16/11/2009

Sopa de Champiñones en el HELLinFILM

Durante los últimos días de octubre, en la ciudad de Hellín, España, tuvo lugar el HELLinFILM, un festival de cortometrajes de terror, fantasía y ciencia ficción. En esta edición, el salón de entrada al cine contó con una muestra de cómics de género a cargo de la Revista Exégesis. Por allí anduvo el cómic corto Sopa de Champiñones, que creamos con AntonioHG a comienzo de año. Fue un gusto poder participar; lástima no haberme podido dar una vuelta por ahí. Si no fuera porque está el Atlántico de por medio…

  • Leer el cómic en línea acá.
  • Descargarlo acá.

08/11/2009

Efemérides Sci-Fi 05


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02/11/2009

Un alma extraviada (cuento)

Esta es la tercera entrega de mis viejos cuentos de juventud (las explicaciones del caso acá). Éste en particular, se encuentra entre los cuentos más recientes de la colección, escrito hacia 1999. Aquí va:


UN ALMA EXTRAVIADA

“Paso del Rey siempre tuvo sus fantasmas...”
Olivia Dentch, Las calles y sus nomenclaturas.

Se despachó por el bar como acostumbraba después del trabajo. Se sentó en la butaca que había ocupado durante años en el extremo apartado del mostrador y ordenó su vasito Bols del día. Entonces, estimulado y bien sentado se distrajo en contemplar los botellones de color que el sujeto del mostrador se esmeraba en desempolvar.

En principio le extrañó que aquel hombre de bigote grueso y despeinado lo tratara como a un desconocido; incluso la ñata Alelí, la vieja que oteaba la vereda desde su silla junto a la puerta, se negó a reconocerle el saludo. Pero lo que lo impresionó profundamente fue descubrirla, así de pronto, tan avejentada.

Un tanto perturbado se dirigió a su domicilio. Al tocar a la puerta, aquellos a los que reconoció como sus parientes le negaron la entrada aduciendo que él había muerto veinte años atrás.

Una remota amargura le percudió el alma mientras bajaba las calles que en vano se esforzaba por recordar asfaltadas. Vio con desilusión que el pueblo ya no era aquel de algunas horas atrás; los colores de las casas habían cambiado, como el diseño de los autos, y hasta el nombre de las calles.

De vuelta por el bar pudo comprobar la progresiva decadencia a la que había permanecido ajeno: brotaba en los muebles y en las paredes, germinaba en cada uno de los parroquianos asiduos al local.

Y sin embargo no se inquietó. Anduvo otro rato a pie y considerando -mientras descubría con indiferencia la avenida- los posibles trastornos atribuibles a la ginebra, o que tal vez hubiese atravesado alguna fisura en el espacio-tiempo, capaz de trasladarlo hasta aquel futuro caprichoso y precoz; pero mejor aún, todo no fuera más que un sueño.

Cometió la imprudencia entonces de buscar su reflejo en la vidriera de una perfumería, y descubrió que no existía, que en verdad estaba muerto, y que tan extraviada había andado su alma los últimos cincuenta años, enferma de rutina, que no se notificó de la falta del cuerpo, y siguió frecuentando los mismos lugares, las mismas actividades y los mismos compromisos de toda la vida. Por un instante llegó a creer que quizás esa misma rutina lo había matado.

Aquella noche, la ciudad despidió a otro de sus fantasmas.

21/10/2009

Efemérides Sci-Fi 04

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18/10/2009

Infant sorrow (traducción)

El inclasificable William Blake escribió mucho sobre la infancia y la maternidad. Para el día de la madre, no encontré nada que me agradara más que volcar la traducción de uno de sus cantos de experiencia. Cierto es que el tono general de la poesía choca con el carácter festivo de la fecha. En este poema, es la desesperación lo que une al niño a su madre. Sin embargo, aunque oscuro y descorazonador, este poema como todos los de su serie oculta un ténue brillo de esperanza: la presencia de la madre promete amparo y serenidad. A ella le es otorgado el rol de guía y protectora en un mundo inevitablemente opresivo y desconsolador:


LAMENTO DE NIÑO (de William Blake)

Mi madre gimió, mi padre lloró,
Sobre el peligroso mundo me abalancé.
Indefenso, desnudo, chillando con desesperación
Como un demonio agazapado en una nube.

