hombre de disponer de la manera más absoluta de unos bienes que son sociales. Por consiguiente, si estamos asociados para la libertad, la igualdad y la seguridad, no lo estamos para la propiedad. Luego, si la propiedad es un derecho natural, este derecho natural no es social, sino antisocial. Propiedad y sociedad son conceptos que se rechazan recíprocamente; es tan difícil asociarlos como unir dos imanes por sus polos semejantes. Por eso, o la sociedad mata a la propiedad o ésta a aquélla."
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"¿Podrían ampararse en el derecho de propiedad los pobladores de una isla para rechazar violentamente a unos pobres náufragos que intentasen arribar a la orilla? Sólo ante la idea de semejante barbarie se subleva la razón. El propietario, como un Robinson en su isla, aleja a tiros y a sablazos al proletario, a quien la ola de civilización ha hecho naufragar, cuando pretende salvarse asiéndose a las rocas de la propiedad. –“¡Dadme trabajo!” grita con toda su fuerza al propietario; “no me rechacéis, trabajaré por el precio que queráis.” –”No tengo en qué emplear tus servicios”, responde el propietario presentándole la punta de su espada o el cañón de su fusil. –“Al menos, rebajad las rentas.” –“Tengo necesidad de ellas para vivir.” –“¿Cómo podré pagarlas si no trabajo?” –“Eso es cosa tuya.”
Y el infortunado proletario se deja llevar por la corriente o, si intenta penetrar en la propiedad, el propietario apunta y lo mata."
Pierre Proudhon (1970) ¿Qué es la propiedad?


10/04/2016

La política partidaria como espacio de encuentro de visiones diversas...

"Os aseguro que ningún razonamiento vuestro conseguirá que me retire de esa posición. Como es natural, quiero seguir colaborando estrechamente con vosotros, y creo que la experiencia de estos años nos habrá servido a todos, al menos, para enseñarnos que dentro del partido se pueden tener opiniones diferentes y seguir, de todos modos, trabajando juntos con la máxima confianza recíproca."  
Antonio Gramsci (2004) "Carta a Mauro Scoccimarro." Antología : Volumen 1.


02/03/2016

¿El fin de la patronal?

Fue durante un intercambio de sobremesa que recibí la sorpresiva respuesta que justifica esta breve reflexión. En algún punto de la charla se planteó la muy actual disyuntiva entre habilitar la protesta en las calles o suprimirla mediante protocolos represivos; mi sugerencia fue identificar a quién beneficia cada una de estas opciones y decidir junto a quién uno desea posicionarse: si junto a los trabajadores que reclaman por sus derechos, o junto a la patronal que los limita.

No es la solución a esta disyuntiva lo que me ocupa en estas líneas, sino la respuesta que se me dio al plantear con tranquilidad esta tensión entre trabajadores y patronal:

“¿La ‘patronal’? ¿De qué estás hablando? ¡Eso es del año ’50! ¡Estás atrasando 50 años!”

Tal fue, palabras más palabra menos, la muy significativa respuesta recibida. Significativa, porque el asombro de mi interlocutor ante el término ‘patronal’ deja al descubierto un interesante aspecto de la construcción de la realidad que ha venido articulando el neoliberalismo vernáculo (por lo menos) desde hace largo años.

Las palabras, a nadie puede escapar a esta altura, construyen mundo, direccionan qué vemos de la realidad y cómo la vemos; dan forma al sentido común de una época. En el mundo que ha construido el neoliberalismo a través de sus adalides discursivos (y que han diseminado en todas direcciones sus omnipresentes medios de comunicación),  la ‘patronal’ (palabra, pero también concepto) ha sido desalojada de nuestro léxico diario [1]. A decir de este sentido común neoliberal, podemos aceptar que la palabra ‘patronal’ describa el mundo de los años ’50, agitado de lucha obrera y conciencia sindical, pero atrasaría con respecto al mundo actual. Es este supuesto atraso, explicado por el lenguaje en uso antes que por la realidad material que nos rodea, lo que amerita un breve análisis.

En toda economía capitalista moderna es posible identificar tres actores fundamentales. El primero y más importante lo constituye el cuerpo de los trabajadores, la fuerza de trabajo sin la cual no podría haber producción alguna. Otro actor es el Estado, cuya función en el plano económico consiste en organizar, coordinar y supervisar el accionar de los actores económicos dentro de unas fronteras territoriales definidas. Finalmente, encontramos al empresariado, la patronal, quienes ostentan la propiedad de los medios de producción y consumen la mano de obra trabajadora. Ciertamente, ninguno de estos actores continúa siendo lo que era en los años ’50. El capitalismo evoluciona y sus agentes se transforman, lo que no implica necesariamente su desaparición. Tras un largo proceso de internacionalización de la economía y de consolidación de la estructura corporativa como modelo empresarial, la patronal (que es la parte que nos interesa) ha sufrido una transformación radical producto de la impersonalidad del mercado bursátil y de la creciente dispersión de accionistas. Tal vez sea esta transformación, que dificulta el delineamiento de una figura patronal clara y distinta, lo que podría haber llevado a mi interlocutor a pensar en la antigüedad de esta categoría. Los cierto es que la patronal en su sentido tradicional, sobre todo en el contexto de la empresa familiar, no solo subsiste sino que es la norma en la mayoría de las pequeñas y medianas empresas. Pero si tenemos en cuenta que la patronal, como cualquier actor económico, es menos una persona determinada que un rol social, aunque el patrón en tanto propietario estricto haya sido desplazado a los márgenes de la actividad productiva en el modelo corporativo, este desplazamiento se ha visto compensado con el ascenso del gerente a sueldo como cabeza empresarial. Los gerentes corporativos no solo gozan de una amplia discrecionalidad en la toma de decisiones que los asimila a los antiguos dueños [2], sino que sus objetivos económicos confluyen con los de los accionistas gracias a los paquetes de compensaciones que incluyen acciones de la propia empresa, convirtiéndolos en virtuales propietarios (por lo menos mientras dure su gestión y su interés en la compañía).