Forcejeando entre los brazos de mi padre,
Riñendo con mis fajas ajustadas;
Oprimido y agobiado, no hallé mejor consuelo
Que hacer berrinche sobre el pecho de mi madre.



Leer el original en inglés acá.

12/10/2009

Moscas de manteca (cuento)


Había prometido iniciar la publicación de los cuentos de mi adolescencia (adolescencia tardía, para ser sinceros; también podría decir 'los cuentos de mi juventud', pero eso sería sugerir que estoy viejo, lo cual tampoco es del todo cierto, aún cuando ya cuento una que otra cana y mis huesos me dejen cada vez más desamparado). Pero en fin, aquí va la segunda entrega, un cuento al que quiero particularmente, y que en algún momento también se convirtió en canción. Es largo, pero creo que vale la pena. Que lo disfruten:



MOSCAS DE MANTECA

Un escándalo de mil demonios, que la puta que te remil parió pendejo de mierda, que cuándo vas a aprender, que cuando te agarre...

Y no fueron éstas las únicas palabras que resonaron en la penumbra de la habitación, antes de que su hermana desapareciera entre los flecos de la puerta que daba al patio y dejara que un claro de luz caliente se atreviera en el comedor.

Teo no se inquietó, ni se molestó en levantar la vista para verla atravesar la oscuridad intencional que inundaba la pequeña sala y desaparecer bajo las hilachas de plástico que colgaban de la puerta. Pero qué, ella lo había insultado. Había insultado su inteligencia cuando dijo lo que dijo de las mariposas. Que esos bichos maricas y pelotudos... ¿Cómo se atreve? Y él no se lo permitió. Por eso se le colgó del cabello por la espalda hasta quedarse con dos manojos de pelo colorado como trofeo. Se lo merecía.

Teo siguió levantando los platos de polenta que quedaban sobre la mesa. Polenta en pleno verano, pensó, a quién se le podía ocurrir. Una botella de vino casi vacía, con la etiqueta a medio arrancar por una mano aburrida; una jarra de agua, vasos, algunos todavía llenos. Los cubiertos sucios y los platos con los restos del almuerzo; el mantel a cuadros de plástico, rojo y blanco, agrietado en algunas puntas y quemado por el sarampión tóxico de las colillas de cigarrillo, que agredía por costumbre la esquina donde se sentaba el abuelo.

Entonces ella volvió y le pasó por detrás, clavándole el codo en la espalda. Los platos tambalearon entre sus manos, pero Teo no se dejó irritar; no atendió a los aires de su hermana, bajó la vista otra vez y se tragó esa rabia que ya empezaba a fastidiarlo. Mamá, que los venía siguiendo, prefirió evitar el desastre y encargarse ella misma de la mesa.

-Andá, dejame a mí –dijo-. Vos salí a jugar al patio; y a vos nena, semejante grandulona, siempre molestando a los más chicos.

Ella no la escuchó, le dio a Teo un último golpe y saltó por la ventana hacia la calle vacía.

Teo agradecía las oportunas intervenciones de su madre, aunque no por esto lo dejaban de incomodar sus observaciones. Él ya no era ‘tan’ chico. Acababa de cumplir doce y se sabía, en más de un sentido, mucho más serio y maduro que su hermana. De modo que salió al patio sin poder quitarse del todo ese sabor pastoso que deja la bronca en la boca, y se quedó a la sombra del duraznero buscando evitar el fuego ardiente de aquel mediodía asesino. Papá se cocía lento al sol sobre la reposera, y jugaba a arrancar mechas de pasto seco con los dedos de su mano caída. Mamá seguía en la cocina, vuelta invernadero bajo el techo de chapas recalentadas; y en el sillón la abuela tejía sus últimos puntos entre bostezos, bajo la pobre sombra del viejo toldo de quiosco que daba al patio. Del abuelo nadie sabía; debía de andar revolviendo entre los transistores de alguna radio vieja para hacerla funcionar. Era verano, y Teo odiaba los veranos; es que nunca pasaba nada, o lo poco que pasaba lo hacía en cámara lenta, cuadro por cuadro. Todo se dilataba en el verano: los días, las horas, las siestas, y hasta las interminables noches de desvelo, en que uno peleaba el insomnio con el alma transpirada y la carne irritada por el calor y los mosquitos.

Y si habían pasado veranos descomunales, éste los superaba a todos. En el patio el calor estancado comenzaba a descomponer los cuerpos. Y el sol desbocado fermentaba las aguas del Reconquista a la distancia, que ahora podía sentirse en cada esquina como si estuviera a la vuelta. Su olor se impregnaba en las calles y avanzaba sobre casas, árboles y gente. El aire no se renovaba. A causa de la brisa muerta daba la impresión de respirarse los mismos vapores asfixiantes todo el tiempo. Hasta el agua de la canilla había tomado un color amarronado y su sabor se había vuelto rancio e imposible.

*****

Otra vez el barullo de la tarde, el griterío en la calle y el despertar de la siesta. El perro triste fue el primero en salir. Tras él, todo el barrio. Se fueron agolpando en la vereda, enlistados con sus baldes y mangueras de batalla. Aún faltaban tres semanas para el carnaval, pero nada les impedía gozar del placer de mojar y de mojarse. Con cada tarde, la gente parecía escupida de sus casas. Las familias asaltaban las veredas con sus cachivaches, sillas y abuelos, y algún que otro perro enloquecido que corría tras las bombitas de colores. Parecían movidos por un ardor inexplicable, una irrefrenable compulsión a la algarabía y a la fiesta que a Teo se le figuró como un signo de decadencia, aunque sus palabras no le alcanzaran para expresar lo que sentía. Por eso que los miraba sin asombro, sin participar. Los veía correr como idiotas, evitando el agua y los baldazos cuando todos sabían que querían mojarse.

Se quitó la remera y se sentó sobre unos cascotes apartados. A sentir el sol cayendo con rabia sobre sus hombros y los de toda la gente, clavándose bajo de la piel hasta desgarrarla, rebotando entre los ladrillos hervidos y alzándose entre las ramas secas de los árboles para incendiarlos. Hasta que un espejismo lo atrapó, o eso creyó ver: una llamarada fugaz, un demonio que revoloteaba entre las ramas florecidas de un ciruelo. Lo siguió con la vista y luego con el cuerpo. Una mariposa. Era real, pero sus colores y su brillo lo aturdieron, tanto que apenas si le dieron tiempo a dominar su agitación, y su visión ya estaba volando, desandando con prisa el camino hacia el puente.

Habían pasado tres años desde la última vez que viera una mariposa; lo más parecido a ellas que quedaban eran las polillas. Las mariposas habían ido desapareciendo de a poco, cuando él todavía estaba cambiando los dientes. Todo se inició una tarde cualquiera, sin que nadie se percatara al principio; su número siguió mermando de modo casi imperceptible hasta que un buen día la primavera volvió, como siempre, pero ellas nunca más volvieron.

Teo siempre atribuyó la causa de esta misteriosa desaparición a su implacable y meticulosa colección de mariposas, aunque los adultos se apresuraron a concluir que seres dotados de tan graciosas artes y virtudes nada tenían que hacer en aquel barrio descolorido, abrumado por la pobreza y corrompido por los viciados vapores del río. Todos terminaron por hacer propia esta última hipótesis, aunque la razón verdadera nunca se supo.