Pero entonces, si la patronal (propietaria y gerenciadora) no ha desaparecido de la escena económica, no parece circunstancial que el foco de la discusión económica desde los años ’80 a esta parte haya recaído casi siempre sobre el Estado y los trabajadores. En la Argentina, los voceros del sentido común neoliberal se han cuidado siempre de atribuir las responsabilidades de los desajustes económicos estos dos actores: al Estado (por autoritario, por corrupto, por ineficiente o por interferir en la puja distributiva en favor de los trabajadores), o a la clase trabajadora (por numerosa, por haragana, por exigir salarios poco competitivos a nivel internacional o por entregarse a las veleidades del populismo consumista). Los medios locales rara vez aceptan presentar a la patronal como generadora de desequilibrios, y menos aún como agentes de corrupción. Cuando desde el Estado o desde los propios trabajadores se elevan acusaciones hacia la patronal, las corporaciones mediáticas acostumbran a redireccionar culpas y responsabilidades en favor de las empresas (con las cuales se encuentran muchas veces asociadas económicamente, vale recordar). Los ejemplos de la vida política reciente son numerosos: el enfrentamiento del kirchnerismo con la patronal agraria fue traducido mediáticamente como un ataque al ‘campo’; la elaboración de una ley de medios que limitaba los monopolios empresariales, como un ataque a la ‘libertad de expresión’; la reforma de la carta orgánica del Banco Central, como un intento de interferir en las decisiones de los bancos; el control y multa a las empresas acusadas de fraude fiscal y fuga de capitales, como un maltrato a los inversores extranjeros. Del mismo modo, los cortes y las protestas de los trabajadores despedidos se convierten en expresiones de ‘caos social’; la represión es agitada como una salida necesaria para reinstaurar el ‘imperio de la ley’; y la huelga, en cualquiera de sus formas, se muestra como un acto de egoísmo sectorial que ignora a una mayoría de ciudadanos afectados. “Los derechos de unos no pueden estar por encima de los derechos de los otros”, se repite. En ninguno de estos escenarios aparece la patronal y su responsabilidad, ya sea en la evasión de sus obligaciones sociales como en la afectación de los derechos de los trabajadores. La patronal se encuentra exenta de todo juicio. A la patronal agraria (el sector empresarial más poderoso del país y el que más ha crecido durante los años kirchneristas) no se le reclama por ostentar la tasa de empleo en negro más alta del país, ni por la naturalización del trabajo infantil y esclavo; tampoco se le exige dejar de lado la especulación personal y liquidar el producto de la tierra en lugar de forzar el desfinanciamiento del Estado para lograr una devaluación (que afecta siempre el salario del resto de la población). A los gerentes de la banca extranjera (quienes más renta acumularon en el período kirchnerista) no se les reclama por el destrato a sus clientes, ni por retacear préstamos a trabajadores y pequeños empresarios; tampoco por financiar estructuras ilegales para la fuga de capitales y el lavado de activos. A los grandes industriales y a las grandes empresas de servicio nadie les reclama por los despidos y las suspensiones, ni por el retraso en los salarios, ni por las muchas veces indignas condiciones de trabajo. Y la corrupción, ese mal endémico del capitalismo (tan mentado por estas tierras), siempre recae sobre el político que recibe o el sindicalista que se vende, nunca sobre el empresario que abre la billetera.

Claro que hay momentos en los cuales esta voluntariosa y nada ingenua invisibilización de la patronal encuentra límites. En estos casos se recurre a una terminología de carácter aséptico, y es así que aparecen los ‘empresarios’. La denominación ‘empresarios’ califica a la persona solo en relación con las empresas que conduce, y por lo tanto se entrelaza en el imaginario social con nuestra experiencia de la imagen corporativa de cada empresa y de los productos del marketing publicitario. Por si esto fuera poco, la mitología neoliberal popularizada en los ’90 nos ha enseñado a asociar la categoría ‘empresario’ con atributos eternamente positivos (emprendedor, moderno, joven, exitoso…). Muy distintas son las implicancias del término ‘patronal’, que ya no define al dueño de empresa en tanto dueño, sino en su relación jerárquica con los trabajadores de los cuales es patrón. Y el patrón no es otro que el que se apropia del trabajo de sus empleados a cambio de un sueldo que siempre será enormemente menor que la riqueza que cada trabajador produce. Conceptualmente, el término ‘patrón’ tiene la enorme ventaja de instaurar a través de la palabra una tensión real, existente, y que el discurso neoliberal se esfuerza por ocultar, un choque entre dos actores necesariamente enfrentados: quien busca extraer la mayor riqueza posible del trabajador, y quien busca hacer valer cuanto más pueda su trabajo productivo frente a la avaricia patronal. Esta tensión no es otra cosa que la visibilización de la lucha de clases inherentes a toda estructura capitalista; una lucha que, no por casualidad, se cuenta entre las realidades que el discurso neoliberal ha tratado de disimular y acallar con mayor insistencia.

Después de todo, cuando el sentido común neoliberal que irradian los medios de comunicación logra que un trabajador se convenza de que es lamentable que otros trabajadores reclamen por sus derechos protestando en la calle, y cuando este mismo sentido común empuja a este trabajador a considerar que ‘la patronal’ es una realidad de los años ’50 (ignorando en un mismo encadenamiento lógico el hecho de que la protesta se realiza justamente porque existe una patronal, y porque esta patronal no respeta los derechos de los trabajadores -que a su vez son sus propios derechos); cuando esto ocurre, significa que el pensamiento neoliberal ha logrado un triunfo parcial aunque fundamental: fracturar a la clase trabajadora y enfrentarla entre si. Significa, también, que todavía queda un largo camino por desandar para los proyectos verdaderamente populares, un camino que no solo está hecho de políticas y acción, sino también de palabras.

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[1] Esto no solo puede constatarse a través de la experiencia personal. Un repaso al corpus bibliográfico del Book NGram permite confirmar una drástica caída en el uso del término ‘patronal’ hacia fines de los ’80. Más allá de las limitaciones del NGram para expresar el habla cotidiana (recordemos que se trata de un corpus bibliográfico, muchas veces académico, donde la terminología de raigambre marxista aún perdura), resulta por demás interesante contrastar cómo las referencias al ‘Estado’ y a los ‘trabajadores’ (los otros dos actores de relieve en el sistema capitalista moderno), superan enormemente a toda referencia a los ‘empresarios’; y estos, por lejos, a la casi perimida ‘patronal’ (ver acá). Las razones e implicancias de estas diferencias son parte de lo que me ocupa en esta reflexión.

[2] En su análisis de los directorios corporativos, cuya función es justamente supervisar y limitar el accionar de los gerentes, Jean Tirole escribe: “Los directorios han sido tradicionalmente descriptos como un ineficiente cuerpo de meros administrativos [rubber-stampers], los cuales, lejos de controlar a la gerencia, son controlados por esta. De aquí que haya habido recientemente repetidos llamados a la creación de directorios con mayor capacidad de control.” (The Theory of Corporate Finance, 2006).


15/02/2016

¿Salir a la calle a protestar, o quedarse en casa?