Para Teo, las primaveras de la infancia habían sido sinónimo de mariposas. Al llegar septiembre, las calles y las plazas comenzaban a poblarse de toda variedad de insectos alados y de colores, brindando su mágico circo de acrobacias a la vista de los curiosos y vecinos, que se amuchaban en las veredas a deleitarse con sus danzas serenas y sus cabriolas suaves y ligeras, casi espirituales. Los más chicos las perseguían y buscaban apresarlas con las manos. Todos tenían su colección, aunque por su puesto, no había ninguna como la de Teo. Él y Federico la habían bautizado "Moscas de Manteca", según pudieron descifrar el significado de la palabra ‘mariposa’ en un viejo diccionario de inglés que guardaba el abuelo. Por esta época, intuyéndose ante una fórmula secreta, habían llenado el barrio de trampas de margarina, ubicadas de modo estratégico en los jardines mejor cuidados de la cuadra. Aunque la iniciativa resultara inútil, nada impediría que la colección de Teo siguiera creciendo, y que llegara a incluir tantas especies que parecería inverosímil que hubiesen convivido en un limitado radio de dos cuadras, que era hasta donde tenía permiso de mamá para salir solo.

Pero mucho había cambiado desde aquella época. Esta vez Teo no necesitó pedir permiso. Cruzó la calle y se lanzó tras el mareado parpadeo, aquel frenético resplandor rojo que se escurría ligero enfrente suyo. Pasó entre la atontada muchedumbre, bajó las calles de tierra acartonada, saltó entre los pozos secos, restos de los charcos del invierno, y se deslizó por el puente de chapa caliente bajo los pesados rayos de sol que seguía arañándole la espalda. Su vista no se apartaba de la mariposa, la seguía entre las casas de ladrillo hueco y por sobre los techos de colores. Parecía invitarlo a un mundo distinto, igual de ardiente, pero lleno de belleza. Y por un instante se sintió dentro de aquel universo irreal, distante, donde todo se volvía y giraba en torno a un sol luminoso, radiante y rojo, con alas de mariposa. Hasta que la vio parpadear una vez más, y desaparecer.

La buscó entre las ramas secas y en el cielo vacío, pero sólo halló una bola de fuego amarilla, calcinante. Volvió a sentir el aire fuerte que lo envolvía y lo golpeaba sin el menor respeto. Deshizo su camino, cansado y sin volver a levantar la vista, sufriendo otra vez aquel caldo cocido que la tarde vertía sobre sus hombros pelados, chapuceando entre los espesos vapores que se pegaban a su espalda roja como una remera mojada. Cruzó el puente, saltó los pozos secos a los que esta vez imaginó desbordados como en el invierno; pero ni sus charcos de mentira se resistían al calor descomunal y se desvanecían ante sus ojos. Oyó silbar el tren a la distancia, y se detuvo un instante a saborear su murmullo inquieto, alejándose en dirección al centro. Evitó la muchedumbre que seguía lavándose en la vereda y así llegó hasta la casa de los abuelos. Ya estaba entrando cuando un chico que no conocía le vació un balde lleno en la espalda. El agua pareció no tocarlo antes de convertirse en vapor. Entonces los dejó, los despreció una vez más y los dejó con sus refrescos ilusorios y sus baños de agua seca, y subió a su viejo cuarto.

Hacía tiempo que nadie entraba. Al abrir la puerta una brisa helada que había quedado apresada desde el invierno lo recibió con un escalofrío. En el mismo rincón de siempre estaba su colección de mariposas, apoyada contra las paredes descascaradas; el resto del cuarto seguía vacío, y no quedaba sino algún viejo dibujo suyo pegado en la puerta, de la época en que solía pasar las noches en casa de los abuelos.

Algo lo sobresaltó. Un reflejo rubí se deslizaba sobre el telgopor de su colección. Entonces se volvió hacia la ventana y la vio. La luz que la iluminaba no podía ser la misma de aquel sol torpe y dañino; parecía escapar de sus mismas alas extendidas. No necesitó acecharla para poderla atrapar. Extendió su mano y allí estaba, caminándole con delicadeza en el dedo. Pensó que debía venir de lejos. Ningún ser que habitara este triste suelo podía vestir aquellos colores fantásticos; quizás de Brasil, pensó. Cuánto habría viajado, cuántas ramas le habrían dado refugio antes de aventurarse sobre su dedo.