“Les contaré una anécdota estupenda [sobre Roosevelt], quizás apócrifa, sobre cuando lo visitaban representantes de sindicatos y organizaciones progresistas, y le proponían medidas nuevas y avanzadas para que las incluyese en el New Deal. Él las escuchaba con atención, y al final decía: “Ahora salgan ahí afuera y oblíguenme a hacerlo.” Y ellos así lo hacían. En 1937, año clave para el New Deal, ¿saben cuántas huelgas se declararon en los EEUU? 4740 huelgas que duraron un promedio de veinte días. ¿Saben cuántas huelgas hubo en el 2007? Veintiuna.
La otra razón para recordar esta historia de la lucha social es que nos dice algo muy importante, algo que debemos recordar en estos momentos en que nos jugamos tanto. Nos enseña que si queremos políticas contra la crisis que hagan de este mundo un sitio más sano, más justo y pacífico, tenemos que salir ahí afuera y obligarlos.”
Naomi Klein en The Shock Doctrine. [film] (2009)


07/02/2016

Educación y praxis revolucionaria, Marx y Freire

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.”
Karl Marx (1845/2004) “Tesis sobre Feuerbach.” Antología. 

“En verdad, no sería posible llevar a cabo la educación problematizadora, que rompe con los esquemas verticales característicos de la educación bancaria, ni realizarse como práctica de la libertad sin superar la contradicción entre el educador y los educandos. Como tampoco sería posible realizarla al margen del diálogo. 
A través de éste se opera la superación de la que resulta un nuevo término: no ya educador del educando; no ya educando del educador, sino educador-educando con educando-educador. 
De este modo, el educador ya no es sólo el que educa sino aquel que, en tanto educa, es educado a través del diálogo con el educando, quien, al ser educado, también educa. Así, ambos se transforman en sujetos del proceso en que crecen juntos y en el cual "los argumentos de la autoridad" ya no rigen. Proceso en el que ser funcionalmente autoridad, requiere el estar siendo con las libertades y no contra ellas.”
Paulo Freire (1970/2002) Pedagogía del Oprimido. 


05/02/2016

Marx y la historiografía, según Gramsci

"Marx se sitúa en la historia con el sólido aplomo de un gigante: no es un místico ni un metafísico positivista; es un historiador, un intérprete de los documentos del pasado, pero de todos los documentos, no sólo de una parte de ellos.
Este era el defecto intrínseco a las historias, a las investigaciones acerca de los acaecimientos humanos: el no examinar ni tener en cuenta más que una parte de los documentos. Y esa parte se escogía no por la voluntad histórica, sino por el prejuicio partidista, que lo sigue siendo aunque sea inconsciente y de buena fe. Las investigaciones no tenían como objetivo la verdad, la exactitud, la reconstrucción íntegra de la vida del pasado, sino la acentuación de una determinada actividad, la valoración de una tesis apriórica. La historia era dominio exclusivo de las ideas. El hombre se consideraba como espíritu, como conciencia pura. De esa concepción se derivaban dos consecuencias erróneas: las ideas acentuadas eran a menudo arbitrarias, ficticias. Y los hechos a los que se daba importancia eran anécdota, no historia…
Con Marx la historia sigue siendo dominio de las ideas, del espíritu, de la actividad consciente de los individuos aislados o asociados. Pero las ideas, el espíritu, se realizan, pierden su arbitrariedad, no son ya ficticias abstracciones religiosas o sociológicas. La sustancia que cobran se encuentra en la economía, en la actividad práctica, en los sistemas y las relaciones de producción y de cambio. La historia como acaecimiento es pura actividad práctica (económica y moral). Una idea se realiza no en cuanto lógicamente coherente con la verdad pura, con la humanidad pura (la cual no existe sino como programa, como finalidad ética general de los hombres), sino en cuanto encuentra en la realidad económica justificación, instrumento para afirmarse. Para conocer con exactitud cuáles son los objetivos históricos de un país, de una sociedad, de un grupo, lo que importa ante todo es conocer cuáles son los sistemas y las relaciones de producción y cambio de aquel país, de aquella sociedad. Sin ese conocimiento es perfectamente posible redactar monografías parciales, disertaciones útiles para la historia de la cultura, y se captarán reflejos secundarios, consecuencias lejanas; pero no se hará historia, la actividad práctica no quedará explícita con toda su sólida compacidad."
Antonio Gramsci (2004) "Nuestro Marx." Antología - Volumen 1.


19/01/2016

Vuelve el fin de la historia (Macri remix)

Era 1989, y entre la masacre de Tiananmén y los sacudones de la perestroika, un tal Francis Fukuyama, miembro del Departamento de Estado y cerebro a sueldo de la RAND Corporation, ingresaba a la posteridad como autor del opúsculo neoconservador “¿El fin de la Historia?” A través de un trabajoso despliegue argumentativo, y de muy prudentes omisiones, Francis declaraba el triunfo de la razón hegeliana y el estallido definitivo de la “distorsiva lente marxista”, con su fea insistencia en una lucha de clases que a su entender había sido convenientemente resuelta por “el igualitarismo de la América moderna.” Fue así como, mientras la prensa declaraba el fin de la Guerra Fría, el autor nos invitaba a aceptar “el fin de la historia como tal”, es decir, “el punto final en la evolución ideológica del hombre y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano.” Hoy, mientras la crisis del capitalismo sacude todos los rincones de planeta y golpea con particular fiereza sobre el continente que lo parió, en el extremo sur de la América, un rozagante proyecto neoliberal accede sorpresivamente al poder y parece querer revivir, por segunda vez (léase, como farsa) la epopeya discursiva del señor Fukuyama.

El macrismo (que es mucho menos Macri que aquellos otros que en verdad toman las decisiones) es consciente de sus carencias. Sabe que no le alcanza con aplicar sus políticas de economía salvaje y clasista. Que no le alcanza con saberse depositario de un poder legitimado por el voto, ni con tener de su lado a los poderes fácticos (la banca, la gran industria, la patronal agraria, el capital financiero…una fuerza de choque económico capaz de condicionar y derrocar a gobiernos democráticos aun en contextos de bonanza). Sabe que no le alcanza tampoco con que los medios concentrados resguarden su figura y eviten subrayar los efectos nocivos de sus políticas, o que desvíen la atención con show periodístico e interpretaciones fantasiosas. Sabe que no le alcanza, siquiera, contar con la diestra de cierta burocracia sindical que combatió las políticas populistas de antaño, pero que pareciera asumir su responsabilidad democrática de no tirar palos en las ruedas del cambio (al menos por ahora), aunque se licúen salarios y se persiga a trabajadores, aunque se realicen despidos masivos y se pretenda condicionar las paritarias; aunque se gasee la protesta social y se le coma la carne a los trabajadores a fuerza de balazos de goma.

El macrismo entiende que nada de esto es suficiente. Queda todavía un actor fundamental sobre el cual no tiene la ascendencia necesaria para lograr un éxito perdurable. Quedan las mayorías. Las ajenas por un lado, ese resbaloso 49 por ciento; pero también las propias. Porque el macrismo sabe que el grueso de sus votos (ya en su 34 por ciento inicial) no votó baja de salarios ni crecimiento del desempleo. Esas voluntades esquivas necesitan ser encaminadas antes que la obstinada resistencia cristinista, tan lúcida para los relatos belicosos, tan acostumbrada a tocar la fibra irracional de la lucha de clases, acabe arrastrándolos al lado oscuro sin otro argumento que el peso de la realidad.

Todo esto sabe el macrismo. Así como sabe que la estrategia de salida no es la negociación política (que los obligaría a retroceder), ni la persecución judicial (que no haría más que avivar la épica de la resistencia). De aquí que la única estrategia posible para anular la apuesta confrontativa de la nueva oposición vuelve a ser retórica: continuar borrando, como en campaña, todo rastro incómodo de política, historia e ideología. La novedad esta vez viene dada por el carácter oficialista que empieza a ocupar esta estrategia ahora, propagada desde las usinas del Estado lo mismo que desde los medios oligopólicos, hasta ayer oposición. Rodríguez Larreta lo había expresado en términos bastante ilustrativos después de su victoria en la Ciudad: “Nosotros entendemos la historia siempre mirando para adelante”, había dicho. Para todos, salvo para el Pro, la noción de ‘historia’ supone una mirada hacia el pasado. Cuando Larreta insiste en mirar siempre adelante, lo que se evita, justamente, es hacer historia, es evaluar el presente y proyectar al futuro en base a la experiencia vivida. Sin pasado, el presente adquiere la configuración de un tiempo iniciático, y la ideología del presente se convierte en la única ideología posible. Borges intuía una racionalidad semejante detrás de Shih Huang Ti, emperador que mandara a quemar todos los libros escritos antes que él. “La rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado”, dice Borges, permitía al viejo emperador “recrear el principio del tiempo.” Aunque el ahistoricismo no se sea un descubrimiento moderno, su naturaleza le permite reaparecer siempre como novedad.

Durante su primer mes de gobierno, el macrismo ha reforzado su discurso deshistorizador. Su primer y más evidente mecanismo consiste en monopolizar el relato sobre la experiencia kirchnerista. Cuando los referentes macristas protestan ante la “pesada herencia” o proponen extirpar del Estado “la grasa de la militancia,” insisten en cerrar compartimentos con el pasado kirchnerista responsabilizándolo por una supuesta crisis económica y por un Estado enteramente viciado y corrupto. La diferencia radica en que antes, este relato contrakirchnerista estaba obligado a confrontar con la interpretación oficialista; hoy de nada vale argumentar que el Estado argentino creció porque creció su rol social, o que su tamaño es más bien moderado y dista enormemente del de países como Noruega, Dinamarca, Francia o el Reino Unido. Tampoco sirve señalar que los trabajadores estatales despedidos por el macrismo cumplían funciones de servicio y que estaban lejos de ser ñoquis, aun cuando algunos fuesen militantes (como los hay en el gobierno de la Ciudad). Menos sirve apuntar que la expansión del mercado interno en medio de una crisis internacional, junto con el constante (si bien bajo) crecimiento, eran indicadores claros de solidez económica. Los argumentos no sirven porque ya nadie está dialogando. A partir de la concentración informativa que supone disponer del aparato estatal y del aval de las corporaciones de medios, el macrismo se dedica a monologar. La voz de la oposición desaparece del registro mediático y queda desplazada a los canales marginales, si es que los encuentra.

Un segundo mecanismo para la construcción de un fin de la historia macrista consiste en desvincular las políticas económicas del macrismo de lo que ocurrió en el pasado argentino. En dos oportunidades desembarcaron en el país las políticas neoliberales de reducción del Estado, flexibilización laboral, liberalización de la economía y endeudamiento externo. La primera, en el ’76, acabó con una crisis política y social galopante, que fue básicamente aplazada mediante una apuesta visionaria: ir a la guerra. La segunda, en los ’90, desembocó en la mayor crisis social, económica y política de nuestra historia. Hay nombres del actual gobierno que fueron parte de una u otra de estas aventuras salvajes (Melconián, Sturzenegger y Prat-Gay, por mencionar solo a los principales referentes económicos del macrismo).

El mejor modo de ignorar las experiencias neoliberales del pasado es no hablar de ellas. En esto, como en todo, da una mano enorme el periodismo independiente, que evita en cualquier circunstancia trazar paralelos históricos, recordar políticas pretéritas o preguntar acerca de alguna de estas incomodidades. Otra modalidad aceptable en la misma dirección consiste en justificar las políticas neoliberales apelando a la comparación con un ‘mundo’ y una ‘normalidad’ en abstracto. “En los países normales…” es un caballito de batalla que nunca puede faltar en las conferencias de prensa del actual ministro de hacienda. Macri suele apelar a las mismas categorías vacías, como cuando aseguraba que “los argentinos somos capaces de hacer grandes cosas como se hacen en el mundo”. Del mismo modo, puede apelarse a referencias en apariencia más concretas, como las ‘exitosas’ experiencias de Chile y Perú (y Brasil, antes de que la huida del capital financiero disparara la crisis actual). El problema de estas referencias es que nunca vienen acompañadas de datos sociales. Se destaca la calidad educativa de Chile, se destaca el bajo nivel de inflación de Perú, pero nunca nos enteramos del carácter elitista de la educación chilena, ni de la falta de beneficios laborales de los trabajadores peruanos, ni de los crecientes índices de desigualdad de ambos países.