Tomó con temor el alfiler. Ella no se movía; parecía querer facilitarle la tarea. Sus alas estaban abiertas, firmes; procuró no tocarlas. De haberlo hecho posiblemente se hubiera quemado. La apoyó con dulzura contra la plancha. El terror lo abrumó, contuvo la respiración; presionó el alfiler y su pulgar se hundió hasta el fondo. Sintió crujir el telgopor. Sintió culpa. Sus ojos estaban húmedos pero no lloró. Se asomó a la ventana y ahí se guía, el mismo sol. En el horizonte se adivinaban unas nubes de tormenta.

Esa noche sí, no pudo evitar las lágrimas, hundido en su almohada, con las manos prendidas al colchón, mientras la infinita lluvia repiqueteaba contra el techo de su cuarto y descargaba su ira contenida sobre esta tierra. Hasta el amanecer.

07/10/2009

I met a butterfly... (traducción)

Hace un buen tiempo había incluido un link a esta hermosa tira cómica. Volví a releerla en estos días y me pareció que se merecía compartirla con aquellos que no leen inglés. Para quien desee leerla en su idioma original, cliquee acá. Esta es una posible traducción:


(Cliquear en imagen para ver tamaño completo)

25/09/2009

El perro triste (cuento)

Tenía 17 años cuando tomé la decisión de escribir con asiduidad. De aquella época guardo en mi computadora una carpeta titulada Primera etapa, con un puñado de cuentos escritos entre 1993 y 1995, y que desde el 2000 a esta parte tenía prácticamente olvidados. Durante años, estos cuentos me avergonzaban por su ingenuidad; cuando los escribí, sin embargo, era otra persona y ya no los siento propios. Esto me permitió volver a ellos con menos prejuicios, y hoy creo que se merecen un mejor final que morir arrumbados en un disco rígido ya bastante repleto de cosas olvidadas. Así que decidí revisar toda esta serie -y disimular sus más claras imperfecciones- para publicarla en este blog. Se trata de unos diez cuentos vagamente entrelazados, y mi intención es publicar uno nuevo cada dos semanas, sin ningún orden definido. El primero es el que da nombre a la serie, que había llamado Cuentos de un perro triste. De modo que empecemos:


EL PERRO TRISTE

Nadie se había puesto de acuerdo en un nombre, pero todos lo llamaban igual. El perro triste le decían. Antes que la fatalidad lo adoptara con aquel nombre sin embargo, había sido una criatura afortunada y feliz; es lo que se cuenta al menos. Solía vérselo por las mañanas en compañía de su joven dueño, velando sus pasos hasta la estación del ferrocarril donde el joven abordaba el tren a la capital. (Dicen que hacía su residencia en un viejo hospital del centro; otros hablan de una mujer, y un amor condenado al fracaso.) Allí se apartaban sus destinos cada mañana, al pie de las escalinatas del andén, y allí volvía a aguardarlo el animal por las tardes, a la hora del regreso.

Una tarde el joven no volvió (aquí las diferentes historias también se confunden; unos hablan de una deficiencia cardíaca, otros de un suicidio a despecho); ya no volvería. El perro triste sin embargo no se resignó a aquel trágico desencuentro, él jamás supo nada. Su primitiva conciencia animal le negó comprender lo ineludible de aquella ausencia. De modo que siguió frecuentando las frías calles de tierra acartonada hasta la estación, deteniéndose amargamente ante las escalinatas con puntualidad, tarde tras tarde. Pasaron varios años. Dicen que así envejeció su sonrisa, sus ojos se volvieron húmedos y oscuros, y su carne enferma. Así lo conocí yo, cuando niña, una de esas tardes en que él deambulaba todo mojado por entre los pasos de la gente, cerca del puesto de caramelos que mamá siempre tuvo en la plaza de Moreno. No tardamos en volvernos compinches. Yo lo hacía correr detrás de una pelota de goma y lo regañaba cuando le ladraba a algún hombre. Él me abandonaba cada vez que un nuevo tren se detenía en el andén y se quedaba husmeando con nostalgia entre las piernas de cientos de viajeros desconocidos. Cuando volvía conmigo entonces ya no jugaba; se enredaba entre mis piernas para que lo acariciara o lo despulgara, y cerraba sus ojazos tristes y daba la impresión de dormirse. Pero pronto recordaba la pelota de goma y se ponía de pie para corretear una vez más.