Estas referencias en abstracto acerca del mundo se entrelazan con un tercer mecanismo, que supone omitir toda referencia a la crisis planetaria que viene sacudiendo al capitalismo desde el 2008, y que casualmente tuvo un impacto relativamente insignificante en la economía argentina. Uno podría decir que, aún si la memoria histórica nos fallara y la población entera decidiera borrar de su inconsciente colectivo la crisis de los años neoliberales, igual tendríamos a toda Europa (con Grecia, España y Portugal a la cabeza) como recordatorio de los estragos que acompañan todo proyecto neoliberal. Sin embargo, la escasa información que nos llega del mundo nos habla apenas de atentados terroristas y hazañas deportivas, rara vez de crisis económica. Los medios concentrados juegan un rol fundamental al filtrar qué noticias internacionales merecen circular y cuáles no. De la pobreza y la desocupación en Europa y los EEUU no se habla; el crecimiento de los partidos de izquierda también pasa inadvertido. Esto no es nuevo. En los últimos seis años, las noticias internacionales fueron quedando extrañamente relegadas en los periódicos, y desaparecieron casi por completo de las principales radios y noticieros del país. La más bizarra expresión de esta triste barrera informativa es el orgásmico ‘La vuelta al mundo en 80 segundos’, que es todo lo que podemos aspirar a conocer del mundo si tenemos la suerte de mirar el principal noticiero del Grupo Clarín.

Junto con la monopolización del relato sobre el kirchnerismo y la desaparición del contexto histórico pasado y presente, nos queda un último mecanismo discursivo: la omisión de toda referencia concreta a las consecuencias negativas de las políticas macristas. Tras la devaluación se habla de ‘sinceramiento’ y de ‘expectativas de inversiones’, no de ‘inflación’ ni de ‘crecimiento de la pobreza’; tras la quita de retenciones al agro se habla de ‘oportunidad para el crecimiento’, no de ‘transferencia de riqueza’ ni de ‘desfinanciamiento del Estado’; y la ola de despidos es presentada como una forma de ‘darle contenido al Estado’, no de ‘dejar a familias enteras en la calle’. El remate tragicómico de este listado de irrealidad lo dio el mismísimo presidente, al dirigirse a los trabajadores que acababan de ser despedidos y reprimidos, asegurándoles, con brutal cinismo: “Lo que yo sueño como presidente es que tengamos una Argentina donde cada uno de nosotros encuentre el lugar donde ser feliz… Tienen que entender que van a tener un lugar, y que los necesitamos.”

En todos estos casos las consecuencias concretas de las políticas macristas son suplantadas por una descripción aséptica de la realidad, una descripción desprovista de conflicto, de dolor o sufrimiento. Se trata, sobre todo, de una realidad sin perdedores. Todos ganan en el discurso macrista.

Si estamos en lo cierto, la combinación de estos mecanismos tiene por objetivo anular la historia: ya sea de cara al pasado, presentando al gobierno macrista como el primer gobierno después del caos primigenio encarnado por el kirchnerismo; ya sea de cara al presente, ignorando los conflictos que despiertan sus políticas; ya sea de cara al futuro, insistiendo en la utopía del diálogo y la paz social, que llegarán de la mano generosa de las inversiones extranjeras, una utopía que solo puede sostenerse si se ignoran las experiencias neoliberales pasadas y presentes.

Un gesto fundacional que da cuenta de este fin de la historia macrista son los nuevos billetes. Los antiguos próceres, que nos vinculaban con un pasado histórico y actuaban como síntesis ideológica de los proyectos políticos, se verán desplazados por fauna y flora autóctona. Asumiendo el escozor que generó en los sectores conservadores la impresión reciente de símbolos de equidad, soberanía y lucha democrática (Evita, el gaucho Rivero, las Madres de Plaza de Mayo), el Banco Central, cuyo presidente sigue procesado por desfalcar al país con el Megacanje, nos cuenta que los nuevos billetes buscan “un punto de encuentro en el que todos los argentinos puedan sentirse representandos.” Se trata, en cualquier caso, de una representación que anula la historia y reniega de la ideología, una representación que nos pide a los argentinos que nos encontremos bajo la imagen de un guanaco y de una ballena franca antes que la de un hombre que luchó por un ideal de país.

Este es el punto en el que confluyen mecanismos discursivos, billetes zoológicos y Francis Fukuyama. Allá por el año ’89, la constatación histórica que permitió al politólogo estadounidense declarar el fin de la historia fue el triunfo del frente occidental sobre el comunista. Fue un triunfo inobjetable. Para un liberal devoto y de fácil exaltación, había solo un paso entre el fin de la amenaza roja el advenimiento del prometido Paraíso Capitalista. Los marxistas de entonces, bastante magullados pero no por eso más hegelianos, no se cansaron de citar a Marx para profetizar que el mundo iba camino a una inminente crisis global. El tiempo dio la razón al materialismo histórico y empujó a Fukuyama (y al mundo) a perder buena parte de su inocencia. La Argentina estuvo entre las primeras bajas de esta crisis en expansión, y continúa siendo la triste experiencia testigo en un mundo tambaleante. Por eso que la apuesta del macrismo huele a farsa. Lo que una primera vez puede lucir, si no creíble, por lo menos verosímil, hoy carece de sustento. Ni las mayorías trabajadoras volverán a aceptar sumisamente una imposición neoliberal, ni la estrategia de deshistorización tan transitada por el Pro puede continuar teniendo éxito indefinidamente. Más temprano que tarde, las imposibles promesas macristas de diálogo, unión, institucionalidad, crecimiento económico y pobreza cero acabarán por pasarle factura. La memoria comunitaria, aunque por momentos perezosa, se ha ido fortaleciendo. Si el capitalismo nos ha enseñado algo en los últimos doscientos años es que multiplica la pobreza, amplía las desigualdades, y mata. Aquello que todavía podía pasar inadvertido en el ‘89, cuando los vientos de cambio en el régimen soviético llevaban a confundir leninismo con lucha de clases, se ha vuelto palmario en nuestro tiempo. La única esperanza del neoliberalismo, y su única apuesta, es que olvidemos nuestra historia.




15/01/2016

La importancia de narrar ante los shocks económicos

"Cualquier estrategia [política y económica] basada en aprovechar la ventana de oportunidad abierta por un shock traumático requiere del elemento sorpresa. Un estado de shock, por definición, es un momento en el que se produce una brecha entre los eventos que se desenvuelven vertiginosamente y la información que existe para explicarlos. El teórico francés Jean Baudrillar describe los actos terroristas como “excesos de realidad”; en este sentido, en los Estados Unidos, los ataques del 11 de septiembre fueron, en principio, eventos puros, cruda realidad, que no había sido procesada a través de historias, narrativas o de algo que pudiera reducir la brecha entre la realidad y su comprensión. Sin una historia, nos encontramos, como muchos de nosotros después del 11 de septiembre, en un estado de vulnerabilidad frente a aquellas personas que están a la espera de sacar ventaja del caos para sus propios fines. Tan pronto como desarrollamos una nueva narrativa que nos ofrezca una perspectiva sobre los eventos traumáticos, volvemos a reorientarnos y el mundo vuelve a cobrar sentido una vez más.

Los interrogadores cuya misión es producir shock y regresión en los detenidos entienden bien este proceso. Esta es la razón por la cual los manuales de la CIA enfatizan la importancia de aislar a los individuos de cualquier cosa que les permita establecer una nueva narrativa (de sus propios sentidos, de otros prisioneros, incluso de la comunicación con los guardias)... Los interrogadores saben que los prisioneros hablan. Se advierten el uno al otro acerca de lo que les espera; se pasan notas a través de los barrotes. Y cuando esto ocurre, los captores dejan de estar en ventaja... Lo mismo ocurre con las grandes sociedades. Una vez que las mecánicas de la doctrina del shock son comprendidas en profundidad y de modo colectivo, se vuelve más difícil tomar a las comunidades por sorpresa y confundirlas. Las comunidades se han vuelto resistentes al shock." 


 Naomi Klein (2007) The Shock Doctrine.



14/01/2016

Un marco teórico para entender el populismo

“Nuestro enfoque parte de una insatisfacción básica con las perspectivas sociológicas que, o bien consideraban al ‘grupo’ como la unidad básica del análisis social, o bien intentaban trascender esa unidad a través de paradigmas holísticos funcionalistas o estructuralistas. Las lógicas que presuponen estos tipos de funcionamiento social son, de acuerdo con nuestro punto de vista, demasiado simples y uniformes para capturar la variedad de movimientos implicados en la construcción de identidades (...) 

El camino que hemos intentado seguir para tratar estas cuestiones es doble. Lo primero ha sido dividir la unidad del ‘grupo’ en unidades menores que hemos denominado ‘demandas’: la unidad del grupo es, en nuestra perspectiva, el resultado de una articulación de demandas. Sin embargo, esta articulación no corresponde a una configuración estable y positiva que podríamos considerar como una totalidad unificada: por el contrario, puesto que toda demanda presenta reclamos a un determinado orden establecido, ella está en una relación peculiar con ese orden, que la ubica a la vez dentro y fuera de él. Como ese orden no puede absorber totalmente a la demanda, no consigue constituirse a sí mismo como una totalidad coherente. La demanda requiere, sin embargo, algún tipo de totalización si es que se va a cristalizar en algo que sea inscribible como reclamos dentro del ‘sistema’. Todos estos movimientos contradictorios y ambiguos implican las diversas formas de articulación entre lógica de la diferencia y lógica de la equivalencia (...) La imposibilidad de fijar la unidad de una formación social en un objeto que sea conceptualmente aprensible conduce a la centralidad de la nominación en la constitución de la unidad de esa formación, en tanto que la necesidad de un cemento social que una los elementos heterogéneos –unidad que no es provista por ninguna lógica articulatoria funcionalista o estructuralista- otorga centralidad al ‘afecto’ en la constitución social. Freud ya lo había entendido claramente: el lazo social es un lazo libidinal. (...)

¿Por qué tratar estos temas en una discusión sobre populismo? La razón es la sospecha, que he tenido durante mucho tiempo, de que en la desestimación del populismo hay mucho más que la relegación de un conjunto periférico de fenómenos a los márgenes de la explicación social. Pienso que lo que está implícito en un rechazo tan desdeñoso es la desestimación de la política ‘tout court’ y la afirmación de que la gestión de los asuntos comunitarios corresponde a un poder administrativo cuya fuente de legitimidad es un conocimiento apropiado de lo que es la ‘buena’ comunidad. Éste ha sido, durante siglos, el discurso de la ‘filosofía política’, instituido en primer lugar por Platón. El ‘populismo’ estuvo siempre vinculado a un exceso peligroso, que cuestiona los moldes claros de una comunidad racional. Por lo tanto, nuestra tarea, del modo como la hemos concebido, ha sido aclarar las lógicas específicas inherentes a ese exceso y afirmar que, lejos de corresponder a un fenómeno marginal, están inscriptas en el funcionamiento real de todo espacio comunitario. (...)

Una consecuencia de nuestra intervención es que el referente del ‘populismo’ se vuelve borroso, pues muchos fenómenos que tradicionalmente no fueron considerados como populistas, en nuestro análisis caen dentro de esta calificación. Aquí reside una crítica potencial a nuestro enfoque, a la cual solo podemos responder que el referente del ‘populismo’ siempre ha sido ambiguo y vago en el análisis social. Basta con revisar brevemente la literatura sobre populismo (...) para ver que está plagada de referencias a la vacuidad del concepto y a la imprecisión de sus límites. Nuestro intento no ha sido encontrar el ‘verdadero’ referente del populismo, sino hacer lo opuesto:  mostrar que el populismo no tiene ninguna unidad referencial porque no está atribuido a un fenómeno delimitable, sino a una lógica social cuyos efectos atraviesan una variedad de fenómenos. El populismo es, simplemente, un modo de construir lo político."

Ernesto Laclau (2005) ‘Prefacio’ de La Razón Populista.



11/01/2016

Ayer como hoy: cambian los actores, la historia es la misma

"En el gobierno tuvo entre otros méritos, el de cumplir con su promesa de no enajenar ninguna parte de la riqueza pública ni ceder el domino del Estado sobre ella. En un asunto clave como el ferroviario, su acción fue fecunda, y demostró una comprensión cabal cuando, al vetar la ley del Congreso que traspasaba las líneas del Estado a una empresa mixta, afirmó en el Mensaje: “el servicio público de la naturaleza del que nos ocupa ha de considerarse principalmente como Instrumento de Gobierno con fines de fomento y progreso para las regiones que sirve”. 

El apoyo a YPF, la tentativa de crear un Banco del Estado y un Banco Agrícola,  la  compra  de  barcos,  etc..,  son  otras  tantas  pruebas  de  su orientación nacionalista. 

Su  política  internacional  fue  digna,  altiva,  independiente,  y  retomó  el sentido  latinoamericanista  que  poseían  los  hombres  de  la Independencia y que se perdió a mediados de siglo pasado.

Es  bueno  insistir  sobre  el  manto  de  plomo  que  recubría  la  cultura  del país. Las voces solitarias de aquí  y allá que querían agregar un aporte renovador, estaban fuera (o se las dejaba rápidamente) de los medios de difusión capaces de amplificarlas hasta influir en la conciencia política nacional. La transición a concepciones políticas más adelantadas y claras  que  pudo  producirse  dentro  del  radicalismo,  fue  cosa  que  no  ocurrió. Fuera de él, en las fuerzas organizativas, había un páramo ideológico. 