Como pasa con todo, yo también fui creciendo, y entre idas y vuelta acabé instalándome en el barrio de Floresta. Ahora apenas si nos vemos, cada tanto, en el puesto de caramelos, pero sólo cada tanto. Nadie sabe si todavía echa de menos a aquel joven, o si es su terco instinto animal, pero nunca ha dejado de aguardar la llegada del tren. Esta es la historia del perro triste. De allí su nombre, aunque no sé, tal vez ahora sea a mí a quien espera; yo también soy un poco culpable, yo también le he dejado.


19/09/2009

Efemérides 03

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13/09/2009

WOW! (cómic)

Hace unas semanas concluimos WOW!, un relato breve en tono reflexivo para la revista de ciencia ficción Exégesis. Con guión mío y el excelente arte del dibujante español Moisés Bello. Dejo unos cuantos links al trabajo y un fragmento de guión acompañado por la evolución de los bocetos. Que lo disfruten.

  • Cliquear acá para leer la versión en castellano en línea.
  • Cliquear acá para leerlo en línea en inglés.
  • Para descargar los archivos como CBR o PDF, en castellano o en inglés, cliquear acá.
  • Para leer los archivos CBR puede descargarse el visualizador CDisplay (cliquear acá).

WOW! (guión – fragmento)

Viñeta 2
Abrimos ahora la imagen, alejándonos súbitamente de la pantalla de computadora y abarcando buena parte del pequeño pero complejo laboratorio radioastronómico.

Más o menos en el centro de la viñeta tenemos la pantalla de computadora, con los instrumentales de un lado y un panel de fotografías y recortes periodísticos sobre el otro. Todo se encuentra ubicado de modo idéntico a la Viñeta 1, sin embargo, estamos en el pasado. Por eso que la pantalla de computadora y los instrumentales deben ser más viejos (imagen 5).

Aunque no vamos a poder ver detalles de esta pantalla, se trata de una pantalla llena de números, sin ningún gráfico ni interfaz.

También tenemos una diferencia sobre el panel de corcho, ya que en vez de la foto de la galaxia, hay una foto de igual tamaño pero de la luna.

El ASTRÓNOMO se encuentra sentado frente a la pantalla, en una actitud de cansancio. Lo vemos en su juventud. Tiene una pierna cruzada sobre la otra. Está descalzo, en medias, y sus zapatos descansan a un lado de la silla.

Tanto sobre la mesa de la computadora como en todos los rincones se ven aparatos electrónicos y papeles. Las constantes que debe transmitir la visión de este ambiente son el desorden y la complejidad. También podría verse un saco o pulóver apoyado sobre algún instrumental.

Sobre el borde inferior izquierdo, en primer plano, vemos parte de una cafetera por goteo (imagen 6). Este elemento también es importante y ya volveremos sobre él más adelante.

En esta viñeta debería verse con más claridad la taza junto a la computadora, aunque no hace falta que se la vea en detalle. Se trata de una taza de cerámica blanca con el dibujo de un jugador de golf. Los brazos del golfista están alzados con su palo hacia atrás, en el momento justo después de haber dado un golpe. Esta taza es la misma sin importar el tiempo en que estemos.

TEXTO1:
Encerrado en un cuarto repleto de aparatos delicados y precisos.

TEXTO2:
Encerrado frente a una pantalla.

TEXTO3:
Y en la pantalla, siempre el mismo silencio.