El Partido Conservador, representante de la oligarquía terrateniente, no se resignó a la pérdida del gobierno ocasionada por la aplicación del sufragio libre. Mientras esperaba la hora de recuperar el poder por la violencia, su táctica consistió en unir todas las fuerzas posibles bajo el lema negativo de hacer antirradicalismo (luego, cuando contó con aliados en el propio radicalismo, su bandera sería el “antiyrigoyenismo”). 

El aliado más consecuente que siempre tuvieron los conservadores fue el  Partido  Socialista,  que  no  sólo  los  acompañó  en  las  maniobras  concretas  contra  el  radicalismo,  sino  que  también  lo  haría  contra  el  peronismo."

John william Cooke (1964) Apuntes para la Militancia.


08/01/2016

Hegemonía y medios según Chomsky

"Los factores estructurales [que dominan el hacer de los medios de comunicación] son aquellos como la propiedad y control [de estos medios], la dependencia de importantes fuentes de financiamiento (en especial publicidad), y las relaciones e intereses mutuos entre los medios y aquellos que producen las noticias y tienen el poder para definirlas y darles sentido [agentes políticos y económicos]. [Nuestro modelo] también incorpora otros factores estrechamente relacionados con estos, como la habilidad [del estáblishment] para cuestionar el tratamiento mediático de ciertas noticias, para ofrecer ‘expertos’ que confirmen las tendencias oficiales acerca de las noticias, y para fijar los principios ideológicos naturalizados por el personal de los medios y la elite, pero usualmente resistidos por la mayoría de la población. A nuestro entender, las mismas fuentes de poder subyacentes, que controlan los medios y los financian a través de la publicidad, y que funcionan definiendo las noticias y generando poder de crítica y expertos adecuados al pensamiento dominante, juegan, a su vez, un rol clave al fijar principios [profesionales] básicos e ideología dominante. Creemos que lo que los periodistas hacen, aquello que suelen percibir como digno de ser noticia, y todo aquello que dan por sentado como premisas propias de su trabajo, puede explicarse a partir de la existencia de incentivos, presiones y limitaciones incorporadas por este análisis estructural.

Estos factores estructurales que dominan las operaciones mediáticas no son ineludibles, y no siempre producen resultados unidireccionales y homogéneos. Es bien sabido (...) que los distintos componentes de una organización mediática poseen ciertos límites de autonomía, que valores individuales y profesionales influencian el trabajo de los medios, que toda bajada de línea es imperfecta, y que la propia política de los medios admite cierto grado de disenso que habilita el cuestionamiento de puntos de vista aceptados. Estas consideraciones permiten asegurar cierto disenso en la cobertura de hechos incómodos. La belleza de este sistema, sin embargo, reside en el hecho de que este disenso y esta información inconveniente se mantienen bajo control y en los márgenes, de modo que mientras su presencia demuestra que el sistema no es monolítico, tampoco logra ser lo suficientemente amplia como para interferir con la agenda oficial dominante. 

[...] Los principales ingredientes de nuestro modelo, o nuestro set de ‘filtros’ periodísticos, pueden definirse del siguiente modo: (1) el tamaño, la concentración, el poder y la orientación económica de los principales grupos mediáticos; (2) la publicidad como la principal fuente de ingreso de los medios masivos; (3) la confianza de los medios en la información provista por gobiernos, empresas, y ‘expertos’ financiados y aprobados por estas mismas fuentes; (4) el ataque a los medios como forma de disciplinamiento; y (5) el ‘anticomunismo’ como religión nacional y mecanismo de control. Estos elementos interactúan y se refuerzan mutuamente, dejando tan solo un residuo purificado antes de toda publicación. También fijan las premisas discursivas y las interpretaciones, lo mismo que las definiciones acerca de qué vale como noticia, y permiten explicar las bases y operaciones de lo que termina siendo campañas de propaganda.

El dominio de los medios por una elite y la marginalización del disenso que resulta de la acción de estos filtros ocurre de modo tan natural que los periodistas, muchas veces operando con absoluta integridad y buena voluntad, pueden acabar convencidos de que son ellos los que seleccionan e interpretan las noticias ‘objetivamente’ y sobre la base de valores periodísticos profesionales. Puede decirse que dentro de los límites de estos filtros condicionantes, suelen actuar objetivamente; ocurre que estos condicionantes son tan poderosos, y se encuentran entrelazados con el sistema de forma tan fundamental, que la existencia de criterios alternativos para la selección de noticias apenas puede imaginarse."

Noam Chomsky y Edward Herman (2000) Manufacturing Consent.


03/01/2016

Hegemonía cultural para Marx y Engels

"Las ideas de las clases dominantes son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas."

Karl Marx y Fredrich Engels (1974) La ideología Alemana.


01/01/2016

Un encuentro de gigantes

"En su trabajo Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, dice Federico Engels: 'En Mánchester, me había dado yo de bruces contra el hecho de que los fenómenos económicos, que hasta ahora no desempeñan ningún papel o solamente un papel desdeñable en la historiografía, constituyen una potencia histórica decisiva, por lo menos en la historia moderna; de que forman la base sobre la que surgen las actuales contradicciones de clase; y de que esta contradicciones de clase, en aquellos países en que han llegado a desarrollarse plenamente gracias a la gran industria, ... sirven, a su vez, de fundamento a la formación de los partidos políticos, a las luchas entre los partidos y, por consiguiente a toda la historia política. Marx no sólo había llegado a la misma concepción, sino que ya para entonces... [en 1844] la había generalizado en el sentido de que, en términos generales, no es el Estado el que condiciona y regula la sociedad civil, sino ésta la que condiciona y regula el Estado; de que, por tanto, la política y su historia deben explicarse partiendo de las relaciones económicas y de su desarrollo, y no a la inversa. Cuando, en el verano de 1844, visité a Marx en París, se puso de manifiesto nuestra total coincidencia en todos los campos teóricos, y de entonces data nuestra colaboración. Al reunirnos de nuevo en Bruselas en la primavera de 1845, ya Marx había desarrollado en sus lineamientos fundamentales, partiendo de los fundamentos más arriba señalados, su concepción materialista de la historia, y nos pusimos a elaborar en detalle y en las más diversas direcciones la nueva concepción que acababa de ser descubierta.'”
En el “Prólogo a la edición alemana,” de La ideología Alemana, de Marx y Engels (1974).


29/12/2015

El ejército campesino de Majnó

"Majnó ocupaba la aldea [de Gulyai-Polye] con una pequeña patrulla. Los austríacos estacionados en Pologi enviaban allí sus tropas. Durante el día Majnó carecía de apoyo y era forzado a abandonar la aldea. Pero al atardecer, varios cientos de campesinos de Gulyai-Polye iban en su ayuda, y gracias a ellos lograba resistir a toda la división de soldados austríacos. Al amanecer los campesinos regresaban a sus hogares, temerosos de ser delatados por algún aldeano que los hubiera visto combatiendo en las líneas de los insurgentes. Nuevamente Majnó se veía obligado a abandonar la aldea de día debido al número mayor de las fuerzas enemigas. Pero reanudaba sus ataques por la noche, tras ser notificado por los campesinos de que vendrían en su ayuda tan pronto oscureciera. Así recuperaba la aldea y perseguía a los austríacos con la ayuda de los habitantes locales. Esto se continuó por tres o cuatro días, tras los cuales Gulyai-Polye finalmente quedó en manos de los campesinos insurgentes.

Así de vitales eran los lazos que en todas partes se establecían entre las amplias masas de campesinos y las patrullas revolucionarias de Majnó."

Peter Arshinov  (1923) History of the Makhnovist Movement (1918-1921).


27/12/2015

¿Conocer el anarquismo?

"El anarquismo no es un privilegio para elegidos, sino una concepción del mundo y una doctrina amplia y profunda con la cual todos deberían estar familiarizados.

El lector no necesita convertirse al anarquismo. Pero el lector tampoco debería experimentar lo que ocurrió a un anciano profesor que asistió por accidente a un seminario anarquista. Movido hasta las lágrimas tras la charla, confesó a los asistentes sentados a su lado: “Heme aquí, un académico, con el cabello blanco, y hasta el día de hoy no sabía nada de esta bella y fascinante doctrina... Me siento avergonzado.”

El lector no necesita convertirse al anarquismo; ser anarquista no es una obligación. Pero es necesario conocer el anarquismo."
 
Voline (1923) “Preface” en History of the Makhnovist Movement (1918-1921), de Peter Arshinov.

26/12/2015

Ser marxista

"Nuestra posición cuando se nos pregunta si somos marxistas o no, es la que tendría un físico al que se le preguntara si es «newtoniano», o un biólogo si es «pasteuriano».

Hay verdades tan evidentes, tan incorporadas al conocimiento de los pueblos que ya es inútil discutirlas. Se debe ser «marxista» con la misma naturalidad con que se es «newtoniano» en física, o «pasteuriano» en biología, considerando que si nuevos hechos determinan nuevos conceptos, no se quitará nunca su parte de verdad a aquellos otros que hayan pasado. Tal es el caso por ejemplo, de la relatividad «einsteiniana» o de la teoría de los «quanta» de Planck con respecto a los descubrimientos de Newton; sin embargo, eso no quita absolutamente nada de su grandeza al sabio inglés. Gracias a Newton es que pudo avanzar la física hasta lograr los nuevos conceptos del espacio. El sabio inglés es el escalón necesario para ello.

Los avances en la ciencia social y política, como en otros campos, pertenecen a un largo proceso histórico cuyos eslabones se encadenan, se suman, se aglutinan y se perfeccionan constantemente. En el principio de los pueblos, existía una matemática china, árabe o hindú; hoy la matemática no tiene fronteras. Dentro de su historia cabe un Pitágoras griego, un Galileo italiano, un Newton inglés, un Gauss alemán, un Lovachevki ruso, un Einstein, &c. Así en el campo de las ciencias sociales y políticas, desde Demócrito hasta Marx, una larga serie de pensadores fueron agregando sus investigaciones originales y acumulando un cuerpo de experiencias y de doctrinas.

El mérito de Marx es que produce de pronto en la historia del pensamiento social un cambio cualitativo; interpreta la historia, comprende su dinámica, prevé el futuro, pero, además de preverlo, donde acabaría su obligación científica, expresa un concepto revolucionario: no sólo hay que interpretar la naturaleza, es preciso transformarla. El hombre deja de ser esclavo e instrumento del medio y se convierte en arquitecto de su propio destino. En este momento, Marx empieza a colocarse en una situación tal, que se constituye en el blanco obligado de todos los que tienen interés especial en mantener lo viejo, como antes le pasara a Demócrito, cuya obra fue quemada por el propio Platón y sus discípulos ideólogos de la aristocracia esclavista ateniense."

Ernesto Guevara (1960) Notas para el estudio de la ideología de la Revolucion Cubana.

Anarco-comunismo

"La forma exterior del anarquismo es una sociedad libre y desgobernada, que ofrece libertad, igualdad y solidaridad a sus miembros. Sus fundamentos deben encontrarse en el sentido de responsabilidad mutua entre los seres humanos, el cual ha permanecido inalterable en todo tiempo y lugar. Este sentido de responsabilidad puede asegurar libertad y justicia social a todos los hombres partiendo de su propio esfuerzo individual. Es también el fundamento del verdadero comunismo.

El anarquismo es entonces parte de la naturaleza humana; el comunismo, su extensión lógica."
Nestor Makhno (2009) The Anarchist Revolution.



09/12/2015

Ni la democracia ni el libertarismo pueden existir cuando hay capitalismo

"Tanto la democracia, con su lema de 'igualdad de todos los ciudadanos ante la ley', como el libertarismo, con su 'derecho del hombre sobre su propia persona', naufragaron ante las realidades de la economía capitalista. Mientras millones de seres humanos en cada país se vean obligados a vender su fuerza de trabajo a una pequeña minoría de propietarios, y a hundirse en la más terrible de las miserias si no hallan un comprador, la llamada 'igualdad ante la ley' continuará sin ser más que una farsa piadosa, puesto que las leyes son hechas por quienes se encuentran en posesión de la riqueza social. Del mismo modo no puede hablarse de 'derecho sobre la propia persona', porque este derecho se acaba cuando uno debe someterse al dictamen económico de algún otro para no morirse de hambre."

Rudolf Rocker (1939/1989) Anarcho-Syndicalism.

27/11/2015

Empate catastrófico, la situación política argentina

"El empate catastrófico es una etapa de la crisis de Estado, si ustedes quieren, un segundo momento estructural que se caracteriza por tres cosas: confrontación de dos proyectos políticos nacionales de país, dos horizontes de país con capacidad de movilización, de atracción y de seducción de fuerzas sociales; confrontación en el ámbito institucional –puede ser en el ámbito parlamentario y también en el social– de dos bloques sociales conformados con voluntad y ambición de poder, el bloque dominante y el social ascendente; y, en tercer lugar, una parálisis del mando estatal y la irresolución de la parálisis. Este empate puede durar semanas, meses, años; pero llega un momento en que tiene que producirse un desempate, una salida."

García Linera, Álvaro (2008) Empate catastrófico y punto de bifurcación.



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